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Para aprender a querer la Santa Misa, para conocer mejor la liturgia de nuestra Iglesia católica, cómo es de importante saber cuál es el hilo que van llevando las lecturas.
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Yo he pensado que cuando una persona llega a ala Misa sin tener ni idea de qué va a escuchar, lo probable es que salga de la Misa sin tener ni idea de qué fue lo que escuchó; se necesita una preparación, esa preparación es parte del hambre que nos permite acoger el alimento que Dios nos da.
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Si nos invitan a un banquete elegantísimo, de manjares suculentos y, además, nutritivos, ¡qué mal haríamos yendo sin apetito, yendo sin hambre, quizás repletos de cualquier cosa que comimos por el camino! Pues eso es lo que le sucede a buena parte de nuestro pueblo católico: vamos a la iglesia, pero vamos sin hambre, muchas veces llenos únicamente de nuestros pensamientos, llenos únicamente de nuestras peticiones, muy ocupados en lo que le vamos a decir a Dios, y muy poco interesados en lo que Dios tenga para decirnos a nosotros.
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El apetito consiste precisamente en eso: en que nosotros nos interesemos en lo que Dios tiene para decirnos, y uno de los mejores recursos para llegar a ese interés es darnos cuenta de cómo la Iglesia ha dispuesto las lecturas en una cierta secuencia; cuando uno descubre eso, entonces descubre que hay como una continuidad, hay una historia que se va desarrollando.
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Mira, estamos terminando la segunda semana del tiempo pascua... 2:00

Revisión del 13:28 18 abr 2012

Fecha: 20120420

Título:

Original en audio: 4 min. 34 seg.


Para aprender a querer la Santa Misa, para conocer mejor la liturgia de nuestra Iglesia católica, cómo es de importante saber cuál es el hilo que van llevando las lecturas.

Yo he pensado que cuando una persona llega a ala Misa sin tener ni idea de qué va a escuchar, lo probable es que salga de la Misa sin tener ni idea de qué fue lo que escuchó; se necesita una preparación, esa preparación es parte del hambre que nos permite acoger el alimento que Dios nos da.

Si nos invitan a un banquete elegantísimo, de manjares suculentos y, además, nutritivos, ¡qué mal haríamos yendo sin apetito, yendo sin hambre, quizás repletos de cualquier cosa que comimos por el camino! Pues eso es lo que le sucede a buena parte de nuestro pueblo católico: vamos a la iglesia, pero vamos sin hambre, muchas veces llenos únicamente de nuestros pensamientos, llenos únicamente de nuestras peticiones, muy ocupados en lo que le vamos a decir a Dios, y muy poco interesados en lo que Dios tenga para decirnos a nosotros.

El apetito consiste precisamente en eso: en que nosotros nos interesemos en lo que Dios tiene para decirnos, y uno de los mejores recursos para llegar a ese interés es darnos cuenta de cómo la Iglesia ha dispuesto las lecturas en una cierta secuencia; cuando uno descubre eso, entonces descubre que hay como una continuidad, hay una historia que se va desarrollando.

Mira, estamos terminando la segunda semana del tiempo pascua... 2:00