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Nos presenta en esta Primera Carta de Pedro, una especie de contemplación sobre la gracia divina y el momento escogido por Dios para comunicar esta Carta por medio de Jesucristo. Es el misterio de los tiempos de Dios.
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Un Dios que primero parece soportar el mal, y luego parece esperar para curarlo, que lo cura, que lo sana en su tiempo y en su momento y anuncia la plenitud de su salvación en el retorno de Jesucristo.
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Los misterios del tiempo Divino. ¿Por qué hoy y no ayer? ¿Por qué la salvación ahora y no después? No se trata de nada que esté en la criatura porque desde que el pecado entró en la historia de los hombres, no ha preferido una vida virtuosa de parte nuestra, a la cual haya podido mirar Dios y decir: "Salgamos al encuentro de esta humanidad que se esfuerza por alcanzar la salvación".
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Estas últimas palabras son casi a la letra de san Agustín: “No ha preferido de nuestra parte una vida virtuosa”. De manera que si Dios ha querido salir a salvarnos, ha querido venir a salvarnos, no es ciertamente porque nosotros estuviéramos ya casi a las puertas de esa salvación y nos faltara el último empujoncito.
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No es una cadena de bienes a la cual Dios le añada un eslabón de oro, más bien la historia es una cadena de males en muchos aspectos. Esa cadena de males aparece descrita en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en los primeros capítulos de la Carta a los Romanos.
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Allí donde San Pablo llega a la conclusión: "Todos, todos, judíos y no judíos están privados de la gloria de Dios" [[:Categoría:Romanos 003_023|Carta a los Romanos 3,23]]. Entonces, ¿por qué entre esa secuencia de males, hay un momento en el que Dios se resuelve a la comunicación de su gracia? ¿Cuál es el misterio de esa economía de la salvación?
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La palabra economía la solemos relacionar con dinero. Literalmente es algo así como el manejo de la casa: oikos es casa y nomos es ley. Manejo, organización de la casa.
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Y los Padres de la Iglesia, sobre todo los Padres griegos hablaron mucho de la economía de la salvación, es decir, de esa sabiduría inalcanzable, inagotable, que aparece cuando contemplamos los tiempos de Dios. Cada uno de nosotros tiene que mirar esa economía que Dios ha tenido, porque nuestro propio proceso y nuestro propio camino están marcados por el paso de Dios.
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¿Por qué antes y no después? ¿Por qué después y no antes? San Pedro nos dice: "Son misterio que los Ángeles, que los mismos Ángeles anhelan contemplar" [[:Categoría:1 Pedro 001_010|1 Pedro  1,10]], expresión que reserva la economía de la salvación como para lo más íntimo, como para lo más alto del misterio mismo de Dios. Porque, precisamente, en la economía de la salvación, Dios se muestra como Señor del tiempo.
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Si Cristo nació como nació, y si la gracia opera en nuestras vidas como lo hace, y si la gracia opera en nuestras vidas cuando lo hace, no es por algo que haya sucedido en la criatura, no es porque ya se cumplió el año, no es porque ya llegó el mes, no es porque la tierra dio tantas vueltas, no es porque las estrellas están en tales posiciones.
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''En contra de toda astrología, explicita o soterrada, nuestra fe cristiana supone que Dios realmente es Señor del tiempo y esto nos invita a volver nuestros ojos suplicantes ante ese Dios, para pedirle que en sus providencias, que en sus obras, tenga piedad de nosotros, que nosotros entremos en su tiempo, que nosotros entremos en sus planes, no tanto que pretendamos que Él entre en los nuestros, que nosotros entremos en su designios, no tanto Él en los de nosotros.''
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Y mientras tanto, mientras llegan a su continente todos los designios de salvación, vamos caminando y nos vamos alimentando, vamos celebrando y vamos comulgando y cada vez que recibimos a este Cristo, tenemos ya lo definitivo y sin embargo seguimos caminando. Este es el sacramento del caminante, pero también es el alimento del que ya ha llegado a su destino.
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Así, la Iglesia va recibiendo cada día el pan de cada día, lo recibe en la Palabra, lo recibe en el Divino Sacramento, y ese Pan es ya todo lo que necesita y sin embargo es sólo, en algún sentido, un momento, una porción, una muestra, hasta que llegue la plenitud del día de Cristo, hasta que llegue el Banquete del Reino de los Cielos.
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Revisión actual del 15:56 6 dic 2011

Fecha: 19960528

Título: Dios es Senor del tiempo

Original en audio: 7 min. 2 seg.


Nos presenta en esta Primera Carta de Pedro, una especie de contemplación sobre la gracia divina y el momento escogido por Dios para comunicar esta Carta por medio de Jesucristo. Es el misterio de los tiempos de Dios.

Un Dios que primero parece soportar el mal, y luego parece esperar para curarlo, que lo cura, que lo sana en su tiempo y en su momento y anuncia la plenitud de su salvación en el retorno de Jesucristo.

Los misterios del tiempo Divino. ¿Por qué hoy y no ayer? ¿Por qué la salvación ahora y no después? No se trata de nada que esté en la criatura porque desde que el pecado entró en la historia de los hombres, no ha preferido una vida virtuosa de parte nuestra, a la cual haya podido mirar Dios y decir: "Salgamos al encuentro de esta humanidad que se esfuerza por alcanzar la salvación".

Estas últimas palabras son casi a la letra de san Agustín: “No ha preferido de nuestra parte una vida virtuosa”. De manera que si Dios ha querido salir a salvarnos, ha querido venir a salvarnos, no es ciertamente porque nosotros estuviéramos ya casi a las puertas de esa salvación y nos faltara el último empujoncito.

No es una cadena de bienes a la cual Dios le añada un eslabón de oro, más bien la historia es una cadena de males en muchos aspectos. Esa cadena de males aparece descrita en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en los primeros capítulos de la Carta a los Romanos.

Allí donde San Pablo llega a la conclusión: "Todos, todos, judíos y no judíos están privados de la gloria de Dios" Carta a los Romanos 3,23. Entonces, ¿por qué entre esa secuencia de males, hay un momento en el que Dios se resuelve a la comunicación de su gracia? ¿Cuál es el misterio de esa economía de la salvación?

La palabra economía la solemos relacionar con dinero. Literalmente es algo así como el manejo de la casa: oikos es casa y nomos es ley. Manejo, organización de la casa.

Y los Padres de la Iglesia, sobre todo los Padres griegos hablaron mucho de la economía de la salvación, es decir, de esa sabiduría inalcanzable, inagotable, que aparece cuando contemplamos los tiempos de Dios. Cada uno de nosotros tiene que mirar esa economía que Dios ha tenido, porque nuestro propio proceso y nuestro propio camino están marcados por el paso de Dios.

¿Por qué antes y no después? ¿Por qué después y no antes? San Pedro nos dice: "Son misterio que los Ángeles, que los mismos Ángeles anhelan contemplar" 1 Pedro 1,10, expresión que reserva la economía de la salvación como para lo más íntimo, como para lo más alto del misterio mismo de Dios. Porque, precisamente, en la economía de la salvación, Dios se muestra como Señor del tiempo.

Si Cristo nació como nació, y si la gracia opera en nuestras vidas como lo hace, y si la gracia opera en nuestras vidas cuando lo hace, no es por algo que haya sucedido en la criatura, no es porque ya se cumplió el año, no es porque ya llegó el mes, no es porque la tierra dio tantas vueltas, no es porque las estrellas están en tales posiciones.

En contra de toda astrología, explicita o soterrada, nuestra fe cristiana supone que Dios realmente es Señor del tiempo y esto nos invita a volver nuestros ojos suplicantes ante ese Dios, para pedirle que en sus providencias, que en sus obras, tenga piedad de nosotros, que nosotros entremos en su tiempo, que nosotros entremos en sus planes, no tanto que pretendamos que Él entre en los nuestros, que nosotros entremos en su designios, no tanto Él en los de nosotros.

Y mientras tanto, mientras llegan a su continente todos los designios de salvación, vamos caminando y nos vamos alimentando, vamos celebrando y vamos comulgando y cada vez que recibimos a este Cristo, tenemos ya lo definitivo y sin embargo seguimos caminando. Este es el sacramento del caminante, pero también es el alimento del que ya ha llegado a su destino.

Así, la Iglesia va recibiendo cada día el pan de cada día, lo recibe en la Palabra, lo recibe en el Divino Sacramento, y ese Pan es ya todo lo que necesita y sin embargo es sólo, en algún sentido, un momento, una porción, una muestra, hasta que llegue la plenitud del día de Cristo, hasta que llegue el Banquete del Reino de los Cielos.