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Revisión del 02:46 25 oct 2011
Fecha: 20010219
Título: La caridad de Cristo es la que le hace exorcista
Original en audio: [14 min. 4 seg.]
La conclusión que muchos sacan de este pasaje es que no existen tales posesiones diabólicas, sino simplemente los problemas mentales, las enfermedades que en esa época, como no había ciencia desarrollada, se atribuían a los demonios; toda enfermedad así medio rara, era un demonio que tenía la persona.
No podemos descartar que esto sucediera, es decir, que la gente en ese pensamiento mítico, precientífico hiciera este género de asociaciones, pero concluir, a partir de eso, que no existe la posibilidad de la posesión diabólica y que por consiguiente no hay demonios sino sólo la maldad humana y las enfermedades que padecen los hombres, eso ya sería demasiado.
Por eso, creo que vale la pena destacar algunos elementos de esta lectura, porque la enseñanza que más bien nos quiere dejar el evangelio no es que no existan los demonios, o que no se puedan dar estos fenómenos de posesión, sino más bien que muchas veces la enfermedad va unida a la acción del maligno.
El hecho de que se dé una cosa no quiere decir que no se dé la otra; casi podríamos decir, que allí donde prospera el mal físico, el mal mental, el mal neurológico, el mal social, allí, en cierto sentido, hay un terreno más preparado para una acción más perniciosa del maligno.
Y esta es una enseñanza importante, porque nos vamos a encontrar en nuestro tiempo y en nuestra sociedad, que efectivamente hay una serie de ambientes y una serie de situaciones en las hay un mal social, o un mal físico, o un mal mental, pero no debemos descartar que haya un mal más profundo.
Es una cosa que toca, desde luego, manejarla con cierta prudencia, con mucho discernimiento, pero que no debemos descartar.
Yo pienso, por ejemplo, en lo que dice aquel conocido exorcista de la diócesis de Roma que tiene algunos libros sobre este tema, y donde él dice que en regiones de extrema pobreza, la misma desesperación de la gente le lleva a utilizar todo género de recursos.
Y por eso hay brujerías muy graves, de pactos muy fuertes con los poderes de las tinieblas en regiones de África, de Brasil, de Ahití, en donde hay un mal social, un mal económico, pero también, según el parecer de este experto, hay raíces muy profundas de este otro género de mal.
Y bueno, este es un asunto que hay que manejar con prudencia porque en la historia de la Iglesia detectamos especies de epidemias de este tema.
Después de que una persona considera que su problema es este, que su problema es de un espíritu, de una brujería, de una posesión, es muy difícil sacar a la persona de ese convencimiento, y hay veces que esto se va volviendo contagioso.
De modo que se dieron casos en la historia de la Iglesia de comunidades enteras, ciudades enteras, monasterios enteros en los que prácticamente todo el mundo se consideraba afligido por el demonio, y se consideraba digno de un exorcismo ojalá doble o triple por un sacerdote muy santo, y esto pues yo creo que lo que hace es multiplicar las obsesiones y los problemas en las personas.
Así que no es nada fácil mantener equilibrio en esta materia, porque entre los que encuentran demonios en todas partes, y los que niegan la existencia del demonio, no es fácil dencontrar el punto medio.
Evidentemente, Cristo nos da una enseñanza en este sentido en el pasaje de hoy, porque no niega, toma en toda su seriedad el asunto de la posesión, pero evita el espectáculo.
“Al ver que acudía gente, increpó al espíritu inmundo diciendo....,” San Marcos 9,25. Jesús evita el espectáculo, y espectáculo es lo que se ha dado muchas veces con este tema dentro y fuera de la Iglesia Católica, especialmente cuando se vuelve casi que una moda.
Después de estas palabras, en cierto modo introductorias, examinemos un par de versículos que nos ayudan a comprender la enseñanza fundamental, o la que quiero destacar en este día.
Lo que quiero destacar es que el mal moral, el mal físico, el mal económico muchas veces coexiste, y puede eventualmente tener su causa, en una raíz más profunda que tiene que ver a veces con el maligno.
Bueno, los síntomas que se describen de este niño, el enfermito, son exactamente los de la epilepsia: “Lo tira al suelo, hecha espumarajos, rechina los dientes y se queda tieso” San Marcos 9,18, pero hay varias cosas que notar aquí, por ejemplo, esto: “En cuanto vio a Jesús, retorció al niño” San Marcos 9,20.
Estamos ante una epilepsia muy curiosa, porque es una epilepsia que reacciona ante la presencia de Jesús; ahora, si nosotros conocemos algo de Jesús por los Evangelios, pues no tenemos que decir que se trata de un personaje que generara tensiones violentas en la corteza cerebral y ocasionara un ataque epiléptico.
Los epilépticos son sensibles a muchos estímulos, por ejemplo, yo no creo que aquí no haya problemas de epilepsia, porque esta luz fluorescente que tiene sus vibraciones, sus fases a cincuenta o sesenta ciclos por segundo, dicen que en algunos epilépticos engendra alteraciones nerviosas, en otras personas produce sueño, pero no he visto yo que se den ataques por esta luz.
Otro detalle, muchas veces lo ha echado al fuego o al agua para acabar con él, eso es una cosa interesante, no debemos suponer que la casa de este niño enfermo estaba rodeada de fuego por todas partes, pues esta familia no vivía quemándose, el fuego en una casa ocupa un lugar preciso, en las culturas antiguas o modernas, sea la chimenea, sea el fogón, sea lo que sea, es un lugar preciso.
Que a la persona le dé el ataque y tienda hacia ese lugar precisamente, eso, de acuerdo con los que conocen de epilepsia, tampoco tienen nada de normal, no es lo propio de esta enfermedad; al epiléptico, donde le da el ataque, le dio el ataque y cae ahí, no se lanza hacia otro lugar, mucho menos hacia un lugar determinado que involucraría peligro o muerte para la persona que padece la enfermedad.
y finalmente, Jesús, que ha hecho tantos milagros en el cuerpo y en la mente de las personas, no hablaba de espíritus cuando hacía las sanaciones; Jesús, esto es muy importante, no tocaba a la persona diciendo: "Espíritu de la tos persistente, ¡vete!" "Espíritu de barros y espinillas, ¡lárgate!"; Jesús no hacía eso.
Jesús no increpaba, Jesús no nombraba espíritus en las sanaciones, y aquí expresamente nombra al espíritu: “Espíritu inmundo y sordo, yo te lo mando” San Marcos 9,25, y es eso lo que cura al niño; de manera que una epilepsia curada por una frase.
No hay muchos casos en la medicina en los que eso se presente, o tenemos que entrar a especular que sí, de todas maneras era una enfermedad, sino que, pues Dios estaba tan convencido y sugestionaba tanto a la gente de que era un espíritu, y eso no tiene asidero en lo que nos presentan los Evangelios porque, repito, Jesús no andaba nombrando espíritus, ni increpando espíritus, cuando se trataba de enfermedades.
Es decir que el texto mismo, así con epilepsia y todo, no hay que tener temor a que se dé ese diagnóstico; el texto mismo, con epilepsia y todo, lo que nos está mostrando es una cosa muy distinta.
Nos está mostrando que el mal tiene como distintos estratos, y aunque no todo ni por cualquier motivo se puede atribuir al maligno, ni todo hay que resolverlo con exorcismos, sí hay aquí algo profundo, sí hay una causa, podríamos decir última del mal en el mundo que aparece, y que también nos muestra el carácter de la misión de Cristo.
Así como podemos mirar a Cristo en términos del gran liberador, o el gran médico, o el gran maestro nuestro, también tenemos que mirar a Cristo como el gran exorcista; Cristo es el gran exorcista, y de aquí, de esta afirmación, sacamos dos conclusiones.
Primera: que la presencia de Cristo y del Evangelio es como una irradiación que expulsa al mal, todo mal, también ese mal espiritual, todo mal.
"Ahora va a ser juzgado el príncipe de este mundo" San Juan 16,11, dice Cristo a las puertas de su dolorosa Pasión; "ahora va a ser juzgado" San Juan 16,11, es decir, que la Cruz de Cristo es el gran exorcismo, y es la fuente de la cual se irradia el bien y se expulsa el mal.
En segundo lugar, así como nosotros no osaríamos, Dios nos libre, burlarnos de la misión de Cristo como Maestro, o como Redentor, o como Médico, con esa misma seriedad y con esa misma gratitud, debemos mirar el ministerio de Cristo exorcista, y debemos impedir, hasta donde nos lo permitan nuestras fuerzas y conocimientos, que se produzca cualquier malentendido, ignorancia o burla en esta materia.
Es la caridad de Cristo la que le hace Maestro, es la caridad de Cristo la que le hace Médico, es la caridad de Cristo la que le hace Exorcista.