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Pero para que no nos quedemos sólo con la idea de las grandezas, y para que no parezca simplemente un panegírico esta predicación, yo quiero recordar que Alberto Magno, dos o tres veces, intentó salirse de la Orden.
  
De acuerdo con el resumen biográfico que leíamos al principio, él entró muy jovencito a la Comunidad, de unos diciséis o diecisiete años. Y en dos o tres oportunidades, se sintió como desbordado por el ideal de los predicadores, sintió que le quedaba grande, y porque le quedaba grande, se iba a ir.
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De acuerdo con el resumen biográfico que leíamos al principio, él entró muy jovencito a la Comunidad, de unos dieciséis o diecisiete años. Y en dos o tres oportunidades, se sintió como desbordado por el ideal de los Predicadores, sintió que le quedaba grande, y porque le quedaba grande, se iba a ir.
  
 
Se cuenta que fue la Virgen María, la que le habló y le detuvo. Había una imagencita de Ella que estaba cerca de la puerta del convento, y esa imagen, en esas dos o tres crisis, le habló; la voz de María animó a Alberto a seguir en la Comunidad.
 
Se cuenta que fue la Virgen María, la que le habló y le detuvo. Había una imagencita de Ella que estaba cerca de la puerta del convento, y esa imagen, en esas dos o tres crisis, le habló; la voz de María animó a Alberto a seguir en la Comunidad.
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Y esto hizo, dolor de mi alma, que cuando hiciera su aparición la llamada Ciencia Moderna con el Renacimiento, fuera una ciencia, en parte, de espaldas a la teología, y sólo débilmente relacionada con la filosofía.
 
Y esto hizo, dolor de mi alma, que cuando hiciera su aparición la llamada Ciencia Moderna con el Renacimiento, fuera una ciencia, en parte, de espaldas a la teología, y sólo débilmente relacionada con la filosofía.
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Cuando Darwin en el siglo diecinueve habló de la evolución de las especies, ya Darwin hablaba de un evolucionismo al margen de Dios, y más que Darwin, Lamarque. Era el evolucionismo como explicación última de todas las especies, y también del ser humano. De ahí, la idea de que el ser humano provenía simplemente de especies primates, homínidas, sin el concurso, sin la intervención, sin el amor, sin la providencia de nadie.
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Como que la naturaleza tenía dentro de sí misma, la fuerza para producir seres humanos, y como que el ser humano podía ser explicado por sus orígenes, sin referencia alguna, ni a un ánimo espiritual, ni a una voluntad creadora, providente y amorosa en Dios.
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Este evolucionismo chocó fuertemente en su planteamiento con lo que decía la Iglesia. Y por eso, la Iglesia se sintió en el deber de rechazar el evolucionismo, de criticarlo, de ironizarlo, de burlarse de él.
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Cosa bien curiosa: En este año de 1996, el Papa Juan Pablo Segundo en un discurso a la Pontificia Academia de Ciencias, admite expresamente la posibilidad del evolucionismo, aunque es muy preciso en decir, que más que una, hay varias teorías, muchas teorías de la evolución. Esta observación venida de un Sumo Pontífice, tiene una enorme importancia, desde luego.
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A mí me parece, que nos hubiéramos ahorrado un siglo de discusiones estériles y más, si Alberto Magno hubiera sido escuchado en su momento; Alberto ya lo decía en el siglo trece.
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''Pero el evolucionismo de Alberto está inscrito dentro de un sistema filosófico amplio, que a su vez está inscrito, y como al servicio de un sistema teológico amplio, abierto, católico, universal.''
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''El evolucionismo de Lamarque, sobre todo, pero también el de Darwin, no está abierto a una reflexión filosófica última, ni está tampoco entonces abierto a una providencia, a una palabra de salvación, a una teología.''
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Yo no he leído completo el discurso de Juan Pablo Segundo a la Pontificia Academia de Ciencias en este año. Sería para mí muy interesante saber, si el Papa Juan Pablo alude a Alberto Magno en sus palabras a la Pontificia Academia de Ciencias.
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Creo que es un ejemplo notable, y de este ejemplo, y de estas palabras de Juan Pablo, podemos entender cuánto estaba dando Dios a la Iglesia en este sencillo fraile, en este hombre de paz.
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Otra anécdota: Santo Tomás de Aquino era menor en edad que Alberto Magno, pero Santo Tomás murió primero que Alberto. Tomás nació hacia 1225 cuando ya Alberto tenía unos dieciocho o diecinueve años, y estaba seguramente en medio de sus crisis, y estaba la Virgen María invitándolo a que no se fuera de la Orden de Predicadores.
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Pero Tomás de Aquino murió primero que Alberto. Tomás murió en 1274. Iba de camino para el Concilio de Lyon, concilio, al que como hemos dicho, asistió Alberto Magno. Pues bien, esto significa que Tomás nació después, y murió primero.
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En la Universidad de Paris se levantó una tremenda controversia con respecto a la enseñanza teológica de Santo Tomás. Los detalles son demasiado técnicos para exponerlos aquí. Pero es sólo para destacar que Alberto, cuando ya tenía unos sesenta y ocho, o setenta años, oyó que se hablaba mal de su discípulo, de Tomás.
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Y como ya había perdido un poco la vista, entonces le pidió a varios frailes del convento, seguramente del Convento de Colonia, que por turnos le fueran leyendo la "Suma Teológica", la obra de Santo Tomás de Aquino.
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Y la historia cuenta que alcanzó a oír, entera, leída, la "Suma Teológica" de Tomás. Él quería saber si era verdad que Tomás estaba equivocado, su antiguo alumno. Oyó entera la "Suma Teológica", es decir, lo que Tomás alcanzó a escribir; sabemos bien que esta obra quedó inconclusa por Tomás de Aquino.
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Y después de oírla, o mejor, a medida que la iba oyendo, iba dando con sus palabras y con sus gestos, señales de viva aprobación y de gozosa gratitud por la teología de su discípulo, discípulo, y en cierto sentido, ya maestro, Tomás de Aquino.
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''Que sea este un día para agradecer a Dios tantos bienes, un día para amar la sabiduría, un día para unirnos al gozo de la Orden de Predicadores en todo el mundo, un día para rogar por el ministerio de la paz, un día, sobre todo, para pedir al Señor, que siga bendiciendo a nuestra Orden con numerosas y santas vocaciones.''
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Así lo conceda Él.
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Amén.

Revisión actual del 12:46 13 nov 2010

Fecha: 19961115

Título: Los frutos del aporte de San Alberto Magno a la Iglesia

Original en audio: 15 min. 32 seg.


Alberto, llamado Magno, es decir, grande, realmente es un regalo de Dios a la Iglesia y a la Orden de Predicadores. Difícil encontrar a otra persona tan universal en sus conocimientos, tan amplia en su caridad; difícil encontrar a otra persona, que al mismo tiempo haya sido todo lo que fue, y todo lo que significa Alberto Magno.

Pero para que no nos quedemos sólo con la idea de las grandezas, y para que no parezca simplemente un panegírico esta predicación, yo quiero recordar que Alberto Magno, dos o tres veces, intentó salirse de la Orden.

De acuerdo con el resumen biográfico que leíamos al principio, él entró muy jovencito a la Comunidad, de unos dieciséis o diecisiete años. Y en dos o tres oportunidades, se sintió como desbordado por el ideal de los Predicadores, sintió que le quedaba grande, y porque le quedaba grande, se iba a ir.

Se cuenta que fue la Virgen María, la que le habló y le detuvo. Había una imagencita de Ella que estaba cerca de la puerta del convento, y esa imagen, en esas dos o tres crisis, le habló; la voz de María animó a Alberto a seguir en la Comunidad.

Esta anécdota es muy poco conocida. Nos revela la debilidad en un hombre que parece sólo fortaleza, nos muestra un detalle pequeño de un hombre muy grande. Porque efectivamente, la santidad sucede en medio de la pequeñez, y aquello que la Iglesia dice de los mártires, vale también para los demás santos: que Dios muestra su fortaleza valiéndose de la misma fragilidad humana.

Alberto fue al mismo tiempo, un hombre de estudio, un investigador de Ciencias Naturales, un teólogo, un místico, un predicador, un obispo, un hombre que trabajó por la paz, un provincial. Ayudó a organizar el plan de estudios, primero la llamada "Ratio Studiorum" de la Orden de Predicadores. Estuvo en un concilio ecuménico, era inventor; hizo de todo realmente.

Y su aporte en medio de la Iglesia, dio fruto con el tiempo. Casi se puede decir, que de cada uno de estos aspectos, de cada una de estas facetas de la vida de Alberto, fueron saliendo como generaciones de santos. Vamos a mencionar algunos.

Alberto fue teólogo y profesor de teología de Santo Tomás de Aquino. En esa línea teológica tiene entonces como discípulo y como eximio continuador, porque en muchos aspectos Tomás supera a Alberto, a un teólogo como el Doctor Angélico, Tomás de Aquino.

Pero fue también un místico, como he dicho, y aquellos místicos del siglo catorce, como Enrique Seuze, o el maestro Eckhart, tienen su inspiración en el mismo Alberto. Fue además provincial de la provincia de Teutonia, de Alemania, y esta provincia debe en parte su estilo y su florecimiento al mismo Alberto, un hombre de paz.

Y entre sus sucesores en este ministerio de la reconciliación, pues hay también hombres de bien, siervos de Dios, gente de paz. Nos encontramos así con un predicador del que nacen muchos otros predicadores.

Aquí vale la pena recordar otra anécdota. En nuestro Convento de Santo Domingo en Bogotá, tenemos ediciones de las obras de Alberto, cerca de treinta volúmenes gruesos, porque desde luego también era escritor.

Y hablaba Alberto Magno en el siglo trece, de la posibilidad de que una especie animal o vegetal, se transformara en alguna otra especie animal o vegetal, respectivamente. En el siglo trece Alberto Magno hablaba de la evolución de las especies.

En el siglo trece el método científico de Alberto Magno anticipó lo que después parecería el gran descubrimiento para hombres como Galileo, o para naturistas como Darwin. Lamentablemente, en este aspecto de su investigación natural y científica, no hubo oportuna y pronta continuación en la Iglesia.

Y esto hizo, dolor de mi alma, que cuando hiciera su aparición la llamada Ciencia Moderna con el Renacimiento, fuera una ciencia, en parte, de espaldas a la teología, y sólo débilmente relacionada con la filosofía.

Cuando Darwin en el siglo diecinueve habló de la evolución de las especies, ya Darwin hablaba de un evolucionismo al margen de Dios, y más que Darwin, Lamarque. Era el evolucionismo como explicación última de todas las especies, y también del ser humano. De ahí, la idea de que el ser humano provenía simplemente de especies primates, homínidas, sin el concurso, sin la intervención, sin el amor, sin la providencia de nadie.

Como que la naturaleza tenía dentro de sí misma, la fuerza para producir seres humanos, y como que el ser humano podía ser explicado por sus orígenes, sin referencia alguna, ni a un ánimo espiritual, ni a una voluntad creadora, providente y amorosa en Dios.

Este evolucionismo chocó fuertemente en su planteamiento con lo que decía la Iglesia. Y por eso, la Iglesia se sintió en el deber de rechazar el evolucionismo, de criticarlo, de ironizarlo, de burlarse de él.

Cosa bien curiosa: En este año de 1996, el Papa Juan Pablo Segundo en un discurso a la Pontificia Academia de Ciencias, admite expresamente la posibilidad del evolucionismo, aunque es muy preciso en decir, que más que una, hay varias teorías, muchas teorías de la evolución. Esta observación venida de un Sumo Pontífice, tiene una enorme importancia, desde luego.

A mí me parece, que nos hubiéramos ahorrado un siglo de discusiones estériles y más, si Alberto Magno hubiera sido escuchado en su momento; Alberto ya lo decía en el siglo trece.

Pero el evolucionismo de Alberto está inscrito dentro de un sistema filosófico amplio, que a su vez está inscrito, y como al servicio de un sistema teológico amplio, abierto, católico, universal.

El evolucionismo de Lamarque, sobre todo, pero también el de Darwin, no está abierto a una reflexión filosófica última, ni está tampoco entonces abierto a una providencia, a una palabra de salvación, a una teología.

Yo no he leído completo el discurso de Juan Pablo Segundo a la Pontificia Academia de Ciencias en este año. Sería para mí muy interesante saber, si el Papa Juan Pablo alude a Alberto Magno en sus palabras a la Pontificia Academia de Ciencias.

Creo que es un ejemplo notable, y de este ejemplo, y de estas palabras de Juan Pablo, podemos entender cuánto estaba dando Dios a la Iglesia en este sencillo fraile, en este hombre de paz.

Otra anécdota: Santo Tomás de Aquino era menor en edad que Alberto Magno, pero Santo Tomás murió primero que Alberto. Tomás nació hacia 1225 cuando ya Alberto tenía unos dieciocho o diecinueve años, y estaba seguramente en medio de sus crisis, y estaba la Virgen María invitándolo a que no se fuera de la Orden de Predicadores.

Pero Tomás de Aquino murió primero que Alberto. Tomás murió en 1274. Iba de camino para el Concilio de Lyon, concilio, al que como hemos dicho, asistió Alberto Magno. Pues bien, esto significa que Tomás nació después, y murió primero.

En la Universidad de Paris se levantó una tremenda controversia con respecto a la enseñanza teológica de Santo Tomás. Los detalles son demasiado técnicos para exponerlos aquí. Pero es sólo para destacar que Alberto, cuando ya tenía unos sesenta y ocho, o setenta años, oyó que se hablaba mal de su discípulo, de Tomás.

Y como ya había perdido un poco la vista, entonces le pidió a varios frailes del convento, seguramente del Convento de Colonia, que por turnos le fueran leyendo la "Suma Teológica", la obra de Santo Tomás de Aquino.

Y la historia cuenta que alcanzó a oír, entera, leída, la "Suma Teológica" de Tomás. Él quería saber si era verdad que Tomás estaba equivocado, su antiguo alumno. Oyó entera la "Suma Teológica", es decir, lo que Tomás alcanzó a escribir; sabemos bien que esta obra quedó inconclusa por Tomás de Aquino.

Y después de oírla, o mejor, a medida que la iba oyendo, iba dando con sus palabras y con sus gestos, señales de viva aprobación y de gozosa gratitud por la teología de su discípulo, discípulo, y en cierto sentido, ya maestro, Tomás de Aquino.

Que sea este un día para agradecer a Dios tantos bienes, un día para amar la sabiduría, un día para unirnos al gozo de la Orden de Predicadores en todo el mundo, un día para rogar por el ministerio de la paz, un día, sobre todo, para pedir al Señor, que siga bendiciendo a nuestra Orden con numerosas y santas vocaciones.

Así lo conceda Él.

Amén.