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Cómo me gustaría en estos momentos poder ir con el pensamiento, poder ir con el corazón y con la fe, y entrar en ese mundo de Pablo; ¡qué hermoso para nosotros, en este instante, si Dios nos concediera o nos alentara a aprender la lengua de Pablo!
 
Cómo me gustaría en estos momentos poder ir con el pensamiento, poder ir con el corazón y con la fe, y entrar en ese mundo de Pablo; ¡qué hermoso para nosotros, en este instante, si Dios nos concediera o nos alentara a aprender la lengua de Pablo!
  
Santa Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, cuando pensaba estas cosas, decía; “Yo tengo que aprender griego, yo tengo que aprender la lengua que habló Pablo, porque es que las traducciones no me van a servir”  
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Santa Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, cuando pensaba estas cosas, decía; “Yo tengo que aprender griego, yo tengo que aprender la lengua que habló Pablo, porque es que las traducciones no me van a servir”.
  
 
La Vulgata, la traducción al latín, habla del sacramentum, y nosotros hablamos de los misterios; ¿pero acaso nuestras palabras dicen lo que decía Pablo? ¿Qué era lo que había en el pensamiento de este predicador?  
 
La Vulgata, la traducción al latín, habla del sacramentum, y nosotros hablamos de los misterios; ¿pero acaso nuestras palabras dicen lo que decía Pablo? ¿Qué era lo que había en el pensamiento de este predicador?  
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Precisamente, este impulso de amor es el que lleva a algunas personas a volverse lo que se llama exégetas, es decir, a estudiar con paciencia, con constancia estas lenguas, no por erudición; pobre de aquel que lo haga por simple erudición, sino por amor.  
 
Precisamente, este impulso de amor es el que lleva a algunas personas a volverse lo que se llama exégetas, es decir, a estudiar con paciencia, con constancia estas lenguas, no por erudición; pobre de aquel que lo haga por simple erudición, sino por amor.  
  
¿Yo quiero saber qué es lo que le dice Dios? La constitución apostólica Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, dice: “Nos corresponde, para interpretar la Escritura, ver qué fue lo que los autores sagrados dijeron, y segundo, qué fue lo que Dios quiso decir con lo que predicaron o escribieron estos autores sagrados.
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¿Yo quiero saber qué es lo que le dice Dios? La constitución apostólica Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, dice: “Nos corresponde, para interpretar la Escritura, ver qué fue lo que los autores sagrados dijeron, y segundo, qué fue lo que Dios quiso decir con lo que predicaron o escribieron estos autores sagrados".  
  
Pero el primer paso requiere que nosotros nos acerquemos a ese mundo; qué tal que pudiéramos encontrarnos con Pablo, y hacerle una entrevista, y preguntarle: "¿Qué era lo que tú querías decir con ese “mysterum”?  
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“El misterio oculto durante siglos eternos” [[:Category:Romanos 016_025|Carta a los Romanos 16,25]], esa expresión le gustaba a Pablo; por allá en algunas de las Cartas Pastorales, habla también de "los siglos eternos” [[:Category:1 Timoteo 001_017|1 Timoteo 1,17]]; esa tampoco es buena traducción; “eterno”, ahí más bien es “siglos interminables”.  
 
“El misterio oculto durante siglos eternos” [[:Category:Romanos 016_025|Carta a los Romanos 16,25]], esa expresión le gustaba a Pablo; por allá en algunas de las Cartas Pastorales, habla también de "los siglos eternos” [[:Category:1 Timoteo 001_017|1 Timoteo 1,17]]; esa tampoco es buena traducción; “eterno”, ahí más bien es “siglos interminables”.  
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Revisión del 12:58 3 nov 2011

Fecha: 19971108

Título: “El misterio es la realizacion del amor de Dios en mi mismo”

Original en audio: 22 min. 50 seg.


Pablo termina su Carta a los Romanos haciendo alusión a ese misterio del cual dice que "estuvo mantenido en secreto durante siglos eternos y fue manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la obediencia de la fe” Carta a los Romanos 16,25-26.

Este tema del misterio aparece en los escritos de Pablo, especialmente en los escritos posteriores; reflexionando él sobre las maravillas de la gracia divina, pensaba esa obra de la gracia como un misterio.

Pero pensando también por qué había personas que rechazaban esa gracia, le parecía más misterioso; y pensando también por qué habían pasado tantas generaciones, antes de que se manifestara esa gracia, le parecía más y más un misterio.

Pero la palabra misterio ahí se refiere no solamente ni principalmente a algo difícil de conocer, o como una especie de secretico que Dios tenía guardado. ¿Qué quiere decir la palabra misterio ahí?

Porque cuando nosotros celebramos la Eucaristía decimos: “Este es el misterio o el sacramento de nuestra fe”. De hecho, la palabra mysterium, en griego, fue traducida al latín por la palabra sacramentum.

Y algunas veces, al iniciar la Eucaristía, el sacerdote dice: “Vamos a arrepentirnos de nuestros pecados, para celebrar dignamente los Sagrados Misterios”, ¿qué quiere decir la palabra misterio ahí?

El misterio pascual, el misterio de la Pascua de Cristo, porque nosotros como evangelizadores somos testigos de ese misterio, pero si uno piensa, esa expresión resulta como chistosa: “Testigos de un misterio”.

Si misterio significa una cosa que no se sabe, entonces, ¡grandes y valientes testigos de eso!; gente que tiene que irle a contar a todas las naciones que hay algo que nadie sabe; eso no tiene sentido. Evidentemente, la palabra misterio ahí no significa algo desconocido.

Además, se dice que es un misterio revelado; pero, cuando Pablo dice que "es un misterio revelado” Carta a los Romanos 16,26, no está diciendo que algo que no era conocido, un secretico, ya fue conocido, y ahora lo sabemos todo.

La revelación del misterio no significa que ahora ya no tenemos nada más por conocer, y sabemos que Pablo tenía este criterio, porque cuando él le escribe, por ejemplo, a los colosenses dice: “Oramos para que lleguéis a la plenitud en el conocimiento de la voluntad de Dios” Carta a los Colosenses 1,9.

Y a los filipenses les dice: “Sea cual sea el punto al que hayamos llegado, sigamos adelante” Carta a los Filipenses 3,16; o sea que la revelación del misterio no quiere decir que ya no quedan cosas para aprender; es un mundo misterioso.

Porque resulta que misterio no significa simplemente “secreto”; por lo mismo, la revelación del misterio no significa que no quedan cosas por aprender; además, este misterio tiene que ver con la obra de la gracia, y tiene que ver con el misterio por excelencia, que es la Pascua de Jesucristo.

Cómo me gustaría en estos momentos poder ir con el pensamiento, poder ir con el corazón y con la fe, y entrar en ese mundo de Pablo; ¡qué hermoso para nosotros, en este instante, si Dios nos concediera o nos alentara a aprender la lengua de Pablo!

Santa Teresa del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, cuando pensaba estas cosas, decía; “Yo tengo que aprender griego, yo tengo que aprender la lengua que habló Pablo, porque es que las traducciones no me van a servir”.

La Vulgata, la traducción al latín, habla del sacramentum, y nosotros hablamos de los misterios; ¿pero acaso nuestras palabras dicen lo que decía Pablo? ¿Qué era lo que había en el pensamiento de este predicador?

Precisamente, este impulso de amor es el que lleva a algunas personas a volverse lo que se llama exégetas, es decir, a estudiar con paciencia, con constancia estas lenguas, no por erudición; pobre de aquel que lo haga por simple erudición, sino por amor.

¿Yo quiero saber qué es lo que le dice Dios? La constitución apostólica Dei Verbum, del Concilio Vaticano II, dice: “Nos corresponde, para interpretar la Escritura, ver qué fue lo que los autores sagrados dijeron, y segundo, qué fue lo que Dios quiso decir con lo que predicaron o escribieron estos autores sagrados".

Pero el primer paso requiere que nosotros nos acerquemos a ese mundo; qué tal que pudiéramos encontrarnos con Pablo, y hacerle una entrevista, y preguntarle: "¿Qué era lo que tú querías decir con ese “mysterium”?

“El misterio oculto durante siglos eternos” Carta a los Romanos 16,25, esa expresión le gustaba a Pablo; por allá en algunas de las Cartas Pastorales, habla también de "los siglos eternos” 1 Timoteo 1,17; esa tampoco es buena traducción; “eterno”, ahí más bien es “siglos interminables”.

Lo que Pablo parece que quería decir con eso de “los siglos eternos”, es más o menos lo que siente uno cuando está muriéndose de un dolor en la sala de espera del odontólogo, y dice: “Es que es una eternidad”, porque no se le ve el fin.

De manera que eterno, aionios, dice en griego, significa “sin fin”, “interminable”; “tempora saeculare”, traduce la la Vulgata, "siglos sin fin"; pero ese “sin fin” tampoco convence, porque resulta que decimos “sin fin”, pero sí hubo un fin.

El sentido entonces parece que es este: cuando Pablo habla del misterio oculto por siglos eternos o por siglos sin fin, lo que quiere es calificar ese tiempo antes de la venida de Cristo; ese tiempo que no tenía una finalidad, que no tenía una meta, que no iba para ninguna parte.

Antes de la revelación del misterio de Jesucristo, la vida no iba para ninguna parte; que hubieran sido muchos o pocos años no importa, lo que importa es que eso no tenía una finalidad, no tenía un sentido, no tenía un acabarse; eso daba vueltas sobre sí mismo, y esa es la condición del hombre sin Dios, dar vueltas sobre sí mismo.

Unos escogen su dinero, y le dan vueltas a su dinero; otros escogen sus sentimientos, y le dan vuelta a sus sentimientos; otros escogen sus pensamientos, y le dan vuelta a sus pensamientos.

¿Pero cómo hacer para que la vida no sea darle vuelta, una y otra vez, a una noria infinita de sentimientos, de pensamientos? ¿Qué nos puede sacar de ese círculo vicioso? ¿Qué nos puede sacar de ese carrusel infernal donde se repiten las mismas imágenes y las mismas cosas?

Esa condición es la condición del hombre sin la gracia de Dios, y eso es lo que se llama “los siglos eternos”; esos son los tempora saeculare.

Bueno, con esa clarificación intentemos acercarnos a lo que quiere decir “la revelación del misterio de la Pascua de Cristo”. Hay una explicación muy bonita que aprendí hace poco sobre esto de la revelación del misterio.

Porque yo pensaba que la revelación del misterio era algo así como que había un secreto que Dios tenía por allá guardado, y de pronto dijo: “No, ya me da es como pesar con esta gente, vamos a contarles cómo es que sí es la vida”.

Como que Dios tuviera las claves de la vida humana, y dijera: “La vida humana tiene que ser así y asá; pero yo los voy a dejar”; y entonces durante siglos la gente se pelea, sufre hasta que Dios ya se aburrió o le dio misericordia.

Entonces, dijo: “Bueno, ahora sí les voy a contar cómo es que sí es la vida; pero resulta que la vida es así y así”. Autores como Og Mandino o como Dale Carnegie escriben libros que tienen que ver con cómo vivir esta vida sin ser uno un amargado, sin ser un pobre, un desesperado, un chiflis; qué se puede hacer para vivir bien esta vida.

Y entonces ellos presentan algunas veces sus escritos como revelaciones; es decir, "les voy a contar cómo es que se vive la vida, y entonces, por ejemplo, está "El Secreto Más Grande del Mundo", una obra de Og Mandino, o, "El Vendedor Más Grande del Mundo"; son obras que hacen un bien, no son todo el bien.

¿La Biblia es algo así como Og Mandino, esta vez en versión judía? ¿Es Jesucristo como un Dale Carnegie, que le está contando a las personas cómo es que sí funciona esta vida?, ¡ay! para que la gente deje ese juego de carros chocones, ¿no?

Da la impresión de que la vida fuera como carros chocones; uno se da contra el otro, el otro contra el otro, y el que ya no se pueda dar contra nadie, se da contra la pared y vuelve y rebota. ¿Fue Cristo como un Dale carnegie que vino a contarle a las personas cómo era que se vivía esta vida? ¿Es esa la revelación? Decididamente no.

Más se parece a Dale carnegie o a Og Mandino, Moisés; él sí venía a contar, en la Ley, cómo se vivía en esta tierra; ese sí; Moisés venía a dar todo un plan de organización comunitaria, psicológica, personal, familiar, afectiva, y todo eso es la Ley.

La Ley entonces cuenta, por ejemplo, cómo debe ser la familia, cómo debe ser la persona, cómo debe ser el estado, qué vamos hacer con los pobres, se puede o no se puede pelear, o debemos tener soldados, o no debemos tenerlos.

“La Ley viene de Dios” Carta a los Romanos 7,13, dice San Pablo; efectivamente, esa Ley tenía un lugar dentro del plan de Dios, pero no era todo el plan de Dios; entonces, cuando yo hago la comparación entre, por ejemplo, Og Mandino, Carnegie y Moisés, lo que estoy diciendo es que eso es un paso, pero que ahí no está todo.

Y que donde encontramos realmente todo, es en ese misterio que nos viene por Jesucristo. Entonces, que nos quede claro, que la Ley de Moisés, lo mismo que los buenos consejos que pueda dar un psicólogo, son cosas que hacen bien, ayudan a organizar la vida en esta tierra.

Sí, la ayudan a organizar, pero para eso no se necesitaba que viniera Cristo; Cristo no vino a organizar la vida en esta tierra; de aquí tenemos que sacar dos enseñanzas.

Primera, que para lo que tiene que ver con vivir en esta tierra, necesitamos algo, además del mysterium, necesitamos algo además de la Biblia; las personas que intentan organizar la sociedad tomando la Biblia como manual de convivencia, le están pidiendo a la Biblia algo que no trae. La Biblia no trae cómo resolver la vida en esta tierra.

Que sus indicaciones, que sus nortes, que el sentido que le da la existencia nos ayuda a asumir la vida en esta tierra de otro modo, estoy de acuerdo; pero que la Biblia sea una especie de manual de vida para que funcione la sociedad, o para que funcione la familia, o algo así, no.

La Biblia en ese sentido, entendámonos, nos da las intuiciones fundamentales, pero no nos resuelve los problemas concretos, y para ese tipo de problemas concretos, Dios ha dejado en nuestra naturaleza, la inteligencia, la ciencia, los amigos, la experiencia, la historia, Moisés, etc.

La organización de la vida en esta tierra, no es el objetivo fundamental del misterio, para ese misterio sirve nuestra propia cabeza, sirve nuestra sensatez, sirve el diálogo, sirve la experiencia, sirve la ciencia.

Entonces, hay que sacar la enseñanza de que la Biblia no es todo eso; las personas que han pretendido organizar la vida humana, si entran en contradicciones, si voy a tomar la Biblia como manual de convivencia, entonces aplico la Ley de Moisés.

Empecemos a circuncidar otra vez a los niños al octavo día; no comamos salchichas, ni marrano; o sea que de este problema no se han podido salir los protestantes; no han podido; han hecho, revuelven, y argumentan, y no logran llegar a una conclusión.

El misterio no es la organización de la vida en esta tierra; pero alguien diría: "Un momento, si resulta que yo puedo organizar mi vida en esta tierra a base de sensatez, diálogo, ciencia, historia, experiencia, ¿qué más necesito que eso?

Necesito, y esta es la segunda enseñanza, la sanación radical de mi voluntad, es decir, yo lo ejemplificaría con estas palabras que muchas veces se dicen: “Querer es poder”, eso es cierto ¿pero quién hará que yo quiera? He ahí el punto; ahí es donde entra la gracia divina.

Si la sociedad se puede organizar, se puede hacer un plan fantástico para erradicar la pobreza absoluta; un consejo de sabios, reunido, no sé si fue por la ONU, la FAO, la OEA, o estas instituciones internacionales, llegó a una conclusión.

Que la pobreza del mundo sí era erradicable, que la gente muriéndose de hambre era erradicable; téngase en cuenta que muere más gente de hambre que por cualquier enfermedad.

Si queremos mirarlo en esa proporción, el hambre es una enfermedad peor que cualquier otra enfermedad; resulta que estas instituciones, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud, han logrado prácticamente erradicar enfermedades.

Erradicarlas del planeta, que no se vuelvan a dar; prácticamente casos de esa enfermedad en el planeta; este consejo de sabios llegó a la conclusión de que el hambre podía ser erradicada del planeta tierra.

Pero el plan para solucionar el problema del hambre, y de la pobreza absoluta en el planeta tierra, requiere que “querer es poder”, y requiere entonces, que ciertas instituciones, que ciertos países, que ciertas clases sociales, no una, ni dos personas, sino muchísimas personas se impliquen de modo continuo, organizado, y sostenido en sacar adelante el planeta tierra.

Nuestra inteligencia, nuestro diálogo nos lleva a que los problemas se pueden arreglar; pero ¿quién hará que la gente quiera radicalmente, y que esa voluntad permanezca así abierta a la misericordia?

¿Y quién hará que finalmente nuestra vida humana no se cierre en una adoración de nosotros mismos, sino en un tributo de amor al Altísimo? ¿Quién logrará esto? Y aquí es donde nosotros descubrimos el verdadero papel del misterio.

El mysterium no es un parche en esta vida, no es una manera de arreglar algo en esta vida, no; es la sanación, la unción de Dios en lo profundo de nuestra voluntad rebelde, que sabe que “querer es poder”, pero que no quiere.

Ahí es donde obra el misterio; la revelación del misterio en el fondo está, como decía hermosamente Walter Castro, "hacer que el misterio de mi vida quede patente en el misterio de Dios”.

¿Y cuál es el misterio de la vida humana? Lo expresa hermosamente San Pablo en el capítulo séptimo, de la Carta a los Romanos, "Porque a veces veo el bien, y no lo quiero; porque a veces veo el mal, y no lo puedo evitar; porque el bien no me seduce tanto como yo quisiera; porque no me puede el bien con todas las fuerzas" Carta a los Romanos 7,15-16.

Este drama aparece en la Ley de Moisés, o aparece en la conciencia ilustrada de los hombres de todos los siglos y de todos los tiempos; y aquí es donde Mandino, Carnegie, Moisés, el que sea, no logran

Si yo me doy cuenta que tendré que cambiar cosas, ¿qué es lo que me convendría? ¿Pero qué hago para querer, para que el bien me llame, me pueda, me seduzca?

¿Qué hago para que el bien triunfe en todo mi ser, y para que una vez que eso suceda yo no me dé la gloria a mí, que sería un absurdo, porque soy criatura, sino que le dé la gloria a mi Hacedor? ¿Quién puede hacer que esto suceda en mí?

El misterio, entonces, no es algo que está afuera de mí y que yo conozco, sino es la realización de la vida y del amor de Dios en mi mismo, para que el bien me pueda, para que el bien me llame, para que la verdad triunfe, y de esta manera la creación entera se restaure.

Esta revelación hermosísima entre el orden de la redención y el orden la creación hay que saberla entender, para no pedirle a la Biblia lo que no tiene, y para no pedirle a las fuerzas humanas lo que no logran.

La Biblia no es un manual de convivencia; nos da intuiciones, nos da consejos, pero en cuanto a manual de convivencia, está muy incompleto, o está demasiado condicionado por la cultura judía, y por una cantidad de cosas; no es eso.

Pero, pedirle a las fuerzas humanas que resuelvan toda nuestra existencia, no lo logran, ¿porque quién hará que yo verdaderamente quiera?

Necesito, entonces, que toda mi naturaleza sea sanada por toda la gracia; que mi inteligencia sea sanada por la verdad de Dios, que mi voluntad sea sanada por el amor de Dios, que mi memoria sea salvada por el poder de Dios.

Necesito que todo mi ser sea tomado por Él, sea conducido por Él, esto es lo que significa ser salvado; no es una anulación de la naturaleza, sino un hacer posible que la naturaleza no sea esclava de sus tendencias de muerte.

Y esto es lo que nosotros le pedimos a Dios por nuestros hermanos difuntos; nosotros le pedimos a Él, que en un acto absolutamente libre de su misericordia, tome la existencia de estas personas, la bañe en su ser, las sumerja, la empape en su gracia, y logren ese destino para el que fueron creados.

He repetido que la Bibilia no es un manual de convivencia en esta tierra; eso es cierto, pero la Bibilia, la revelación de este misterio, sí nos lleva para que a través de esta tierra, con mayor o menor éxito, con mayor o menor alegría, nosotros tengamos esa plenitud para la que fuimos creados.

Esto es lo mismo que rogamos para nuestros hermanos que han pasado ya por esta tierra: que la gracia de Dios sea poderosa en esas vidas, de manera que ellos alcancen ese fin para el que fueron creados.

El que no alcanza ese fin está metido en los tempora saeculare; el que no alcanza el fin para el que fue creado, no importa si vivió mucho o poco, está dando vueltas sobre sí mismo; en el fondo este es el infierno.

En el fondo el infierno es una eternidad de absurdo; es un no alcanzar nunca la meta; perderla para siempre, pero perderla no como el que la ve y la desea; "!pero ¡ay!, ya no pude; eso es paja."

Los condenados no es que sigan deseando su meta; "pero ya me pasó la oportunidad", no; es que quedan incapacitados para desearla, y si la vieran, la odiarían.

Roguemos a Dios Nuestro Señor por nuestros difuntos, unidos a la gracia de Cristo, para que ellos, salidos del círculo absurdo de la adoración de las fuerzas humanas, lleguen verdaderamente a la adoración del amor de Dios.

Amén.