Diferencia entre revisiones de «O015002a»
| Línea 73: | Línea 73: | ||
| + | |||
| + | [[Category: Par 01]] | ||
[[Category:1 Samuel 003_003|1 Samuel 3,3]] | [[Category:1 Samuel 003_003|1 Samuel 3,3]] | ||
Revisión del 03:34 31 ene 2010
Fecha: 19980116
Título: Solo el Espiritu Santo, obrando en nosotros y con nosotros, permite que permanezcamos fieles a Dios
Original en audio: 10 min. 54 seg.
"Cuando Samuel era niño dormía en la casa de Dios" 1 Samuel 3,3, escuchábamos hace pocos días en la Santa Misa. Y ahí tenía también una habitación el sacerdote Helí.
Los hijos del sacerdote Helí se portaban inicuamente, explotaban al pueblo, irrespetaban la Ley de Dios; no eran en ningún caso modeloel sacer. Esto pasaba con los hijos del sacerdote Helí.
Samuel no era de tribu sacerdotal, Samuel no era sacerdote. Porque es que, como sabemos, el sacerdocio en el Antiguo Testamento no era por vocación particular, por llamado, como sucede en la Iglesia Católica, sino era por tribu.
Los descendientes de Leví eran levitas, entonces, todo hijo varón que naciera de esa descendencia, ya, por ese sólo hecho, era de tribu sacerdotal. Entonces no había una opción personal, sino que ya se nació en esa tribu, ya se era sacerdote.
El trabajo propio de los de la tribu sacerdotal, es decir, de los levitas, era ofrecer los sacrificios, las oblaciones, a Dios. Sacrificios que eran de género agrícola o, a veces, de los ganados. Y el sueldo del sacerdote estaba, sobre todo, en algunas porciones. Entonces estaba estipulado en la Ley qué era lo que le debía corresponder al sacerdote.
Muy distinto ese sacerdocio, desde luego, de lo que tenemos hoy. Los sacerdotes de la época más debían parecer unos matarifes, unos carniceros, que otra cosa. Eran gente experta en matar, derramar la sangre, y ofrecer oblaciones al Señor.
De todas maneras, en ese oficio tal vez un poquito sangriento y burdo, ya se delineaba una realidad maravillosa, que es la humanidad que se une a Dios, que ofrece a Dios de su trabajo, que suplica de Dios bendiciones.
A pesar de que era un oficio un poco burdo y que fue muchas veces motivo de abuso, pues tenía también su belleza y tenía desde luego susentido en el plan de dios.
Pero la historia va es a esto, a que a Samuel le tocó, por mandato de Dios, decirle unas cuantas verdades al sacerdote Helí y a sus hijos, pues eso se cuenta allá en el capítulo tercero del libro primero de Samuel. Le tocó hablarle a Helí de las iniquidades queestaban cometiendo sus hijos.
¿Y qué nos encontramos en la lectura de hoy? Que ahora los hijos que están dando problema, ya no son los de Helí, sino son los hijos de Samuel.
Los ancianos de Israel se reunieron, fueron a entrevistarse con Samuel en Ramá. "Samuel fue un gran profeta, un profeta tan grande que ninguna de sus palabras dejó de cumplirse" 1 Samuel 3,19, nos dice la Sagrada Escritura, y esta es una manera de decir que Dios siempre hablaba por su boca; un profeta inmenso.
Pero los hijos de este profeta ya eran otra historia. "Mira, tú eres ya viejo y tus hijos no se comportan como tú; nómbranos un rey que nos gobierne, como se hace en todas las naciones" 1 Samuel 8,5.
Buscan un rey, un rey; buscan la manera de solucionar el problema, ¿por qué? Porque, a ver, ¿qué había antes de Samuel? Antes de Samuel había lo que se llaman los jueces, ¿quiénes eran los jueces? Los jueces eran personas como tomadas por el Espíritu Santo para ciertas misiones.
Sansón, por ejemplo, fue un juez. No es que tuvieran juzgados, ni que atendieran casos en ese sentido, sino, se les llamaba "jueces", porque eran expresiones de la justicia de Dios, eran expresiones de la manera como Dios ajusta, como Dios organiza, como Dios salva.
Pero ¿cuál era el problema con los jueces? El mismo problema con los sacerdotes y el mismo problema de los profetas. Porque el problema del juez era, que mientras el juez estaba en función, muy bueno, y se lograba hacer justicia, y se expulsaba a los enemigos; pero una vez que el juez desaparecía, entonces el pueblo volvía a sus andadas, volvía a sus pecados.
El libro de los Jueces lo resume de una manera muy clara, dice: "Cuando Dios los hacía morir, es decir, cuando Dios los exponía a la muerte, ahí sí lo buscaban" Category:Jueces . Y esa parece que es una realidad del corazón humano: sólo cuando estamos veraderamente en dificultad y encontramos nuestros límites, ahí sí nos volvemos con todo nuestro ser hacia Dios.
Entonces, los jueces, no sirvieron para organizar al pueblo, porque mientras estaba el juez y mientras la situación estaba grave y todo el mundo asustado, ahí sí corra, rece, suplíquele a Dios; pasaba el peligro, se organizaban las cosas, y entonces la gente volvía otra vez a hacer sus templos idolátricos, otra vez a ofender a Dios, otra vez a burlarse de la Ley de Moisés.
Los jueces no sirvieron para organizar al pueblo; los sacerdotes tampoco sirvieron, porque ahí tenemos a Helí, que no sirvió; parece que más o menos cumplió su oficio sacerdotal, pero ya sus hijos ya no servían para nada, o mejor dicho, sí servían, para poner problemas, para dar escándalo.
Los profetas tampoco sirvieron, no sirvieron para organizar al pueblo, ¿por qué? Porque, habiendo un profeta tan grande como Samuel, ya los hijos e Samuel no servían.
Entonces fíjate que lo que se está planteando en esta lectura es algo muy profundo: ¿Cómo se puede organizar al pueblo de Dios? Si los jueces no sirvieron, si los sacerdotes no sirvieron, si los profetas no sirvieron, entonces van a ahacer otro ensayo:"¡Reyes!, vamos a tener un rey".
"¡Claro eso era lo que nos hacía falta! Un rey que nos organice, un rey que nos defienda, un rey que tenga el ejército con el que vamos a responderle a los enemigos, un rey, ¡eso es lo que necesitamos!"
Mire, para resumir la historia, el Antiguo Testamento es una sucesión de ensayos, ensayos. Los patriarcas fueron como un ensayo, una manera particular de buscar la presencia de Dios y la obra de Dios. Los jueces fueron un ensayo; los profetas del Antiguo Testamento, un ensayo; los sacerdotes, un ensayo, y hoy estamos viendo que empieza otro ensayo, los reyes.
Pero ya nosotros sabemos en qué acaba la historia: los reyes tampoco sirvieron. Saúl ya no le hizo caso a Dios, y el mismo Samue, que ya estaba anciano aquí, anciano y todo, le tocó decirle a Saúl: "Usted no va a ser el que va a regir" 1 Samuel 15,23.
Entonces otro rey, David, tampoco sirvió. Pero a David sí le viene una promesa maravillosa: "Que el bastón, que el cetro no se apartaría de sus rodillas" 2 Samuel 7,13;2 Samuel 7,15. Dios prometió que, con David, iba a iniciarse algo realmente durable, perdurable, que vendría una descendencia de David que estaría siempre en el trono.
Como se puede ver, estos textos nos ayudan a descubrir cuánta falta hace Jesucristo.
Y yo me pongo a pensar lo que son las esperanzas y expectativas de las personas hoy, y me parece que estamos también como en el Antiguo Testamento.
Lo que nosotros esperamos, por ejemplo, de un presidente; lo que nosotros esperamos del gobierno, lo que nosotros esperamos no sólo del gobierno, sino también de los gobiernos, por ejemplo, en las comunidades religiosas, o en la Iglesia.
Nosotros, hasta cierto punto, seguimos haciendo como esos ensayos. Y el Antiguo Testamento es una inmensa catequesis que nos dice que todos esos ensayos sólo alcanzan su meta en la persona de Jesucristo.
¿Por qué? Porque hay algo nuevo que sucede en Jesús, que es la unción del Espíritu Santo, y esa unción del Espíritu, obrando en nosotros y con nosotros, sí hace que podamos perseverar, permanecer, crecer en su presencia, esto es lo que se llama santidad.
Bueno, hoy se inicia otro ensayo, los reyes, y vamos a seguir oyendo de reyes en la Santa Misa, y vamos a aprender de esos reyes, porque muchos de nosotros esperamos que llegue un rey, y muchos de noostros obramos como reyes de nuestros pequeños imperios.
Detrás de esas enseñanzas, vayamos descubriendo la persona de Jesús y la unción maravillosa del Espíritu, que es la verdadera respuesta de Dios Padre a esta súplica de los ancianos de Israel: "Queremos un rey" 1 Samuel 8,5; la verdadera súplica tenía que ser: "Queremos a Jesús, queremos que Él reine en nosotros".
Pero el corazón humano no sabía pronunciar ese nombre todavía, todavía no sabíamos que eso podía suceder.
Sigamos, pues, aprendiendo, y que la unción del Espíritu conduzca nuestras vidas hacia el reinado y el sacerdocio de Jesucristo.