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'''Título:  El amor no empieza por un sentimiento, sino por una accion: hacer el bien, bendecir, orar.'''
 
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Revisión del 03:19 20 ene 2012

Fecha: 20010913

Título: El amor no empieza por un sentimiento, sino por una accion: hacer el bien, bendecir, orar.

Original en audio: [13 min. 44 seg.]


Hermanos:

Creo que las cosas buenas que uno oye o aprende, las tiene que compartir. Resulta que hay un sacerdote colombiano, conocido tal vez de algunos de ustedes, un hombre muy interesante, un predicador muy elocuente, que además, parece que ha recibido del Señor unos dones muy especiales. Estoy hablando del padre Darío Betancourt.

El padre Darío Betancourt estaba dirigiendo una reflexión, una predicación sobre el tema del perdón, que es un tema tan difícil, sobre todo, cuando a uno realmente lo han herido, cuando a uno realmente lo han dañado, lo han lastimado; cosas como las que están sucediendo en nuestro país, pero ya vemos por las noticias, que no solamente en nuestro país.

Y el padre Betancourt dio una explicación que yo quiero compartir con ustedes, porque no la había escuchado antes, y creo que es útil. Es precisamente sobre el Evangelio que acabamos de oír. Dice Jesús: "Amad a vuestros enemigos" ( véase San Lucas 6,27; 35).

Indudablemente, se trata de una petición, o de una exigencia, o de un mandamiento muy complicado: "Amad a vuestros enemigos" (véase San Lucas 6,27;35). Y sin embargo, es el sello del cristiano, porque luego dice el mismo Jesús, que "el Padre Celestial es bueno con los malvados, es bueno con los desagradecidos" (véase San Lucas 6,35).

De manera que amar a los enemigos, es el sello propio del cristiano. Amar a los amigos lo hace cualquiera; amar a los enemigos es lo propio del cristiano.

Pero la confusión empieza en que uno cree, que amar al enemigo es sentir cosas bonitas, por el enemigo, y aquí es donde entra la predicación que oí.

Si uno interpreta el amor, en primer lugar, como un sentimiento, la predicación de Cristo es absurda, e incluso cruel. "Ama a tu enemigo" significaría en ese caso, "empieza a sentir cosas bonitas por el que te hizo daño".

Pero ahí es donde está el error. No debemos interpretar la palabra amor, en primer lugar, como una cosa que se siente. Tal vez, porque nosotros asociamos amor con los sentimientos que nos inspiran los niños, los amigos, o de pronto, el novio, la novia, el esposo, la esposa; porque nosotros asociamos la palabra amor con ese tipo de relaciones humanas, creemos que el amor es, en primer lugar, un sentimiento.

Pero ese es un error, y con ese error en la cabeza, no se puede entender lo que dice Cristo. Porque Cristo nos estaría diciendo: "A usted le secuestraron un hijo, pero usted tenga un pensamiento dulce y amoroso, dulce y cariñoso por los secuestradores, por los torturadores, por los vándalos, por los ladrones".

Y este parece que no es el sentido primordial, básico, de la enseñanza de Cristo. Y si ese es el amor, y si en ese amor queremos edificar la casa del perdón, ese perdón y ese amor no van a existir nunca.

Explicaba aquel sacerdote, fíjate lo que sigue: "Haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian" ( véase San Lucas 6,27).

Tres cosas dice Cristo: hacer el bien, bendecir, orar. Y aquí es donde está la clave. El amor no empieza por un sentimiento que yo tengo, sino por una acción que yo realizo.

Para empezar a practicar lo que dice Cristo, no hay que empezar por un conflicto interior en el corazón: "Ahora, ¿qué hago? Quiero odiar, mi corazón me reclama justicia, pero Jesús me dice que tengo que sentir una cosa dulzarrona, buena, por la gente que me ha hecho daño".

Finalmente, la cuerda se revienta por lo más delgado, y uno saca una conclusión: "Yo no soy un héroe. Eso que lo hagan los santos. Yo, por mi parte, haré lo que me pide el corazón, que es venganza y justicia por mi propia mano". Se llega a esa condición lamentable, por entender mal este pasaje.

Nos explicaba el Padre Betancourt aquella vez: No hay que empezar por el sentimiento. Cuando Cristo va a explicar, qué significa amar al enemigo, lo primero que dice es: "Haced el bien" (véase San Lucas 6,27;35), y luego nos explica qué es hacer el bien, fundamentalmente, con el bendecir, y con el orar.

¿Eso qué quiere decir? Que cuando usted tenga un enemigo, todos lo tenemos o lo podremos tener, enemigos en nuestro pasado, en la familia, en el barrio del frente, en un negocio, en el estudio, en una relación afectiva, lo primero que hay que hacer es: "No reprima, no sea hipócrita, no maquille. Usted tiene enemigos, los tiene".

Yo también. Todos tenemos enemigos. La persona que se acerca a mí, me pone un cuchillo en la espalda, y es capaz de matarme por robarme una plata, es un enemigo mío, es un desgraciado que me está haciendo un daño. Y eso no se puede negar con palabras bonitas, ni con sentimientos piadosos: es un enemigo.

Si Cristo dijo que oráramos por los enemigos, o que amáramos a los enemigos, no estaba diciendo: "Amen una figura hipotética que podría llegar a existir en el evento de que...". Cristo está refiriéndose a una situación concreta, que estaba en ese momento, y que está en nuestro momento: tenemos enemigos; es una realidad, no lo neguemos.

¿Y qué es amarlos? Entonces nos decía aquel Padre: "¡Haz! No te pongas a pensar, no te pongas a hablar, no te pongas a sentir, no te enredes con tu sentimiento. El sentimiento cambiará, cuando pueda cambiar. Las palabras, el discurso cambiarán, cuando puedan cambiar. ¡Haz algo concreto!"

Y él mismo decía: "¿Y qué obra concreta y buena puedo hacer por una persona que me ha hecho daño?" Cristo nos da ejemplos: bendecir, orar. Alguien dirá: "Pero, ¿cómo puedo orar, si estoy lleno de rencor?" "No te preocupes, con rencor también se puede orar". "¿Cómo así?" "Pues claro, miremos la Biblia".

Por ejemplo, nos encontramos al rey David, un descendiente de la casa de Saúl, quien empieza a insultar a David, a tirarle piedra y tierra, lo trata de hijo de perra, lo humilla delante de sus soldados.

Y ahí va David, caminando, y aguantando esa humillación. Y le dice Joab, el general de David: "Excelencia, majestad, ¿no quiere que vaya, y mate a ese señor?" (véase 1 Samuel 24,4). Y David estaba rezando, y David, ¿qué era lo que decía? "Vamos a dejar así" (véase 1 Samuel 24,6-7).

Dios, que es poderoso, puede cambiar en días de favor, ese día de desgracia. Estaba rezando, estaba humillado, tenía rabia, pero en su rabia seguía rezando. Y hay veces, que hay que rezar con rabia, y hay que decirle al Señor desde lo profundo de un corazón angustiado: "Compadécete, porque mi dolor me llega hasta los huesos; compadécete, Señor, cumple tu voluntad".

El santo que recordamos hoy, San Juan Crisóstomo, fue un hombre que tuvo muchos enemigos, y él hizo lo que nos dice Jesús, y que explica el Padre Darío Betancourt. Él hizo eso.

Cuando lo mandaron al destierro, mira cómo rezaba Juan Crisóstomo. Lo habían despojado de sus bienes, lo mandaban a pasar trabajos a otro lugar, y él rezaba, tal vez con disgusto, tal vez con confusión, tal vez en medio de su humillación, pero ahí está la clave. La confusión, la humillación, la rabia, no le impidieron rezar.

¿Y qué rezaba Juan Crisóstomo? "Señor, que se cumpla tu voluntad; no la voluntad de ese, ni de aquel, ni la mía, que se cumpla tu voluntad". Iba camino del destierro San Juan Crisóstomo. Es un ejemplo de una oración hecha en medio del dolor, en medio de la rabia, en medio de los problemas.

Conclusión de la enseñanza de hoy: no nos pongamos a discutir con el corazón. Eso no sirve de nada, sino para ser hipócritas, o para reprimir cosas que luego los psiquiatras nos ayudarán a desenterrar. No nos pongamos a reprimir cosas.

"Señor, la verdad de mi alma es que estoy deprimido hasta el fondo. La verdad de mi alma es que arde el corazón de cólera y de coraje; esa es la verdad de mi alma".

"Y desde aquí, desde este coraje que siento, te pido que se cumpla, no la voluntad de ese, ni la de aquel, sino tu voluntad. Que sea tu voluntad, Señor, la que se cumpla, que se cumpla tu voluntad", y eso se dice así, durito, "que se cumpla tu voluntad Señor, la tuya".

Si nosotros aprendemos a rezar con la verdad del corazón, Dios aprende a respondernos en verdad. Dios va a respondernos en verdad, si oramos de verdad.

Después de un tiempo de estar rezando así, tal vez con los puños apretados, tal vez con lágrimas de ira en los ojos, pero sin dejar de rezar, después de unas semanas, o de unos meses, o de unos años, la cosa cambia.

Un día descubrimos que el corazón ya no siente lo que sentía; un día descubrimos que si antes había ponzoña y venganza, Dios ha cambiado esta situación.

No te pongas a discutir con tu corazón. Arrójaselo, tíraselo a Dios: "Ahí está este corazón que no siente sino ira. Ahí está, ahí está ante ti, ahí te lo presento, haz tu voluntad".

Después de meses de hacer ese ejercicio, un día Dios te devuelve ese corazón que tú le arrojaste maltrecho, despedazado. Dios te lo devuelve, y te dice: "Mira, ese corazón que estaba tan herido, yo lo uní a mi corazón. Está sanado, tómalo; ya puedes sentir algo nuevo por la persona que te hizo daño". Y ahí el sentimiento cambia. Eso sucede más adelante, no al principio.

Haz cosas concretas, favores concretos, bienes concretos, oraciones concretas y sinceras por tus enemigos, y verás cómo Dios, de una manera concreta, sincera y verdadera, responde a la situación que de pronto estás pasando.