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Y Dios le tenía una sorpresa. A este hombre tan poderoso, que quiere saber quiénes están bajo su dominio, entre todos esos números, hay un número, uno más: un Niño nacido en Belén; uno más, perdido en la cuenta de los números; uno más, ese es jesús, así empieza la vida de Jesús: un pequeño número, un dígito más en las cuentas de un poderoso Emperador. | Y Dios le tenía una sorpresa. A este hombre tan poderoso, que quiere saber quiénes están bajo su dominio, entre todos esos números, hay un número, uno más: un Niño nacido en Belén; uno más, perdido en la cuenta de los números; uno más, ese es jesús, así empieza la vida de Jesús: un pequeño número, un dígito más en las cuentas de un poderoso Emperador. | ||
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| + | A veces también uno se siente así. Quizás alguno de ustedes trabaja en alguna fábrica, una gran empresa: una empresa de flores, o de autos, o de maquinaria, o de mesas, o de cuadros. Y el obrero en su fábrica tal vez se siente a veces así: "Soy un número más. Somos quince mil obreros, somos veinte mil obreros, ¿quién soy yo? Soy un número más en las cuentas de algún poderoso, el dueño de la empresa". | ||
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| + | "Cuando el dueño de la empresa presenta su reporte anual dice: "Recibí esta empresa con doce mil doscientos empleados, actulamente tenemos diecisiete mil seicientos. La producción subió de cinco mil doscientos millones a seis mil cincuenta millones". | ||
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| + | Son cifras, es la danza de los números. Somos números pequeños en las listas largas de mucha gente. Número de suscriptores de un canal, por ejemplo, de un servicio de televisión; número de empleados; número de aquellos que votaron en favor o en contra de un candidato presidencial. Todos esos números nos hacen sentir pequeños. | ||
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| + | Había unos cuantos millones de personas en tiempos del Emperador Augusto; Roma no era la ciudad gigantesca que luego llegaría a ser, pero probablemente se acercaba al medio millón de personas, por decir algo. | ||
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| + | Tal vez Augusto tenía en todo su imperio más o menos el número de ciudadanos que puede haber en la ciudad de Bogotá, es muy difícil determinar esas cifras. | ||
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| + | Y cuando uno va caminando, cuando uno va recorriendo una ciudad como Bogotá, uno siente que uno es pequeñito. Un día van a salir las estadísticas: "Número de usuarios del Transmilenio", y ahí estoy yo, soy un número pequeñito, pero ahí estoy; "número de los que pagan el impuesto predial", y ahí están algunos, hay algunos de ustedes que están ahí. | ||
Revisión del 23:53 2 dic 2009
Fecha: 20081225
Título:
Original en audio: 23 min. 17 seg.
El rey David quiso hacer un censo, y a Dios no le gustó que David hiciera ese censo. Para nosotros es normal que el Estado, que el Gobierno averigüe cuántas personas hay y con qué recursos se dispone para responder a las necesidades de ellos.
Pero a Dios no le gustó el censo que hizo David, ¿por qué no le gusto? Probablemente porque David quería saber qué tan poderoso era; probablemente porque David quería tomar el control de ese pueblo. Quería resolver con sus propias fuerzas, con su sola sabiduría humana, las necesidades de ese pueblo.
Así que posiblemente hubo algo de soberbia, hubo algo de arrogancia, o tal vez, falta de confianza en Dios.
La lectura del evangelio de hoy nos habla también de un censo, ahora se trata de un hombre mucho más poderoso que David, es el Emperador. Augusto ordena hacer un censo del mundo entero.
Seguramente, este Augusto también quiere saber, con qué cuenta, cuál es la abundancia de sus recursos, cuántas personas están bajo su dominio.
Y Dios le tenía una sorpresa. A este hombre tan poderoso, que quiere saber quiénes están bajo su dominio, entre todos esos números, hay un número, uno más: un Niño nacido en Belén; uno más, perdido en la cuenta de los números; uno más, ese es jesús, así empieza la vida de Jesús: un pequeño número, un dígito más en las cuentas de un poderoso Emperador.
A veces también uno se siente así. Quizás alguno de ustedes trabaja en alguna fábrica, una gran empresa: una empresa de flores, o de autos, o de maquinaria, o de mesas, o de cuadros. Y el obrero en su fábrica tal vez se siente a veces así: "Soy un número más. Somos quince mil obreros, somos veinte mil obreros, ¿quién soy yo? Soy un número más en las cuentas de algún poderoso, el dueño de la empresa".
"Cuando el dueño de la empresa presenta su reporte anual dice: "Recibí esta empresa con doce mil doscientos empleados, actulamente tenemos diecisiete mil seicientos. La producción subió de cinco mil doscientos millones a seis mil cincuenta millones".
Son cifras, es la danza de los números. Somos números pequeños en las listas largas de mucha gente. Número de suscriptores de un canal, por ejemplo, de un servicio de televisión; número de empleados; número de aquellos que votaron en favor o en contra de un candidato presidencial. Todos esos números nos hacen sentir pequeños.
Había unos cuantos millones de personas en tiempos del Emperador Augusto; Roma no era la ciudad gigantesca que luego llegaría a ser, pero probablemente se acercaba al medio millón de personas, por decir algo.
Tal vez Augusto tenía en todo su imperio más o menos el número de ciudadanos que puede haber en la ciudad de Bogotá, es muy difícil determinar esas cifras.
Y cuando uno va caminando, cuando uno va recorriendo una ciudad como Bogotá, uno siente que uno es pequeñito. Un día van a salir las estadísticas: "Número de usuarios del Transmilenio", y ahí estoy yo, soy un número pequeñito, pero ahí estoy; "número de los que pagan el impuesto predial", y ahí están algunos, hay algunos de ustedes que están ahí.