Diferencia entre revisiones de «I242002a»
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Nosotros no nos hemos liberado sencillamente de un rey perverso, sino que hemos sido liberados de el peor de los tiranos: el mismísimo demonio; y hemos salido no únicamente de una tierra de opresión, sino que hemos salido de los dominios del pecado. Jesús, delante de nosotros, como nuevo y verdadero Moisés, nos conduce, no ya a una tierra prometida, pero tierra al fin y al cabo, sino que nos conduce a la casa del Padre, a esa mansión de la que Él dijo que tiene muchas habitaciones, y allá esta Él preparando ese lugar para nosotros. | Nosotros no nos hemos liberado sencillamente de un rey perverso, sino que hemos sido liberados de el peor de los tiranos: el mismísimo demonio; y hemos salido no únicamente de una tierra de opresión, sino que hemos salido de los dominios del pecado. Jesús, delante de nosotros, como nuevo y verdadero Moisés, nos conduce, no ya a una tierra prometida, pero tierra al fin y al cabo, sino que nos conduce a la casa del Padre, a esa mansión de la que Él dijo que tiene muchas habitaciones, y allá esta Él preparando ese lugar para nosotros. | ||
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| + | Así que la vida cristiana es pascual, y todos los acontecimientos de los Evangelios los podemos y creo yo que os debemos leer desde esta óptica singular de la Pascua. Con esto quiero decir que los ciegos que fueron curados por Cristo de algún modo experimentaban Pascua; los leprosos que fueron limpiados; los paralíticos que recobraron movimiento; los mudos que pudieron cantar las alabanzas de Dios, cada una de estas personas, y sobre todo, los pecadores que recibieron de Él perdón, todos ellos, que somos también todos nosotros, estamos experimentando Pascua. | ||
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| + | Entonces la Pascua de Cristo no se limita únicamente a las últimas páginas, es decir, a lo que se cuenta de la cruz y del sepulcro y de la resurrección, sino que en realidad ese himno de victoria empapa y también ilumina y también hace fecunda ante neustros ojos | ||
Revisión del 17:26 11 sep 2011
Fecha: 20110913
Título:
Original en audio: 4 min. 46 seg.
Sabemos ya que la palabra Pascua indica el gran acontecimiento de los judíos; cuando salieron de Egipto, esa fue la primera y gran Pascua para ellos. Pero esa Pascua, grande como era, sin embargo correspondía sólo al anuncio de otra Pascua aún más admirable, la Pascua de Jesús. Porque detrás de Jesús, y si digo mejor, en Jesús, nosotros que somos su cuerpo hemos pasado de la muerte a la vida.
Nosotros no nos hemos liberado sencillamente de un rey perverso, sino que hemos sido liberados de el peor de los tiranos: el mismísimo demonio; y hemos salido no únicamente de una tierra de opresión, sino que hemos salido de los dominios del pecado. Jesús, delante de nosotros, como nuevo y verdadero Moisés, nos conduce, no ya a una tierra prometida, pero tierra al fin y al cabo, sino que nos conduce a la casa del Padre, a esa mansión de la que Él dijo que tiene muchas habitaciones, y allá esta Él preparando ese lugar para nosotros.
Así que la vida cristiana es pascual, y todos los acontecimientos de los Evangelios los podemos y creo yo que os debemos leer desde esta óptica singular de la Pascua. Con esto quiero decir que los ciegos que fueron curados por Cristo de algún modo experimentaban Pascua; los leprosos que fueron limpiados; los paralíticos que recobraron movimiento; los mudos que pudieron cantar las alabanzas de Dios, cada una de estas personas, y sobre todo, los pecadores que recibieron de Él perdón, todos ellos, que somos también todos nosotros, estamos experimentando Pascua.
Entonces la Pascua de Cristo no se limita únicamente a las últimas páginas, es decir, a lo que se cuenta de la cruz y del sepulcro y de la resurrección, sino que en realidad ese himno de victoria empapa y también ilumina y también hace fecunda ante neustros ojos