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Revisión actual del 14:59 6 dic 2011
Fecha: 19971116
Título: Celebrar en la eternidad los misterios del amor de Cristo es nuestra vocacion veradera
Original en audio: 11 min. 34 seg.
Queridos Hermanos:
Hay una historia que me gusta contar: un niño, un poquito más grande que este, como de unos seis o siete años, un día se reveló contra la mamá: "-¡No vuelvo a Misa!" La mamá le pregunta: "-¿Por qué?" "Porque el sacerdote siempre dice lo mismo: que nos portemos bien".
Así resumía este niño de seis o siete años los sermones que oía en la iglesia. Y a los siete años ya estaba cansado.
De acuerdo con eso y teniendo en cuenta que entre ustedes hay muchas personas que tienen más de siete años, yo pienso: con cuánto cansancio asisten muchas personas a la iglesia, porque ya desde los siete años sienten que lo único que les dicen y les repiten es que se porten bien.
Desde luego que portarse bien, o dicho de una manera más formal, mejorar nuestras costumbres, adquirir virtudes, extirpar vicios es una parte de nuestro mensaje. No la principal, tal vez, no la primera, pero sí es una parte la reforma de las costumbres.
Efectivamente, no puede convivir el Evangelio de Jesucristo con una vida de mentira, de orgullo, de resentimiento, de inmoralidad, y no se puede negar esa parte del mensaje: la reforma de nuestras costumbres, pero no sólo la reforma de las costumbres de cada uno como persona, sino también la buena salud de las familias.
No es necesario solamente que los individuos recuperen su estatura moral, es necesario que las familias como un todo puedan palpitar en un mismo amor y es necesario entonces que la sociedad haga posible la vida, haga posible la justicia.
Porque, ¿de qué serviría predicar: "Seamos honrados, seamos honrados, seamos honrados", si las condiciones económicas, políticas, de violencia, llevan al hambre extrema a tantos de nuestros hermanos, por ejemplo, aquí en Colombia?
¿Será que se puede predicar igual la honradez en esta iglesia de Santo Domingo, que en la iglesia parroquial del Guainía o del Guaviare, donde las condiciones económicas, el rapto de niños para que presten un servicio militar forzado para la guerrilla, y otras lacras de esta clase, impregnan y empapan de violencia y de injusticia al pueblo campesino?
No es igual hablar de honradez y de verdad, y decirle al pueblo campesino: "Pórtese bien", o decirle a la sociedad: "Pórtate bien". Pero no es sólo la sociedad colombiana quien sabe de estos temas.
Saben que, por ejemplo, en la lucha contra los grandes males y las grandes injusticias, no bastan los esfuerzos de un país, se requiere una especie de concenso internacional.
¿Por qué nosotros aquí fumigando y destruyendo cultivos de campesinos para mejorarle el precio a las drogas en Estados Unidos, de manera que algunos carteles resulten beneficiados, mientras otros resultan perjudicados?
Muchos de nosotros tenemos la sensación de que en este ejemplo de la lucha contra las drogas no hay completa claridad en las motivaciones, no hay un juego limpio, sino que los estandartes morales, de acuerdo con las conveniencias de los gobiernos y las alianzas económicas, sirven unas veces a unos y otras veces a otras.
Los muertos sin embargo están siempre del mismo lado, del lado de los desprotegidos y de los pobres. Se necesitan esfuerzos internacionales.
¿Será que puede mejorar realmente la condición de un país, cuando los préstamos están ligados a condiciones, por ejemplo, sobre las tasas de natalidad? ¿Será que puede mejorar la condición de un país si un préstamo económico está ligado a unas condiciones de implantación y de apertura de mercados que hacen que el productor nacional quede completamente descalificado?
Y recorra usted el Magdalena Medio, recorra los Santanderes, hable con los campesinos y eso es lo que se está viviendo. Entonces un préstamo en no sé cuantos miles de millones de dólares ligados, sin embargo, a que se abren mercados en condiciones tales que dejarán en la calle a los que prestaron dinero aquí en el país.
Bueno, estas ya son demasiadas cifras y demasiada economía. Pero es para mostrar cómo la Iglesia tiene que meterse en todas esas cosas. No es lo mismo predicar la moral y la vida aquí y predicarla donde usted no sabe si callarse o si hablar.
Porque cuando usted habla en el templo hay paramilitares y en el templo hay guerrilleros y hay espías que lo están escuchando y esto sucede en nuestro país.
La Iglesia no puede ser indiferente a estas condiciones, necesita ese "pórtese bien!", y necesita decírselo a la persona, a la familia, a la sociedad. Pero las lecturas de hoy nos ayudan a descubrir otra dimensión de la predicación de la Iglesia.
Por muy grande que sea esa tarea, por muy urgente que sea repetirle a la sociedad que tiene que cambiar, que tiene que reformarse en estructuras, en familia, en educación, en jóvenes, por muy apremiantes que sean estos mensajes hay, sin embargo, otro mensaje que la Iglesia predica junto con aquél de mejorar a la sociedad.
Por decirlo de una manera breve: La Santa Iglesia, así como tiene que predicar que la sociedad mejore y que este mundo sea más humano, tiene un mensaje para más allá de esta realidad y eso es lo que va a aparecer especialmente en este domingo y en los siguientes domingos.
La Iglesia no tiene solamente el encargo filantrópico, el encargo humanitario de lograr mejores condiciones de vida para las personas. Organizaciones que no son confesionales, como por ejemplo, el Club de Leones o tantas otras organizaciones filantrópicas de ese género, hacen también cosas por la humanidad y esto no significa que estén evangelizando.
Como quien dice: aunque es una parte integral del Evangelio hacer este mundo más humano, el Evangelio no se agota en mejorar la sociedad, no se agota en mejorar el mundo, no se agota en el mensaje de "pórtense bien".
Y si esto fuera todo lo que puede decir el Evangelio, estaríamos prácticamente al nivel de una sociedad de ayuda como el Club de Leones o como tantas otras que hacen mucho bien.
¿Qué es entonces lo que puede decir la Iglesia, aparte de ese mensaje de mejoramiento del mundo? Pues nos ayuda a relativizar la construcción del mundo presente. El tono de las palabras de Jesucristo, impregnado de poesía y de profecía, lo muestra en el Evangelio de hoy.
El simbolismo vigoroso que utiliza con un sol que se oscurece, una luna que se tiñe de sangre, un cielo que tambalea y se estremece, ese simbolismo apocalíptico, forjado en los últimos siglos del judaísmo, quiere mostrar como aún las cosas más estables de esta tierra tienen su final.
Y de ese modo quiere mostrar que su mensaje no es simplemente para mejorar nuestras relaciones humanas o económicas o políticas sobre esta tierra, sino para mostrar esa vocación última del ser humano que había quedado como oculta, como entenebrecida, precisamente, por la realidad del pecado.
Esa vocación última es la que nos diferencia de todas las obras simplemente humanitarias. Permítaseme ese adverbio: simplemente humanitarias.
Precisamente recordándole al ser humano su vocación última para estar con Cristo, para reinar, para ser sacerdote de la creación, para celebrar por la eternidad los misterios del amor de Dios, recordando eso que está más allá de la historia, Cristo nos devuelve la mirada precisa a los acontecimientos de esta historia.
Y por eso la Iglesia tiene que caminar con los pies bien puestos en la tierra y con la mirada bien puesta en los cielos.
Estas palabras del Señor hagan eco en nuestras vidas para que nosotros al mismo tiempo que edificamos la ciudad terrena, nos vayamos preparando para esa ciudad de sólidos cimientos que sólo el amor puede construir en la eternidad.
Nada de olvidarse de esta tierra con un escapismo espiritualista fácil, como a veces parecen ofrecerlo algunos movimientos: "Drógate, dópate a base de pensamientos y de sensaciones y de emociones y de mantras o incluso de cantos religiosos".
"Dópate, drógate con eso y olvídate de esta tierra". Ese no puede ser el cristianismo, pero tampoco puede ser: "vuélvete un trabajador hasta el último día de tu vida y dedícate a concluir tu obra en esta tierra, porque ese es todo tu mensaje", tampoco.
Trabajamos, mejoramos el mundo, somos conscientes de los problemas de la justicia y al mismo tiempo entendemos que estamos llamados por el amor a una vocación más alta, más noble, más sublime.