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Y por supuesto que sí necesitábamos corrección y tal vez un castigo. Pero, pronto aprendimos que eso no era lo más grave. Sobre todo, descubrimos que el amor de mamá era más grande que el amor a la porcelana.
 
Y por supuesto que sí necesitábamos corrección y tal vez un castigo. Pero, pronto aprendimos que eso no era lo más grave. Sobre todo, descubrimos que el amor de mamá era más grande que el amor a la porcelana.
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Lo que era el problema más grande para nosotros, visto desde el ángulo del adulto, no es tan grave, no es tan terrible. ¡Si uno pudiera cambiar el ángulo, si uno pudiera mirar las cosas de otro modo, si uno pudiera aprender a mirar como Jesús!
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Varias veces pregunta Jesús en el Evangelio: "¿Por qué están tan agobiados? ¿Por qué están tan asustados? ¿Por qué así?" (''véase'' San Marcos 4,40). ¿Qué tal que nosotros pudiéramos cambiar el ángulo, cambiar la mirada? ¿Qué tal que pudiéramos mirar de otro modo?
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Descubriríamos que las cosas que muchas veces nos aturden, nos humillan, nos agobian, nos deprimen, nos hunden, nos turban, todas esas cosas cuando las miramos desde ese otro ángulo, desde el ángulo del Señor, descubrimos que sí tienen una importancia pero no son lo más importante. Y ahí recuperamos la libertad, ahí recuperamos la paz.
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Para ellos, el mar encrespado en la noche, con viento, ¡la tapa! ¡No! Esto es lo peor; es decir, esto es lo más grave que puede suceder. La presencia de Jesús les devuelve la confianza.
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Por eso, yo hoy te invito a que le hagas a Jesús esta pregunta: "¿Tú cómo miras mis problemas? ¿Tú cómo miras mis angustias? Las cosas que a mí me preocupan, las cosas que a mí me agobian, me hunden, ¿Tú cómo las miras? ¿Tú cómo las sientes? ¿Tú cómo las descubres? ¿Ante ti cómo son, Señor?"
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Y muchas veces lo que encontramos es que éso que para nosotros es tan terrible, no lo es tanto. ¡No lo es tanto! Una palabra de fe, una palabra de amor puede hacer maravillas. Esa es una enseñanza.
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Y la otra enseñanza es que el camino con Jesús es muy cortico. Cuando ya ellos se convencieron de que Ése era Jesús, entonces querían subirlo a la barca. Pero, ahí sucedió otro milagro.
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"Querían recogerlo, pero la barca tocó tierra en seguida en el sitio donde iban" (''véase'' San Juan 6,21). Es decir, fue un viaje supersónico. Ellos estaban atravesando el lago, les faltaba todavía mucho camino y la noche era difícil.
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''Pero, se encuentran con Jesús. Y el que se encuentra con Jesús ya llegó. Encontrarse con Jesús ya es llegar. Encontrarse con Jesús es acortar el camino. Ya ahí está lo fundamental. Él se llama, "el camino, la verdad y la vida"'' (''véase'' San Juan 14,6).
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''Y si nosotros encontramos a Él, que es el camino, encontramos también la verdad y la vida, que son esas realidades preciosas que necesitamos. Encontrar a Jesús es encontrar ya la meta, es estar ya con Él.''

Revisión del 03:11 17 abr 2010

Fecha: 20080405

Título: Por Cristo viene la victoria sobre el miedo y por Cristo se abrevia el camino

Original en audio: 13 min. 45 seg.


"La noche, el mar encrespado, el viento fuerte" (véase San Juan 6,17-18), imágenes de todo aquello que puede asustarnos.

La noche, que no nos deja ver: no sabemos a qué atenernos. El mar encrespado, que no nos deja sostenernos: no encontramos en qué apoyarnos. El viento fuerte, que trata de derribarnos. Ese es el momento en que Jesús aparece.

Muchas veces Jesús espera a que las situaciones lleguen como a un límite, y ahí aparece. Muchas veces Jesús espera a que nosotros perdamos toda otra certeza, para que quede únicamente una certeza que es Él mismo.

A veces Dios tiene que quitarnos todos los demás apoyos, para que sólo quede Él, para que sólo lo veamos a Él, para que sólo confiemos en Él.

Para uno, cuando se encuentra en esas circunstancias, no es fácil. Hay miedo, hay queja, hay gritos de terror. Y sin embargo, en esas circunstancias, en esos momentos más duros, nos aguarda Él. Es su visita lo que está a punto de suceder.

"Vieron a Jesús que se acercaba caminando sobre el lago" (véase San Juan 6,19): Jesús no tiene miedo a la noche. "Vieron a Jesús que se acercaba caminando sobre el lago" (véase San Juan 6,19): Jesús no tiene miedo al agua encrespada. "Vieron a Jesús que se acercaba caminando sobre el lago" (véase San Juan 6,19): Jesús no tiene miedo al viento.

Las cosas que a nosotros nos aterran, las cosas que a nosotros nos derriban, las cosas que a nosotros nos hunden, no tienen poder sobre Cristo. Son grandes nuestras dificultades, pero no son más grandes que Él.

Jesús, caminando sobre el lago, es la imagen misma de la victoria sobre el miedo. Y porque Él ha vencido al miedo, por eso nos dice: "No temáis" (véase San Juan 6,20).

¡Si por un sólo momento pudiéramos mirar nuestros problemas con los ojos de Cristo! Aquí pasa como lo que en otro ángulo, en otro nivel sucede entre un niño y un adulto. A veces los niños sienten que los problemas de ellos son supremamente graves, pero luego el papá, la mamá o algún otro adulto, les devuelve la confianza.

"Esto que me sucedió, a veces parece lo más grave del mundo". Yo me acuerdo cuando una vez jugando, nosotros, que éramos un poco traviesos, inquietos, resultamos rompiendo una de las porcelanas de la casa.

Eso era lo peor, la peor tragedia que podía sucederle a uno: romper la porcelana de la mamá. ¡Lo peor! ¿Qué puede haber más grave que éso?

Y por supuesto que sí necesitábamos corrección y tal vez un castigo. Pero, pronto aprendimos que eso no era lo más grave. Sobre todo, descubrimos que el amor de mamá era más grande que el amor a la porcelana.

Lo que era el problema más grande para nosotros, visto desde el ángulo del adulto, no es tan grave, no es tan terrible. ¡Si uno pudiera cambiar el ángulo, si uno pudiera mirar las cosas de otro modo, si uno pudiera aprender a mirar como Jesús!

Varias veces pregunta Jesús en el Evangelio: "¿Por qué están tan agobiados? ¿Por qué están tan asustados? ¿Por qué así?" (véase San Marcos 4,40). ¿Qué tal que nosotros pudiéramos cambiar el ángulo, cambiar la mirada? ¿Qué tal que pudiéramos mirar de otro modo?

Descubriríamos que las cosas que muchas veces nos aturden, nos humillan, nos agobian, nos deprimen, nos hunden, nos turban, todas esas cosas cuando las miramos desde ese otro ángulo, desde el ángulo del Señor, descubrimos que sí tienen una importancia pero no son lo más importante. Y ahí recuperamos la libertad, ahí recuperamos la paz.

Para ellos, el mar encrespado en la noche, con viento, ¡la tapa! ¡No! Esto es lo peor; es decir, esto es lo más grave que puede suceder. La presencia de Jesús les devuelve la confianza.

Por eso, yo hoy te invito a que le hagas a Jesús esta pregunta: "¿Tú cómo miras mis problemas? ¿Tú cómo miras mis angustias? Las cosas que a mí me preocupan, las cosas que a mí me agobian, me hunden, ¿Tú cómo las miras? ¿Tú cómo las sientes? ¿Tú cómo las descubres? ¿Ante ti cómo son, Señor?"

Y muchas veces lo que encontramos es que éso que para nosotros es tan terrible, no lo es tanto. ¡No lo es tanto! Una palabra de fe, una palabra de amor puede hacer maravillas. Esa es una enseñanza.

Y la otra enseñanza es que el camino con Jesús es muy cortico. Cuando ya ellos se convencieron de que Ése era Jesús, entonces querían subirlo a la barca. Pero, ahí sucedió otro milagro.

"Querían recogerlo, pero la barca tocó tierra en seguida en el sitio donde iban" (véase San Juan 6,21). Es decir, fue un viaje supersónico. Ellos estaban atravesando el lago, les faltaba todavía mucho camino y la noche era difícil.

Pero, se encuentran con Jesús. Y el que se encuentra con Jesús ya llegó. Encontrarse con Jesús ya es llegar. Encontrarse con Jesús es acortar el camino. Ya ahí está lo fundamental. Él se llama, "el camino, la verdad y la vida" (véase San Juan 14,6).

Y si nosotros encontramos a Él, que es el camino, encontramos también la verdad y la vida, que son esas realidades preciosas que necesitamos. Encontrar a Jesús es encontrar ya la meta, es estar ya con Él.