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El evangelio de hoy, mis hermanos, es pura poesía. Es un lenguaje de luz, es un lenguaje delicado, profundo, vigoroso también. ¡Es el encuentro con el Resucitado!
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Podemos imaginarnos la alegría, la sorpresa, el gozo incontenible de esta mujer, que había conocido lo más bajo y que aquí puede asomarse a lo más alto.
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En tiempos de Jesús, la mujer era bastante despreciada. Ni siquiera se consideraba que el testimonio de una mujer era válido en un tribunal. Se decía que se requería el testimonio de dos mujeres, para igualar el testimonio de un hombre.
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Y sin embargo, la primera persona a la que el Resucitado le muestra su misterio, le deja entrever su esplendor, es una mujer. Sabemos por el Evangelio, que se trata de una mujer además de terrible condición.
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La Biblia la describe como atrapada por el poder del demonio. Habla de una mujer completamente perdida; utiliza ese número siete, el número que en la Biblia indica, "lo que está completo": "siete demonios" (''véase'' San Lucas 8,2) se habían adueñado de esta pobre mujer.
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Esa es la manera bíblica de describir un caso totalmente perdido, una vida sin esperanza, una de esas personas que han quedado arrojadas a la vera del camino, gente de la que ya nadie se preocupa, personas a las que casi no consideramos humanas; si acaso sirven como referencia, como mal ejemplo: "¡Cuidado te va a pasar lo que le pasó a la María ésa de Magdala!"
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Y a esta especie de basurita, a este despojo humano en el cual se había cebado el demonio, reclamándolo como completamente suyo, a esa basura, o así lo consideraba la gente, llega el mensaje de la gracia, llega el mensaje de Jesús, llega la potencia de Jesús.
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Y donde está Jesús no puede reinar el demonio. Así como donde llega la luz las tinieblas tienen que huir, Jesús llegó a la vida de María Magdalena, y el demonio tuvo que irse; muy a su pesar tuvo que irse.
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Y esta mujer fue rescatada. Lo que parecía ser una basura, se convirtió en discípulo de Cristo. No es el único caso en los Evangelios. Otras personas que también eran despreciadas, consideradas como inútiles, repugnantes, fueron rescatadas por Cristo.
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Dos ejemplos que vienen rápidamente a la memoria, son Mateo, el cobrador de impuestos, y luego, Zaqueo, también publicano, ladrón, de esas personas que todo el mundo conoce en el pueblo y las detesta, las desprecia y las odia con entrañas.
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Especialista en los casos difíciles, o qué digo yo difíciles, Jesús es el especialista en casos imposibles. La especialidad de Jesús se llama casos imposibles, aquellas personas por las que nadie da nada, aquellas personas que parecen completamente perdidas,  aquellas sobre las cuales no hay otro pronóstico sino desastre y ruina.
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Y luego, el Resucitado sigue haciendo de las suyas, por lo menos eso aprendemos si seguimos el testimonio del Nuevo Testamento. Porque, está el caso también completamente perdido de San Pablo.
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San Pablo no sólo detestaba a Cristo, no sólo odiaba a los cristianos, sino que había tomado como meta de su vida exterminar ese cáncer, lo que él consideraba como una enfermedad perniciosa del judaísmo.

Revisión del 21:19 1 abr 2010

Fecha: 20090414

Título: Llamando a cada uno directamente por su nombre, Dios establece con cada uno una nueva relacion

Original en audio: 28 min. 51 seg.


El evangelio de hoy, mis hermanos, es pura poesía. Es un lenguaje de luz, es un lenguaje delicado, profundo, vigoroso también. ¡Es el encuentro con el Resucitado!

Podemos imaginarnos la alegría, la sorpresa, el gozo incontenible de esta mujer, que había conocido lo más bajo y que aquí puede asomarse a lo más alto.

En tiempos de Jesús, la mujer era bastante despreciada. Ni siquiera se consideraba que el testimonio de una mujer era válido en un tribunal. Se decía que se requería el testimonio de dos mujeres, para igualar el testimonio de un hombre.

Y sin embargo, la primera persona a la que el Resucitado le muestra su misterio, le deja entrever su esplendor, es una mujer. Sabemos por el Evangelio, que se trata de una mujer además de terrible condición.

La Biblia la describe como atrapada por el poder del demonio. Habla de una mujer completamente perdida; utiliza ese número siete, el número que en la Biblia indica, "lo que está completo": "siete demonios" (véase San Lucas 8,2) se habían adueñado de esta pobre mujer.

Esa es la manera bíblica de describir un caso totalmente perdido, una vida sin esperanza, una de esas personas que han quedado arrojadas a la vera del camino, gente de la que ya nadie se preocupa, personas a las que casi no consideramos humanas; si acaso sirven como referencia, como mal ejemplo: "¡Cuidado te va a pasar lo que le pasó a la María ésa de Magdala!"

Y a esta especie de basurita, a este despojo humano en el cual se había cebado el demonio, reclamándolo como completamente suyo, a esa basura, o así lo consideraba la gente, llega el mensaje de la gracia, llega el mensaje de Jesús, llega la potencia de Jesús.

Y donde está Jesús no puede reinar el demonio. Así como donde llega la luz las tinieblas tienen que huir, Jesús llegó a la vida de María Magdalena, y el demonio tuvo que irse; muy a su pesar tuvo que irse.

Y esta mujer fue rescatada. Lo que parecía ser una basura, se convirtió en discípulo de Cristo. No es el único caso en los Evangelios. Otras personas que también eran despreciadas, consideradas como inútiles, repugnantes, fueron rescatadas por Cristo.

Dos ejemplos que vienen rápidamente a la memoria, son Mateo, el cobrador de impuestos, y luego, Zaqueo, también publicano, ladrón, de esas personas que todo el mundo conoce en el pueblo y las detesta, las desprecia y las odia con entrañas.

Especialista en los casos difíciles, o qué digo yo difíciles, Jesús es el especialista en casos imposibles. La especialidad de Jesús se llama casos imposibles, aquellas personas por las que nadie da nada, aquellas personas que parecen completamente perdidas, aquellas sobre las cuales no hay otro pronóstico sino desastre y ruina.

Y luego, el Resucitado sigue haciendo de las suyas, por lo menos eso aprendemos si seguimos el testimonio del Nuevo Testamento. Porque, está el caso también completamente perdido de San Pablo.

San Pablo no sólo detestaba a Cristo, no sólo odiaba a los cristianos, sino que había tomado como meta de su vida exterminar ese cáncer, lo que él consideraba como una enfermedad perniciosa del judaísmo.