Diferencia entre revisiones de «I192002a»
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Y aquí aprendemos también otra cosa: Dios nos mira a nosotros como pequeñitos. Esto también lo podemos entender a partir de las experiencias de los papás y mamás. Si una mamá tiene noventa años y el hijo tiene setenta años, la mamá todavía mira al hijo pequeñito, aunque ya ese hijo seguramente es abuelo, pero todavía lo mira como pequeñito, lo cual tiene mucha ternura, pero tiene el problema de que lo regaña con facilidad. Y uno se encuentra con mamás de ochenta y tantos años regañando a los hijos de sesenta y tanto: "porque yo sigo siendo tu mamá", y ese es todo el argumento. Siguen siendo pequeñitos. Eso quiere decir que la experiencia de este amor, la manera de este amor divino es algo que siempre vela por nosotros como la mamá vela por el bebé que no puede hacer nada. Por eso cuidamos tanto a los niños pequeños, porque no pueden hacer mucho por sí mismos, porque una mamá no dejaría a un niño de dos años, por ejemplo, de año y medio, porque no lo dejaría solo en la casa, porque sabe que el niño corre muchos peligros y que el niño no puede ayudarse. Esa es la mirada hacia un pequeñito: él corre peligro y él no puede hacer mucho por sí mismo. | Y aquí aprendemos también otra cosa: Dios nos mira a nosotros como pequeñitos. Esto también lo podemos entender a partir de las experiencias de los papás y mamás. Si una mamá tiene noventa años y el hijo tiene setenta años, la mamá todavía mira al hijo pequeñito, aunque ya ese hijo seguramente es abuelo, pero todavía lo mira como pequeñito, lo cual tiene mucha ternura, pero tiene el problema de que lo regaña con facilidad. Y uno se encuentra con mamás de ochenta y tantos años regañando a los hijos de sesenta y tanto: "porque yo sigo siendo tu mamá", y ese es todo el argumento. Siguen siendo pequeñitos. Eso quiere decir que la experiencia de este amor, la manera de este amor divino es algo que siempre vela por nosotros como la mamá vela por el bebé que no puede hacer nada. Por eso cuidamos tanto a los niños pequeños, porque no pueden hacer mucho por sí mismos, porque una mamá no dejaría a un niño de dos años, por ejemplo, de año y medio, porque no lo dejaría solo en la casa, porque sabe que el niño corre muchos peligros y que el niño no puede ayudarse. Esa es la mirada hacia un pequeñito: él corre peligro y él no puede hacer mucho por sí mismo. | ||
| − | Nosotros a veces creemos que ya nos hemos vuelto grandes. Creemos que somos grandes, por qué, porque tenemos fuerzas, porque tenemos inteligencia, porque hemos aprendido a resolver problemas. Pero no caemos en cuenta que todo eso que tenemos para resolver los problemas, todo eso, nos lo ha dado Dios y nos lo está sosteniendo Dios. Con cuánta | + | Nosotros a veces creemos que ya nos hemos vuelto grandes. Creemos que somos grandes, por qué, porque tenemos fuerzas, porque tenemos inteligencia, porque hemos aprendido a resolver problemas. Pero no caemos en cuenta que todo eso que tenemos para resolver los problemas, todo eso, nos lo ha dado Dios y nos lo está sosteniendo Dios. Con cuánta petulancia, con cuánta presunción, que le desagrada a Dios, a veces nos consideramos muy inteligentes o muy hábiles para hacer algunas cosas, pero no caemos en cuenta que esa inteligencia nos la está conservando Dios. Un vasito, una venita del tamaño de un cabello se revienta en mi cerebro y ya no puedo hablar. Todo es tan frágil en nosotros, todo tan frágil. Todo nuestro sistema neurológico, todo nuestro sistema hormonal, todo nuestro sistema cardíaco es tan frágil, en el fondo es tan frágil. La vida misma es un milagro sostenido. Esa es la vida, poder pensar, poder incluso proveer algunas necesidades nuestras, es un milagro sostenido. |
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| + | Y aquí entonces, podemos volver a la frase del principio. Mira, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. ¿Qué es entonces volver a ser niño según esta explicación? Es descubrirme así, siempre frágil, siempre amenazado, siempre necesitado Y siempre sostenido. Eso es ser niño. Que puedo tener muchas cosas, sí. Ahora mismo, bendito sea Dios, tengo salud, pero durante cuánto tiempo. | ||
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| + | Ustedes, creo que me han escuchado ya alguna predicación sobre el caso de una vecina que tuvimos en nuestro convento, una señora muy inteligente para los negocios, una señora con una gran facilidad para los idiomas, mejor dicho, parecía tener como todas las cualidades: bonita, inteligente, preparada, buen dinero. Todo parecía sonreírle en la vida. De pronto una noticia: mira, que tienes un cáncer. Ese cáncer, un cáncer muy agresivo y dolorosísimo, finalmente se la llevó a la tumba en el curso de unos meses. Pero cuando ella sentía que tenía grandes negocios y que tenía mucha inteligencia y que tenía el mundo a sus pies, porque, repito, además de todo, bonita, agradable, cuando parecía tenerlo todo, ya ese cáncer le iba caminando adentro. | ||
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| + | Eso puede estar sucediendo también en nosotros. En el mismo momento en el que uno dice "¡uy! yo cuántos problemas he resolvido", usted no sabe qué le va a suceder o sucedido en su cuerpo. Somos frágiles. Comprender que somos frágiles, necesitados, pero al mismo tiempo amados y soportados, sostenidos, entender eso es la condición irrenunciable para entrar al lenguaje, entrar a la lógica del Reino de Dios. Los cargos que tenemos, los aparatos que usamos, la casa en que vivimos, los cartones y estudios y títulos que adornan nuestras paredes; todo eso puede inducirnos la mentira de que somos fuertes. Pero una cosa, así de pequeñita en ustedes, como cuenta el libro de Daniel, ¿no?, sin intervención humana se presenta allá una gigantesca estatua, y sin intervención humana cayó una piedrecita y fue dando vueltas y derribó esa estatua. | ||
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| + | Una cosa tan pequeñita, como puede ser una enfermedad, como pueden ser tantas cosas que nos pasan. Tantas cosas. La traición de un amigo, Dios nos libre, no es que esas cosas sean deseables, pero suceden simplemente. La traición de un amigo, Dios nos libre; el secuestro de un pariente, Dios nos libre; un negocio mal hecho. Quién, por favor, quién puede decir que está haciendo bien unos negocios y que no se va a equivocar. Ustedes saben que el mundo, este mundo es implacable, cuando se trata de dinero, implacable. | ||
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| + | Conocí el caso de un hombre que reunió mucho dinero, entre otras cosas, no de una manera muy santa, porque aunque él no robaba, la manera de maltratar y de humillar a sus empleados, era peor que si fueran esclavos. Y esa manera de exprimirlos y sacarles hasta el último centavo, "y si puedo evitarme | ||
Revisión del 19:00 15 ago 2009
Amados hermanos,
En el Evangelio, nuestro Señor Jesucristo relaciona de varios modos a los niños con el Reino de los Cielos. Por ejemplo: que hay que entrar en el Reino de los Cielos como un niño. Otro ejemplo: que recibir a un niño en el nombre de Cristo es recibir al mismo Cristo. Otro ejemplo: no despreciar la obra que hace Dios en los niños, porque los ángeles de estos niños contemplan el rostro de Dios en el cielo, tienen quien los defienda, esos ángeles son ángeles de protección. Y luego está la actitud del pastor hacia las ovejas y la actitud de un padre hacia los niños, un papá ante los niños. Es decir, son una serie de temas que van relacionados unos con otros.
Algunos estudiosos de la Biblia dicen que en el proceso de la redacción de los Evangelios, lo que hizo el autor sagrado, en este caso, se fue acordando de cosas que Jesús había dicho con respecto a los niños y las puso como juntas, pero son cosas distintas, según vemos: la manera de recibir el Reino de Dios, que es como un niño; pero la manera de recibir al niño, que es recibir a Cristo; el cuidado que hay que tener con un niño, porque los niños tienen quien los defienda; y también con qué mirada el Padre del Cielo contempla y ama a sus niños. Son temas distintos.
Con la ayuda del Espíritu Santo paseémonos un poquito por esta enseñanza que nos da Jesucristo hoy, paseemonos un poquito, disfrutémoslo, ¿qué nos quiere decir el Señor ahí? Son varias cosas, son muchas cosas.
¿Qué tal si empezamos como de atrás para adelante?
El Padre del Cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños. Creo que es una frase que nos resulta sencilla de entender, porque es un sentimiento tan humano, y muchos de ustedes son papás y mamás. Precisamente, cuanto más débil el niño, más despierta un instinto, una fuerza de amor para portegerlo, para defenderlo. Una mamá, algunas veces puede pasar 12 horas, 18 horas, 20 horas cuidando al niño. Es muy difícil concentrarse tanto tiempo en algo o en alguien. Imagínate lo que es tantas horas mirando a la misma persona. Pero las mamás se olvidan de sí mismas, es algo que está en sus entrañas, algo que les brota del corazón.
Ese sentimiento, tan natural, es natural en nosotros porque Dios lo puso en la naturaleza humana, precisamente para cuidar a través de ese amor a sus propios pequeños. De manera que ese amor que tienen las mamás o que tienen los papás, ese amor que los conmueve, ese amor que es más fuerte incluso que el apego a la vida, ese amor tan grande viene de Dios y nos sirve como un retrato para descubrir la increíble, la inagotable ternura y fuerza del amor con el que Dios nos busca, nos quiere limpiar, nos quiere sanar, nos quiere cuidar y quiere que crezcamos en su presencia y ante Su Rostro.
Una vez en Alemania, sucedió un accidente. Un tren cargado de pasajeros se salió de la carrilera en un puente sobre un rio, varios vagones, desde luego de muchas toneladas de peso, cayeron al agua, se hundieron. Las aguas no eran muy profundas, pero se hundían en el barro y, desde luego, se estaba produciendo una catástrofe, iba muriendo la gente. Mientras las aguas invadían uno de los vagones, dos papás estaban cuidando de su hija, la única hija que tenían. La niña era paralítica. Entonces ellos, desesperados de pensar que la niña paralítica se fuera a ahogar, lucharon y lucharon para sacarla a flote, porque sabían que ella no podía andar, no podía nadar. Cuando llegaron los cuerpos de socorro, encontraron a la niña que alcanzaba a salir, la cabecita de la niña alcanzaba a salir del agua y ella estaba viva, aunque con una temperatura muy baja y un shock nervioso terrible, pero los papás se habian ahogado. Los cadáveres de los papás estaban sosteniendo a la niñá para que pudiera respirar. Se habian muerto ellos cuidando de la paralítica.
Ese amor, ese heroísmo de amor, nos invita a pensar en la potencia del amor que Dios nos tiene. Dios no tiene por nosotros un sentimiento cualquiera, es una potencia de amor, y Él ha demostrado en su Hijo Jesucristo que, lo mismo que esos papás que se dejaron ahogar por darle vida a la niña, eso mismo hace Dios por nosotros. Eso es Criso. Cristo fue anegado, Cristo fue ahogado por las aguas turbulentas, por el diluvio del pecado, del dolor y del ataque del demonio. Cristo soportó esa inundación de amor por sacarnos a flote a nosotros.
Este es el primer punto que hay que destacar: Cuánto me ama el Señor. Sobre tu cadáver, sobre tu muerte, Tú has querido darnos vida. Ese es el tamaño del amor que Dios nos tiene.
Y aquí aprendemos también otra cosa: Dios nos mira a nosotros como pequeñitos. Esto también lo podemos entender a partir de las experiencias de los papás y mamás. Si una mamá tiene noventa años y el hijo tiene setenta años, la mamá todavía mira al hijo pequeñito, aunque ya ese hijo seguramente es abuelo, pero todavía lo mira como pequeñito, lo cual tiene mucha ternura, pero tiene el problema de que lo regaña con facilidad. Y uno se encuentra con mamás de ochenta y tantos años regañando a los hijos de sesenta y tanto: "porque yo sigo siendo tu mamá", y ese es todo el argumento. Siguen siendo pequeñitos. Eso quiere decir que la experiencia de este amor, la manera de este amor divino es algo que siempre vela por nosotros como la mamá vela por el bebé que no puede hacer nada. Por eso cuidamos tanto a los niños pequeños, porque no pueden hacer mucho por sí mismos, porque una mamá no dejaría a un niño de dos años, por ejemplo, de año y medio, porque no lo dejaría solo en la casa, porque sabe que el niño corre muchos peligros y que el niño no puede ayudarse. Esa es la mirada hacia un pequeñito: él corre peligro y él no puede hacer mucho por sí mismo.
Nosotros a veces creemos que ya nos hemos vuelto grandes. Creemos que somos grandes, por qué, porque tenemos fuerzas, porque tenemos inteligencia, porque hemos aprendido a resolver problemas. Pero no caemos en cuenta que todo eso que tenemos para resolver los problemas, todo eso, nos lo ha dado Dios y nos lo está sosteniendo Dios. Con cuánta petulancia, con cuánta presunción, que le desagrada a Dios, a veces nos consideramos muy inteligentes o muy hábiles para hacer algunas cosas, pero no caemos en cuenta que esa inteligencia nos la está conservando Dios. Un vasito, una venita del tamaño de un cabello se revienta en mi cerebro y ya no puedo hablar. Todo es tan frágil en nosotros, todo tan frágil. Todo nuestro sistema neurológico, todo nuestro sistema hormonal, todo nuestro sistema cardíaco es tan frágil, en el fondo es tan frágil. La vida misma es un milagro sostenido. Esa es la vida, poder pensar, poder incluso proveer algunas necesidades nuestras, es un milagro sostenido.
Y aquí entonces, podemos volver a la frase del principio. Mira, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. ¿Qué es entonces volver a ser niño según esta explicación? Es descubrirme así, siempre frágil, siempre amenazado, siempre necesitado Y siempre sostenido. Eso es ser niño. Que puedo tener muchas cosas, sí. Ahora mismo, bendito sea Dios, tengo salud, pero durante cuánto tiempo.
Ustedes, creo que me han escuchado ya alguna predicación sobre el caso de una vecina que tuvimos en nuestro convento, una señora muy inteligente para los negocios, una señora con una gran facilidad para los idiomas, mejor dicho, parecía tener como todas las cualidades: bonita, inteligente, preparada, buen dinero. Todo parecía sonreírle en la vida. De pronto una noticia: mira, que tienes un cáncer. Ese cáncer, un cáncer muy agresivo y dolorosísimo, finalmente se la llevó a la tumba en el curso de unos meses. Pero cuando ella sentía que tenía grandes negocios y que tenía mucha inteligencia y que tenía el mundo a sus pies, porque, repito, además de todo, bonita, agradable, cuando parecía tenerlo todo, ya ese cáncer le iba caminando adentro.
Eso puede estar sucediendo también en nosotros. En el mismo momento en el que uno dice "¡uy! yo cuántos problemas he resolvido", usted no sabe qué le va a suceder o sucedido en su cuerpo. Somos frágiles. Comprender que somos frágiles, necesitados, pero al mismo tiempo amados y soportados, sostenidos, entender eso es la condición irrenunciable para entrar al lenguaje, entrar a la lógica del Reino de Dios. Los cargos que tenemos, los aparatos que usamos, la casa en que vivimos, los cartones y estudios y títulos que adornan nuestras paredes; todo eso puede inducirnos la mentira de que somos fuertes. Pero una cosa, así de pequeñita en ustedes, como cuenta el libro de Daniel, ¿no?, sin intervención humana se presenta allá una gigantesca estatua, y sin intervención humana cayó una piedrecita y fue dando vueltas y derribó esa estatua.
Una cosa tan pequeñita, como puede ser una enfermedad, como pueden ser tantas cosas que nos pasan. Tantas cosas. La traición de un amigo, Dios nos libre, no es que esas cosas sean deseables, pero suceden simplemente. La traición de un amigo, Dios nos libre; el secuestro de un pariente, Dios nos libre; un negocio mal hecho. Quién, por favor, quién puede decir que está haciendo bien unos negocios y que no se va a equivocar. Ustedes saben que el mundo, este mundo es implacable, cuando se trata de dinero, implacable.
Conocí el caso de un hombre que reunió mucho dinero, entre otras cosas, no de una manera muy santa, porque aunque él no robaba, la manera de maltratar y de humillar a sus empleados, era peor que si fueran esclavos. Y esa manera de exprimirlos y sacarles hasta el último centavo, "y si puedo evitarme