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| + | Aquellos que se sientan en paz y gozo ante el encuentro con Cristo, pues verán esa meta con alegría; aunque haya otros sentimientos, tendrá su primacía la alegría. | ||
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| + | Jesús también vio así al final de su vida, y seguramente experimentó esto mismo que estamos describiendo, esa necesidad de decir mucho con pocas palabras, esa necesidad de ser especialmente claro sobre todo con ese núcleo de discípulos que, humildes como eran, sin embargo tenían ese encargo absolutamente sublime, el encargo de dar testimonio del Reino de Dios instaurado por Cristo, y también el encargo de servir de pilares para esto que se llama la Santa Iglesia. | ||
Revisión del 15:03 5 nov 2011
Fecha: 20111107
Título:
Original en audio: 4 min. 22 seg.
A Veces sucede que los atletas en el estadio, cuando ya llega el último tramo, lo que se suele llamar la "recta final" en su carrera, aceleran el paso.
A la vista de la meta, se acelera el paso.
Y creo que esa comparación puede servirnos para describir más de una cosa. Por ejemplo, si nos dijeran, -y puede ser una noticia muy fuerte-, si nos dijeran: "Te vas a morir en dos meses, te quedan dos meses de vida", yo creo que nosotros aceleraríamos el paso, quizás ciertas cosas que hemos venido aplazando, aplazando, asuntos legales, asuntos de familia, perdones que hay que pedir, papeles que hay que arreglar; bueno, también hará que orar más y buscar una buena confesión, todos eso seguramente haría nuestros días un poco más acelerados, porque ya se ve una meta, una meta que puede ser temible para algunos, o que puede ser muy bella para otros.
Aquellos que se sientan en paz y gozo ante el encuentro con Cristo, pues verán esa meta con alegría; aunque haya otros sentimientos, tendrá su primacía la alegría.
Jesús también vio así al final de su vida, y seguramente experimentó esto mismo que estamos describiendo, esa necesidad de decir mucho con pocas palabras, esa necesidad de ser especialmente claro sobre todo con ese núcleo de discípulos que, humildes como eran, sin embargo tenían ese encargo absolutamente sublime, el encargo de dar testimonio del Reino de Dios instaurado por Cristo, y también el encargo de servir de pilares para esto que se llama la Santa Iglesia.