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Mis Amados Hermanos:
 
Mis Amados Hermanos:

Revisión del 16:02 19 nov 2010

Fecha: 20010201

Título: El monte Sinai y el monte Sion

Original en audio: 20 min. 3 seg.


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Mis Amados Hermanos:

Hay algunos nombres que uno oye con alguna frecuencia cuando asiste a la Santa Misa, por ejemplo el nombre Sión, un nombre típicamente bíblico, incluso asociamos el monte Sión, ¿qué significa este monte?

La primera lectura habló del monte de Sión haciendo una comparación con otra montaña, la montaña del Sinaí que también se llama Oreb. La primera lectura es la comparación entre dos montañas: la del Sinaí, y esa colina mucho menor en tamaño, pero mucho mayor en significado, que es Sión.

Seguramente nos acordamos del Sinaí. Moisés sale de Egipto, avanza por el desierto y llega hasta esa montaña en la cual hace un largo retiro espiritual, prolongado ayuno, extensísima oración, y después de esa gran preparación, recibe la Ley, que tiene las condiciones y cláusulas de la Alianza; Ley que es como el piso de todo el Antiguo Testamento.

Una Ley recibida en medio de una portentosa manifestación de poder, porque lo que apareció en el monte Oreb fue sobre todo el poder de Dios, un poder impresionante que llegó a causar terror en el mismo Moisés, como lo recuerda la lectura que oímos. Una demostración de poder tal, que el pueblo dijo: "mejor que no nos hable Dios, háblanos tú, Moisés" Carta a los Hebreos 12,19.

Pero sabemos mucho menos del monte Sión. ¿Qué podemos decir del monte Sión? Es una colina relativamente pequeña, situada en la ciudad de Jerusalén, ciudad que conquistó el rey David, y fue David quien hizo de Jerusalén la capital del Reino de Dios, por eso es el lugar desde el cual Dios reina.

El mismo David quiso como centro de esa ciudad esa colina, esto desde luego, era lo mas frecuente en esos tiempos antiguos; es muy importante la visibilidad porque una ciudad tenía que defenderse de los potenciales agresores y para eso se necesita estar alto.

El monte Sión era el lugar donde existía la residencia del rey y donde estaba el principal de los baluartes, de las fortalezas, desde las cuales se protegía la ciudad de Jerusalén, el rey, y el pueblo de Dios. Es decir que el monte Sión tuvo un origen bastante más práctico y humilde que lo que se pudiera decir del Sinaí.

El Sinaí está en medio del desierto y allá Dios, con una ostentación de poder impresionante, dio la Ley, fundamento de toda la Antigua Alianza. Sión, en cambio, es una colina menor que no esta en un desierto, sino en medio de una ciudad, la ciudad de David, desde donde reina Dios; una colina que sirve para proteger al pueblo de Dios, por eso el monte Sión se convirtió en una especie de señal de esa protección de Dios, Dios que protege, Dios que acompaña.

Para los que vivían en Jerusalén, el monte Sión resultaba ser un lugar sumamente amable, era como una señal continua de que Dios está en medio de nosotros, nos quiere, nos protege.

Además, es el lugar de residencia de David y resulta que David es, en el Antiguo Testamento, es el personaje que mejor refleja la idea de lo que es la gracia, porque inspirado por la gracia de Dios, compuso preciosas oraciones y salmos que han llegado hasta nosotros.

David tenía además agradable presencia; más o menos como Jesús, se ganó el favor de Dios y de los hombres, creció en gracia ante Dios y ante los hombres, y su lugar era el monte Sión, por eso este monte se volvió un lugar queridísimo para los habitantes de Jerusalén, como la señal de la presencia majestuosa de Dios.

Pero al paso del tiempo, eso trajo una repercusión: se convirtió como en una joya: "entre sus palacios Dios descuella como un alcázar" Salmo 47,4, dice el salmo.

En el monte Sión empezó a aparecer la presencia de Dios de un modo nuevo: a través de la belleza; aquí es donde yo quería llegar: mientras que en el monte Sinaí aparece el poder, el puño, el brazo extendido, fortísimo de Dios, en el monte Sión aparece la providencia, la presencia que acompaña, la protección la majestad, la belleza.

Mientras que en el Sinaí aparece la fuerza, en Sión aparece la Majestad. Y hay una gran diferencia entre la fuerza y la majestad: la majestad es una autoridad espiritual, que tiene su influjo en los corazones, mientras que el poder tiene que ver con el miedo.

Una persona, si es poderosa y no tiene autoridad, ¿qué me causa? Miedo. Entra una persona armada, ¿le tengo respeto? No, le tengo miedo. Su arma, su capacidad de agresión, de hacerme daño me causa miedo y distancia.

En cambio, entra una persona que es autoridad mundial en algún tema de la ciencia, o entra un gran filósofo, o entra un santo, y causa una profunda impresión en mí, me dejo guiar por una persona así, porque tiene autoridad. Esa es la diferencia entre el Sinaí y Sion.

Sinaí es la representación del poder por el poder y el poder se impone, y se hace obedecer; pero eso es demasiado pobre y sirve solo para el comienzo. Tiene que llegar otro momento, el momento de Sión, de la autoridad que nace de la irradiación de majestad, y eso fue lo que significó el monte Sión para este pueblo.

Con esas aclaraciones, ahora tratemos de aplicar esa lectura a nuestro caso; tratemos de entender qué nos está diciendo esta lectura. Sí, nos habla de dos montañas; releamos un poco: "Vosotros no os habéis acercado a un monte tangible, ni habéis oído aquella voz" Carta a los Hebreos 12,18-19, etcétera.

"Vosotros os habéis acercado al monte Sión, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del Cielo, a la asamblea de innumerables ángeles, a la congregación de los primogénitos inscritos en el cielo" Carta a los Hebreos 12,22. ¿Qué nos quiere decir?

Se trata de una alianza nueva. Dios revela su presencia entre nosotros, ya no por la via del terror y del poder, sino por ese otro camino.

De todo lo que significaba Sión, como esta Carta estaba dirigida a los hebreos, y ellos eran israelitas, seguramente levitas, sacerdotes convertidos de esa antigua Ley de Moisés al Nuevo Testamento, a la alianza nueva en Jesucristo, y trajinaban estas cosas todos los días, inmediatamente comprendían qué se le estaba diciendo cuando se hablaba de Sión. Para nosotros, en cambio, se necesitan estas explicaciones. Entonces ¿qué quiere decir esto?

No nos hemos acercado al Sinaí, sino a Sión; quiere decir que ahora la presencia de Dios es distinta, tiene unas claves diferentes; es una presencia por vía de autoridad, de belleza, de majestad, de esplendor; es una fuerza nueva y en ella esta la clave para la nueva alianza. Con un ejemplo podemos entender, imanginen este caso:

Una persona me ha hecho daño y yo quiero que Dios haga justicia con esa persona, reclamo de Dios justicia para esa persona, o esas personas que me han hecho daño.

"Ojalá le sucediera..., es que tendría que pasarle....", yo estoy pidiendo en ese momento que Dios haga lo del monte Sinai: "Muéstrate, Señor, muéstrate con fuerza con truenos, con rayos y centellas, con una voz que retiemble, que la gente sienta el poder".

Cuando obramos así es como quisiéramos decirle a Dios: "Señor, prefiero esa antigua alianza". La nueva no es así, ¿por qué? Porque cuando aparecen los rayos, truenos y centellas, el miedo paraliza el corazón, pero no lo convence; el terror puede frenar del mal exterior, pero no cambia el mal interior.

Por eso Dios ha querido manifestarse a través del Señor Jesucristo con un lenguaje nuevo, de una manera nueva: los fariseos le decían a Jesús: "haga una señal en el cielo" [`:Category:Juan 006_030|San Juan 6,30]], estaban pidiendo el monte Sinaí: "Asústenos, demuéstrenos que tenemos que temerle", y Jesús no obra así.

El malvado le dice a Dios: "muestre su fuerza y Él le responde: prefiero mostrarte mi amor"; le dice el malvado: "muestre su poder, y Dios le dice: prefiero mostrar mi misericordia"; el malvado le dice a Dios lo que le decían a Cristo en la cruz: "sálvese y ahí le creemos", y Jesús responde: "prefiero que me crean y salvarlos", es un cambio total de lenguaje.

Mientras que el lenguaje de la fuerza, de la ostentación, de los efectos especiales produce terror, pero deja al hombre intacto por dentro, el esplendor de la gloria, de la mansedumbre, de la pureza, de la sabiduría, de la misericordia que sale por la boca y los ojos de Cristo en la cruz, de un cuerpo desnudo, santo, limpio, que no sabe sino amar, ese esplendor no me asusta, pero sí me quebranta.

Si el lenguaje de la primera alianza es: "impóngase usted, Dios; el lenguaje de la nueva alianza y de la alianza definitiva, la de Cristo es: "Yo no me voy a imponer, te voy a ganar para mi; no se trata de aplastarte, sino de seducirte; no se trata de triturarte, sino de que tú te quebrantes".

Ese es el lenguaje nuevo que trae Dios con nosotros: el lenguaje del quebrantamiento; Dios no me tritura, me quebranta; Dios no me arrincona, me abraza; Dios no trae sobre mí el peso de todas las condenas, sino el peso de todo el perdón.

Y cuando veo todo el perdón que Dios tiene para mí, es cuando descubro todo el perdón que necesito; cuando descubro todo lo que Dios está dispuesto a perdonarme, descubro todo el mal que he cometido, y así la victoria de la nueva alianza, que no es alianza de truenos, sino de cruz, es una victoria perfecta porque esa sí me gana por dentro.

La primera alianza produce separación: "que no nos hable Dios", una muralla. Esta no es alianza. Frente a la grandeza de la segunda alianza, la de Cristo, que produce cercanía, esa proximidad; mientras que la manifestación de Dios en el Sinaí produce esa palabra maravillosa:"Venid a mi los cansados, los agobiados, yo os aliviaré" San Mateo 11,28.

Con estos pensamientos, entendemos la grandeza del texto que nos ha regalado la Iglesia en la Carta a los Hebreos; qué bello es el lenguaje de Sión, un lenguaje tan hermoso, que surge una pregunta: ¿por qué Dios no habló siempre en esa clave de Sión?

Dios quisiera siempre atraernos con sus bondades y no tener nunca que mostrarnos todo lo malo que es el mal; pero la dureza, la terquedad de nuestros corazones es la que nos devuelve al estilo del Antiguo Testamento.

Ojala nosotros le entendiéramos a Dios todo por las buenas, pero lamentablemente no pasa así y muchas veces lo que sucede es que se necesita una presencia un poco más fuerte, más contundente.

Pasemos, mis hermanos, todo nuestro corazón a la nueva alianza, vamos a enamorarnos de la belleza de Sión, del verdadero baluarte de la Jerusalén del Cielo, para encontrarnos, no con David, sino con el verdadero David que es Jesucristo.

Para encontrarnos, no con una ciudadela hecha por mano de los hombres, sino con el Santuario del Cielo; y para reunirnos, no con una corte de esta tierra, sino con la corte angelical, aquella que tiene su servicio en los cielos.

Que Dios Nuestro Señor, educándonos en el amor y formando nuestros corazones, nos lleve plenamente a Sión, a la alianza, la de Cristo.