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Si el Evangelio es buena noticia proclamada por Jesucristo, cada Santo es como una palabra de Cristo en la historia. Si el Evangelio trae fe a nuestra mente y eleva nuestro conocimiento hacia verdades sublimes de Dios, cada Santo es como la presencia de estas verdades en el camino de la historia.
 
Si el Evangelio es buena noticia proclamada por Jesucristo, cada Santo es como una palabra de Cristo en la historia. Si el Evangelio trae fe a nuestra mente y eleva nuestro conocimiento hacia verdades sublimes de Dios, cada Santo es como la presencia de estas verdades en el camino de la historia.
  
Si el Evangelio trae esperanza a nuestro corazón, como cuando escuchamos lo que hemos oído hoy: "Venid a mí los que estáis cansados, agobiados; yo os aliviaré" (''véase'' San Mateo 11,28), pues, los Santos nos muestran las realizaciones de estas palabras del Señor Jesucristo, y así también le dan esperanza a nuestro corazón.
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Si el Evangelio trae esperanza a nuestro corazón, como cuando escuchamos lo que hemos oído hoy: "Venid a mí los que estáis cansados, agobiados; yo os aliviaré" [[:Categoría:Mateo 011_028|San Mateo 11,28]], pues, los Santos nos muestran las realizaciones de estas palabras del Señor Jesucristo, y así también le dan esperanza a nuestro corazón.
  
 
Digamos, finalmente, que si el Evangelio de Jesucristo, ante todo quiere restaurar y levantar nuestro amor para que sea verdaderamente amor de Dios y amor al prójimo, también las vidas de los Santos, como ascuas encendidas, no dejan de calentar a aquel que se les acerca.
 
Digamos, finalmente, que si el Evangelio de Jesucristo, ante todo quiere restaurar y levantar nuestro amor para que sea verdaderamente amor de Dios y amor al prójimo, también las vidas de los Santos, como ascuas encendidas, no dejan de calentar a aquel que se les acerca.
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Revisión actual del 16:25 6 dic 2011

Fecha: 19960420

Título: Un ejemplo de vida dominicana contemplativa

Original en audio: 9 min. 11 seg.


Inés de Montepulciano nació en las postrimerías del siglo trece, hacia el año 1268, cuando todavía vivía en esta tierra Fray Tomás de Aquino, y todavía quedaban algunos años y tratados teológicos por escribir de San Alberto Magno.

Quisiera empezar mis palabras por ese contraste que habla de la riqueza del carisma dominicano: la universalidad, el alto rigor conceptual, la profundidad de la inteligencia de Tomás, y al mismo tiempo, la sencillez, la humildad, el fervor de espíritu, la vida oculta de Inés.

Dos estilos casi contradictorios, y sin embargo, ambos provenientes de un mismo carisma, ambos nacidos de un mismo Padre de los predicadores, también nuestro Padre, Santo Domingo de Guzmán.

Inés de Montepulciano va a ser en su propio estilo, uno de los ejemplos más claros de lo que significa esa vida dominicana contemplativa.

Y por eso, cuando nosotros leemos de la vida de estos Santos, especialmente de nuestra Orden, o cuando meditamos en ellos, son como páginas del Evangelio que pasan en la historia de nuestra existencia y en la historia de la Orden.

Esto significa que guardadas las debidas proporciones, de los Santos y de la vida de los Santos podemos esperar en cierto modo, lo que esperamos del Evangelio.

Si el Evangelio es buena noticia proclamada por Jesucristo, cada Santo es como una palabra de Cristo en la historia. Si el Evangelio trae fe a nuestra mente y eleva nuestro conocimiento hacia verdades sublimes de Dios, cada Santo es como la presencia de estas verdades en el camino de la historia.

Si el Evangelio trae esperanza a nuestro corazón, como cuando escuchamos lo que hemos oído hoy: "Venid a mí los que estáis cansados, agobiados; yo os aliviaré" San Mateo 11,28, pues, los Santos nos muestran las realizaciones de estas palabras del Señor Jesucristo, y así también le dan esperanza a nuestro corazón.

Digamos, finalmente, que si el Evangelio de Jesucristo, ante todo quiere restaurar y levantar nuestro amor para que sea verdaderamente amor de Dios y amor al prójimo, también las vidas de los Santos, como ascuas encendidas, no dejan de calentar a aquel que se les acerca.

Animados por esta realidad, sabiendo que son, así, evangelios entre nosotros, acerquémonos discreta y amorosamente a la vida de Santa Inés.

Busquemos en su ejemplo, en su vida, -ya que pocas palabras nos ha dejado la historia-, acerquémonos a su ejemplo y a su existencia, y pidámosle a esa vida, que nos dé Evangelio, especialmente, que regale Evangelio a esta Comunidad que se ha puesto desde el principio bajo su protección.

Tres son las principales características que las noticias biográficas de Santa Inés nos han transmitido. Se trata de una persona humilde y mansa, en quien se cumplieron de modo admirable aquellas Bienaventuranzas que nos hablan del que es pobre en el espíritu y del que es manso de corazón.

Su mismo nombre, relacionado en latín, o de origen latino y relacionado con la palabra cordero, ha dado inicio a himnos muy hermosos que los tenemos ahí, en el Propio de la Orden.

La primera característica, entonces, humildad y mansedumbre. Una segunda característica, o nota distintiva de Inés, es el fervor de su espíritu, como nos lo recordaba la oración colecta, fervor de quien se sabe amada por Jesús y de aquella que se considera con toda la humildad, pero también con toda la seriedad y la alegría, esposa de ese Señor, esposa del Señor de Señores.

Y ahí vamos viendo cómo unas virtudes, notas y dones, se relacionan con nosotros. Precisamente, porque se sabe esposa del Señor de Señores, nada le pide a las opiniones, a los señores y a los señoríos de esta tierra.

Precisamente, porque se siente tan honrada con ese amor del Cielo, no busca las honras de este mundo.

Precisamente, porque se sabe amiga, novia y esposa de quien todo lo puede, no tiene necesidad de andar buscando poderes, no tiene necesidad de estar codiciando bienes que no sean los bienes que ya tiene su Esposo y Señor.

Finalmente, Inés de Montepulciano es también Maestra en la dirección espiritual, persona de palabra admirablemente acertada. Y además, como nos ha retratado la historia, persona que no sólo tiene esa dirección en el Espíritu para conducir a los más adelantados y fervorosos, sino que tiene también esa presencia de ánimo y esa intensa oración para alejar a los mismos demonios.

¡Humildad y mansedumbre, un piso sólido! ¡Fervor de espíritu de quien se sabe esposa de Cristo, una casa bien fundada! ¡Dirección espiritual, orientación en la vida del Espíritu, un techo bien puesto!

¿Qué es entonces Inés de Montepulciano sino una verdadera morada del Espíritu? ¡Qué alegría para nuestra Orden contar entre sus Santos con esta Nacida de la Predicación!

Porque, la vida contemplativa, -como en otra oportunidad comentábamos-, nace de la predicación; así como también, esta misma predicación tiene que nacer de la contemplación.

Aquellas mujeres que se unen al pequeño grupo del primer Monasterio con Santa Inés, son personas nacidas de la predicación. No todas de una predicación vistosa, pública, solemne; muchas conquistadas por la predicación discreta, profundamente amorosa y femenina de Santa Inés. Pero, nacidas de la predicación.

¡Alegría para nuestra Orden en este día! ¡Gozo de contemplar este evangelio realizado! ¡Anhelo de pedirle que interceda también por nosotros!

Que este Monasterio de Santa Inés sea una Casa de las Bienaventuranzas, donde se realice singularmente aquello que vivió Inés, esa conciencia de que si somos y nos sabemos amados por el Amor grande, no tenemos que pedirle demasiado, ni a las opiniones, ni a los poderes, ni a los bienes, ni a las honras de esta tierra.

Que nuestros conventos y monasterios se llenen de tal modo de las Bienaventuranzas, que se conviertan como en un anticipo de la Bienaventuranza celestial.

Que estemos de tal modo unidos a Cristo en su Cruz, que ya parezca que estamos unidos a Cristo en su gloria. Que creamos de tal manera las palabras de Cristo cuando nos enseña, que creamos que también esa Palabra de Cristo nos llamará para estar eternamente con Él.

Así lo realice su gracia, como la anticipa este Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Amén.