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Los ojos altivos del Emperador nunca supieron de Jesús; pero Dios, el Dios del Cielo, sí sabe de todos los niños, y de todas las niñas, y de todas las historias.
 
Los ojos altivos del Emperador nunca supieron de Jesús; pero Dios, el Dios del Cielo, sí sabe de todos los niños, y de todas las niñas, y de todas las historias.
  
Yo quiero que te sientas precioso ante Dios, y quiero que sientas y reconozcas, como dice el salmista: "Cuando en lo oculto se estaba tejiendo mi cuerpo, allí estabas tú" [[:Category:Salmo     ]].
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Yo quiero que te sientas precioso ante Dios, y quiero que sientas y reconozcas, como dice el salmista: "Cuando en lo oculto se estaba tejiendo mi cuerpo, allí estabas tú" [[:Category:Salmo 139_014|Salmo 139,14]].
  
 
Esa es la primera gracia de Navidad: saber que somos así, así de especiales y así de amados por este Dios.
 
Esa es la primera gracia de Navidad: saber que somos así, así de especiales y así de amados por este Dios.

Revisión del 18:27 4 dic 2009

Fecha: 20081225

Título: En este dia, pedirle a Dios la gracia de sentir cuan valiosos y preciosos somos ante El, asi como lo es Jesus, que hoy ha nacido

Original en audio: 23 min. 17 seg.


El rey David quiso hacer un censo, y a Dios no le gustó que David hiciera ese censo. Para nosotros es normal que el Estado, que el Gobierno averigüe cuántas personas hay y con qué recursos se dispone para responder a las necesidades de ellos.

Pero a Dios no le gustó el censo que hizo David, ¿por qué no le gusto? Probablemente porque David quería saber qué tan poderoso era; probablemente porque David quería tomar el control de ese pueblo. Quería resolver con sus propias fuerzas, con su sola sabiduría humana, las necesidades de ese pueblo.

Así que posiblemente hubo algo de soberbia, hubo algo de arrogancia, o tal vez, falta de confianza en Dios.

La lectura del evangelio de hoy nos habla también de un censo, ahora se trata de un hombre mucho más poderoso que David, es el Emperador. Augusto ordena hacer un censo del mundo entero.

Seguramente, este Augusto también quiere saber, con qué cuenta, cuál es la abundancia de sus recursos, cuántas personas están bajo su dominio.

Y Dios le tenía una sorpresa. A este hombre tan poderoso, que quiere saber quiénes están bajo su dominio, entre todos esos números, hay un número, uno más: un Niño nacido en Belén; uno más, perdido en la cuenta de los números; uno más, ese es jesús, así empieza la vida de Jesús: un pequeño número, un dígito más en las cuentas de un poderoso Emperador.

A veces también uno se siente así. Quizás alguno de ustedes trabaja en alguna fábrica, una gran empresa: una empresa de flores, o de autos, o de maquinaria, o de mesas, o de cuadros. Y el obrero en su fábrica tal vez se siente a veces así: "Soy un número más. Somos quince mil obreros, somos veinte mil obreros, ¿quién soy yo? Soy un número más en las cuentas de algún poderoso, el dueño de la empresa".

"Cuando el dueño de la empresa presenta su reporte anual dice: "Recibí esta empresa con doce mil doscientos empleados, actulamente tenemos diecisiete mil seicientos. La producción subió de cinco mil doscientos millones a seis mil cincuenta millones".

Son cifras, es la danza de los números. Somos números pequeños en las listas largas de mucha gente. Número de suscriptores de un canal, por ejemplo, de un servicio de televisión; número de empleados; número de aquellos que votaron en favor o en contra de un candidato presidencial. Todos esos números nos hacen sentir pequeños.

Había unos cuantos millones de personas en tiempos del Emperador Augusto; Roma no era la ciudad gigantesca que luego llegaría a ser, pero probablemente se acercaba al medio millón de personas, por decir algo.

Tal vez Augusto tenía en todo su imperio más o menos el número de ciudadanos que puede haber en la ciudad de Bogotá, es muy difícil determinar esas cifras.

Y cuando uno va caminando, cuando uno va recorriendo una ciudad como Bogotá, uno siente que uno es pequeñito. Un día van a salir las estadísticas: "Número de usuarios del Transmilenio", y ahí estoy yo, soy un número pequeñito, pero ahí estoy; "número de los que pagan el impuesto predial", y ahí están algunos, hay algunos de ustedes que están ahí.

Números pequeños, así empezó Jesús, uno más, uno pequeño. Y sin embargo, Augusto, el gran Emperador, vivió y murió sin conocer el Tesoro, verdero Tesoro que aconteció en su reinado. El hecho más grande, el hombre más grande, la enseñanza más sabia, el poder, el verdadero poder, el poder que salva, Augusto murió seguramente sin enterarse de todo eso que estaba sucediendo ahí.

Porque Jesús era sólo un número más, "allá en la lejana provincia de Judea, donde están esos revoltosos y complicados judíos, diría el Emperador romano, bueno, ahí dice que hay tantos", y entre esos tantos, el Hijo de Dios.

Hay que descubrir eso, hay que descubrir la humildad, hay que descubrir la pequeñez de este Hijo de Dios, porque Él sigue siendo también uno más. Podemos pasar por encima de Él, podemos pasar a su lado sin distinguirlo; podemos tropezarlo por la calle sin saber que es Él. Quizás está tan cerca de nosotros, y no lo distinguimos, no lo reconocemos, no sabemos quién es.

La primera gracia que tal vez hay que pedir en esta noche de Navidad, es la gracia de sabernos concidos, reconocidos por Dios en medio de esa humildad de nuestras cifras.

El obrero que siente que es sólo un dígito más de la gran empresa, seguramente se deprime, seguramente siente que su pequeño esfuerzo no representa nada sino, quizás, unos miles de pesos para alguien que él nunca ve, y que nunca va a estrechar su mano.

Seguramente, el que anda corriendo fatigoso por calles como las de Bogotá, tomando transporte público y tratando de que nadie lo robe, y tratando de hacer algo bueno en esta tierra, quizás, tal vez siente que lo suyo no cuenta.

La primera gracia de esta Navidad, así le pido al Señor, es que tú que escuchas estas palabras, sientas que para Dios ninguno es un número más, y cada uno es precioso, tan precioso como el Niño del Portal, tan precioso como este Jesús que hoy ha nacido.

Los ojos altivos del Emperador nunca supieron de Jesús; pero Dios, el Dios del Cielo, sí sabe de todos los niños, y de todas las niñas, y de todas las historias.

Yo quiero que te sientas precioso ante Dios, y quiero que sientas y reconozcas, como dice el salmista: "Cuando en lo oculto se estaba tejiendo mi cuerpo, allí estabas tú" Salmo 139,14.

Esa es la primera gracia de Navidad: saber que somos así, así de especiales y así de amados por este Dios.

Y la segunda gracia, es que también nosotros empecemos a reconocer el valor de todas esas historias. Toda esa gente que a veces nos incomoda, que nos estruja, que nos asusta, toda esa gente que aparece, desde el indigente que no tiene rostro, que no tiene nombre, hasta el poderoso, o el ruidoso, que hace sentir su presencia en nuestras calles, ése, ése tiene una historia, ése vale para Jesús.

El hermano de una amiga mía parce que fue asesinado hace unos cuantos días. Un hombre metido en la droga, indigente, habitante de todos estos barrios irregulares, sectores como "El Cartucho". Este muchacho, sólo Dios puede juzgar cada historia, metido en eso. En alguna pelea lo hirieron, quedó mal de una rodilla, víctima de su vicio y de problemas familiares, volvió a la calle.

Y resulta que hay gente que no soporta que existan indigentes, entonces han empezado en nuestro país, de un modo callado, quizás con la complicidad o el silencio de algunas autoridades, han empezado procesos de lo que se llama "limpieza social".

Y en una de esa "limpiezas", fueron a un nido de indigentes, donde sabían que se reunían, donde conversaban, dormían, algunos se emborrachaban, algunos se drogaban, y esta gente de la "limpieza social", se fue allá, y empezaron a disparar, y algunos se salvaron, los que podían correr; pero el hermano de mi amiga tenía una rodilla mala, no podía correr, ¡lo mataron!

Y siguió sin nombre y siguió sin cara, y llegó a Medicina Legal como un "NN", no tiene nombre, ningún nombre, es un "NN"; no tiene cara, no tiene histotoria, no tiene familia, no tiene amor, no tuvo pasado, no tiene futuro. Esa es la relidad de la "limpieza social. Ése que no tiene cara, sí tiene cara para Dios; ése que no tiene nombre, tiene nombre para Dios.

Y nosotros tenemos que ser rescatados del anonimato para no sentir que nuestra vida es una pasión inútil, para no sentir que nuestra vida es un absurdo interminable. Tenemos que ser rescatados de ese anonimato para ver el rostro de Papá Dios.

Pero nosotros tenemos también que reconocer el rostro de esas otras personas, no sólo el indigente, por supuesto. ¡Cuántas veces vivimos y morimos sin conocer la veradera historia, el verdadero dolor del que está cerca!

El primer regalo que le pido a Diosen esta Navidad, es que todos, cada uno de noostros sea rescatado de sus anonimato; el segundo regalo, es que tengamos el valor de pensar en la historia que hay en ese otro, el que pasa por una calle arrastrando una cobija.

En el barrio donde está la casa de formación de nosotros los dominicos hay una ancianita, hay una viejita, y cuando yo estaba estudiando para el sacerdocio, a veces me la encontraba. Volvía yo de cualquier reunión, de un grupo de oración o de una comida que me habían invitado, volvía tarde.

Y la gente pues es amable y transporta al padrecito, y el padrecito va llegando en carro a su convento, y eso es empinado, y esta viejita, son las nueve y media, son las diez de la noche, esta viejita va empujando un carrito, y ese carrito va lleno de sus tesoros, y su tesoros son los periódicos que ha recogido, algo de chatarra que puede vender ganando unos centavos.

Esa escena la vi muchas veces. Yo conocí la casa de la viejita, una viejita que sabía sonreír. ¡Gracias a Dios esa señora tiene cara para mí, tenái cara! Un día dejó de empujar su carrito. Y yo me pregunto: ¿a quién le hace falta ahora? Por lo menos a mí me hace falta.

¿A quién le hacefalta esa señora? La señora que únicamente estorbaba el tráfico , la señora que cuando viene el carro elegante, pita y dice: "Por qué no se mueve? ¿Por qué no se mueve? ¡Porque no le dan más las piernas, porque tiene que empujar su carro!

Esa señora también tiene su historia, y si uno va a la casa de ella, ella también cuenta que truvo tres hijos y que uno de ellos se enfermó y se murió cuando era niño, y que el día más feliz de ella fue cuando se le casó su hijita. Ella tiene una historia que contar, y ella sabe chistes, ella también cuenta chistes, y ella sabe dar un abrazo, y ella existe para Dios.

Augusto nunca supo que Jesús existía, ¡a mí eso me parte el alma! ¿Cómo puede estar Jesús tan cerca y no verlo? ¡Augusto nunca lo supo!

Necesitamos esos ojos, necesitamos que Dios lave nuestros ojos, y San Agustín dice que sólo se lavan llorando; necesitamos que Dios lave nuestros ojos, porque hay muchas vidas que no conocemos.

Y también en las comunidades pasa eso, también en las comunidades desconocemos el testimonio de las otras personas, a veces, no digo todas las veces, qué sufrimientos pasa la otra persona.

Yo tuve una vez un superior que me llamó, un Provincial, es el superior nuestro, que me llamó porque necesitaba hablar conmigo, y yo, que soy un egoísta, fuí allá pensando en mí, yo fui pensando: "¿Ahora qué me va a tocar hacer a mí? ¿Ahora qué me van a hacer a mí?" Yopensé así porque soy un egoísta.

Pero yo fui a allá, y de cien minutos que hablamos, cinco minutos eran para hablar de mí, y los otros noventa y cinco eran, porque este Provincial, siendo el Provincial, tenía que hablar con alguien, tenía que contarle a alguien que él también sueña, que a él también le duelen las cosas, que él también sufre, que él no es de palo.

Él tenía que decir eso, que él no es una máquina de decretos, que él no es una caja de soluciones, que él también tiene doores y sueños, y también sabe contar chistes, y también se pone feliz cuando alguien aprecia lo que él está haciendo.

Y ese hombre es el superior mío, o era el superior mío en ese momento, y ese hombre parece importante y la gente lo saluda, o le hace o no le hace reverencia, o lo teme o lo esquiva, y ese hombre tiene ahí su historia, su pequeña historia que contar.

Y a él le duele que..., -porque él tiene también una familia-, y y en la familia de él la gente se enferma y se cansa, y tiene crisis, y pierde la fe o la recupera.

Ese día entendí que estos ojos míos tiene que llorar todavía mucho, porque San Agustín dice que "los ojos se lavan llorando".

Estos ojos míos todavía tienen que llorar mucho hasta que comprendan que cada rostro, cada bendito rostro, cada persona que atraviesa el camino es una persona que tiene su historia, y alguna vez se ha reído de un chiste, y ha llorado, y necesita una brazo, y tiene una esperanza, y busca algo.

Cuando uno empieza a descubrir esto, uno empieza a descubrir qué significa Jesús, qué significa Jesús en medio de nosotros, quién es este Jesús, quién es este Niño, que empieza a evangelizar desde el día en que nace, desde la noche en que nace, este Niño Jesús que no se esconde, sino que se muestra.

¿Qué hacen los papás, qué hacen las mamás cuando tienen un bebé? Lo abrazan, lo protegen, lo disfrutan, casi podemos decir, lo esconden, "es mi bebé". Pues María desde la primera noche está con el Bebé así, ofrecido; desde la primera noche, María, está con su niño para todos.

Esos son los corazones que yo admiro, porque yo mismo, como tantas cosas en mi vida, hemos sido víctimas de un egoísmo terrible, y nos vivimos así, guardando y escondiendo y protegiendo, y escondemos nuestras riquezas, nuestras sonrisas, escondemos nuestras alegrías, hasta que se nos olvida sonreír; y escondemos nuestras lágrimas, hasta que se nos olvida llorar; y escondondemos nuestros sueños, hasta que se nos olvida soñar.

María no es así, José no es así. Desde el día en que nace Jesús, es el Jesús para todos, es el Jesús para los pequeños, es el Jesús para los pobres, es el Jesús, que ya con esos ojos, y que ya con esa sonrisa, es la cara de Dios diciendo: "Te amo, eres importante para mí."

Desde la primera noche, este Jesús es el Evangelio, desde la primera noche, Jesús está evangelizando.

Hermanos, yo necesito tanto de este Jesús, yo necesito tanto, pero tanto, tanto que este Jesús me cambie, ¿ustedes creen que un hábito me va a ayudar para eso? ¿Ustedes creen que una ordenación sacerdotal me va a ayudar para eso? Pues sí que ayuda, claro, pertenecer a una comunidad religiosa ayuda, aunque no sea para otra cosa, para rezar un poco y para oír unas cuantas y muy buenas predicaciones, pero lo que yo necesito es mucho más que eso.

Necesito que mi corazón sea transformado, necesito aprender el ABC de la ternura, necesito descubrir qué es eso de humillarse ante el pesebre, necesito mirar esos ojos, y con esos ojos, aprender a mirar el mundo.

Todo lo que yo necesito, todo lo que tengo que pedirle a Jesús, ¡es tan largo, es tan profundo, tanto, tanto! Por eso, por eso estoy feliz que hoy es Navidad, por eso estoy feliz de tener a este Jesús, y voy a decir una cosa absurda: estoy feliz de que hoy, hoy, así Bebé, todavía no habla, porque si hablara, lo primero que tendría que hacer es regañarme.

Por eso me gusta que no habla, sólo mueve los brazos, sonríe, duerme, abre sus ojos, siento el palpitar de su corazón, quiero abrazarlo.

Me gusta que empiece así, que empiece así chiquito, que empiece así sencillo para ver si yo empiezo alguna vez en la vida, para ver si alguna vez en la vida nazco yo junto con Él, para ver si alguna vez en la vida digo yo: "Jesús, me voy a matricular en tu escuela, y desde hoy voy a aprender qué significa ser humano.