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| + | Los filisteos no eran un solo pueblo, sino una serie de pequeño pueblos, entre ellos, unos sumamente aguerridos y bastante soberbios, eran los Jebuseos. Hacia el sur de esa Tierra Santa tenían su capital, era una ciudad, o mejor digo, una ciudadela, una fortaleza, y en esa ciudad se cifraba su orgullo. | ||
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| + | El rey David conquistó ese sitio y ahí puso su propio alcázar; fue una de las victorias más grandes, porque lo mismo que había sucedido en el plano personal entre David y Goliat, ahora se repetía pero ya a la escala de pueblos enteros. La ciudad arrogante de los jebuseos cae en manos de los ejércitos de Dios y entonces se convierte en la señal de la victoria divina. | ||
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| + | Ese lugar tan emblemático, tan significativo, quedaba sobre una pequeña colina, la colina de Sión; y por eso ese sitio, el alcázar, la fortaleza de Sión, la que David puedo conquistar con el auxilio de Dios, se convierte en la señal de la victoria, se convierte como en un recordatorio permanente de que Dios está con su pueblo, Dios rescata a su pueblo y Dios toma posesión de lo que es suyo. | ||
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| + | El nombre Sión aparecerá luego muchas veces en la Escritura, porque viene a ser algo así como el corazón de la ciudad santa, viene a ser como el recordatorio permanente de que Dios reclama lo suyo y lo defiende y lo embellece. | ||
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| + | El texto de hoy, tomado del capítulo sexto del Segundo libro de Samuel, nos cuenta cómo el rey David lleva el arca de Dios hasta este alcázar de Sión, y el júbilo incontenible de David realmente contagia a todo el pueblo. Es el pueblo entero el que se siente en fiesta, y las danzas, las alabanzas, los cantos, el júbilo se derrama por toda la ciudad santa, porque Dios ha dado el triunfo y porque el triunfo de Dios es el triunfo de todos. | ||
Revisión del 19:10 18 ene 2012
Fecha: 20120124
Título:
Original en audio: 4 min. 35 seg.
Los antiguos habitantes de lo que nosotros llamamos la Tierra Santa recibían el nombre genérico de filisteos ya aquella tierra se llamaba Filitín, de donde viene lejanamente Palestina.
Los filisteos no eran un solo pueblo, sino una serie de pequeño pueblos, entre ellos, unos sumamente aguerridos y bastante soberbios, eran los Jebuseos. Hacia el sur de esa Tierra Santa tenían su capital, era una ciudad, o mejor digo, una ciudadela, una fortaleza, y en esa ciudad se cifraba su orgullo.
El rey David conquistó ese sitio y ahí puso su propio alcázar; fue una de las victorias más grandes, porque lo mismo que había sucedido en el plano personal entre David y Goliat, ahora se repetía pero ya a la escala de pueblos enteros. La ciudad arrogante de los jebuseos cae en manos de los ejércitos de Dios y entonces se convierte en la señal de la victoria divina.
Ese lugar tan emblemático, tan significativo, quedaba sobre una pequeña colina, la colina de Sión; y por eso ese sitio, el alcázar, la fortaleza de Sión, la que David puedo conquistar con el auxilio de Dios, se convierte en la señal de la victoria, se convierte como en un recordatorio permanente de que Dios está con su pueblo, Dios rescata a su pueblo y Dios toma posesión de lo que es suyo.
El nombre Sión aparecerá luego muchas veces en la Escritura, porque viene a ser algo así como el corazón de la ciudad santa, viene a ser como el recordatorio permanente de que Dios reclama lo suyo y lo defiende y lo embellece.
El texto de hoy, tomado del capítulo sexto del Segundo libro de Samuel, nos cuenta cómo el rey David lleva el arca de Dios hasta este alcázar de Sión, y el júbilo incontenible de David realmente contagia a todo el pueblo. Es el pueblo entero el que se siente en fiesta, y las danzas, las alabanzas, los cantos, el júbilo se derrama por toda la ciudad santa, porque Dios ha dado el triunfo y porque el triunfo de Dios es el triunfo de todos.