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Amados hermanos,
  
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En el Evangelio, nuestro Señor Jesucristo relaciona de varios modos a los niños con el Reino de los Cielos. Por ejemplo: que hay que entrar en el Reino de los Cielos como un niño. Otro ejemplo: que recibir a un niño en el nombre de Cristo es recibir al mismo Cristo. Otro ejemplo: no despreciar la obra que hace Dios en los niños, porque los ángeles de estos niños contemplan el rostro de Dios en el cielo, tienen quien los defienda, esos ángeles son ángeles de protección. Y luego está la actitud del pastor hacia las ovejas y la actitud de un padre hacia los niños, un papá ante los niños. Es decir, son una serie de temas que van relacionados unos con otros.
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Algunos estudiosos de la Biblia dicen que en el proceso de la redacción de los Evangelios, lo que hizo el autor sagrado, en este caso, se fue acordando de cosas que Jesús había dicho con respecto a los niños y las puso como juntas, pero son cosas distintas, según vemos: la manera de recibir el Reino de Dios, que es como un niño; pero la manera de recibir al niño, que es recibir a Cristo; el cuidado que hay que tener con un niño, porque los niños tienen quien los defienda; y también con qué mirada el Padre del Cielo contempla y ama a sus niños. Son temas distintos.
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Con la ayuda del Espíritu Santo paseémonos un poquito por esta enseñanza que nos da Jesucristo hoy, paseemonos un poquito, disfrutémoslo, ¿qué nos quiere decir el Señor ahí? Son varias cosas, son muchas cosas.
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¿Qué tal si empezamos como de atrás para adelante?
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El Padre del Cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños. Creo que es una frase que nos resulta sencilla de entender, porque es un sentimiento tan humano, y muchos de ustedes son papás y mamás. Precisamente, cuanto más débil el niño, más despierta un instinto, una fuerza de amor para portegerlo, para defenderlo. Una mamá, algunas veces puede pasar 12 horas, 18 horas, 20 horas cuidando al niño. Es muy difícil concentrarse tanto tiempo en algo o en alguien. Imagínate lo que es tantas horas mirando a la misma persona. Pero las mamás se olvidan de sí mismas, es algo que está en sus entrañas, algo que les brota del corazón.
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Ese sentimiento, tan natural, es natural en nosotros porque Dios lo puso en la naturaleza humana, precisamente para cuidar a través de ese amor a sus propios pequeños. De manera que ese amor que tienen las mamás o que tienen los papás, ese amor que los conmueve, ese amor que es más fuerte incluso que el apego a la vida, ese amor tan grande viene de Dios y nos sirve como un retrato para descubrir la increíble, la inagotable ternura y fuerza del amor con el que Dios nos busca, nos quiere limpiar, nos quiere sanar, nos quiere cuidar y quiere que crezcamos en su presencia y ante Su Rostro.
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Una vez en Alemania, sucedió un accidente. Un tren cargado de pasajeros se salió de la carrilera en un puente sobre un rio, varios vagones, desde luego de muchas toneladas de peso, cayeron al agua, se hundieron. Las aguas no eran muy profundas, pero se hundían en el barro y, desde luego, se estaba produciendo una catástrofe, iba muriendo la gente. Mientras las aguas invadían uno de los vagones, dos papás estaban cuidando de su hija, la única hija que tenían. La niña era paralítica. Entonces ellos, desesperados de pensar que la niña paralítica se fuera a ahogar, lucharon y lucharon para sacarla a flote, porque sabían que ella no podía andar, no podía nadar. Cuando llegaron los cuerpos de socorro, encontraron a la niña que alcanzaba a salir, la cabecita de la niña alcanzaba a salir del agua y ella estaba viva, aunque con una temperatura muy baja y un shock nervioso terrible, pero los papás se habian ahogado. Los cadáveres de los papás estaban sosteniendo a la niñá para que pudiera respirar. Se habian muerto ellos cuidando de la paralítica.
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Ese amor, ese heroísmo de amor, nos invita a pensar en la potencia del amor que Dios nos tiene. Dios no tiene por nosotros un sentimiento cualquiera, es una potencia de amor, y Él ha demostrado en su Hijo Jesucristo que, lo mismo que esos papás que se dejaron ahogar por darle vida a la niña, eso mismo hace Dios por nosotros. Eso es Criso. Cristo fue anegado, Cristo fue ahogado por las aguas turbulentas, por el diluvio del pecado, del dolor y del ataque del demonio. Cristo soportó esa inundación de amor por sacarnos a flote a nosotros.
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Este es el primer punto que hay que destacar: Cuánto me ama el Señor. Sobre tu cadáver, sobre tu muerte, Tú has querido darnos vida. Ese es el tamaño del amor que Dios nos tiene.
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Y aquí aprendemos también otra cosa: Dios nos mira a nosotros como pequeñitos. Esto también lo podemos entender a partir de las experiencias de los papás y mamás. Si una mamá tiene noventa años y el hijo tiene setenta años, la mamá todavía mira al hijo pequeñito, aunque ya ese hijo seguramente es abuelo, pero todavía lo mira como pequeñito, lo cual tiene mucha ternura, pero tiene el problema de que lo regaña con facilidad. Y uno se encuentra con mamás de ochenta y tantos años regañando a los hijos de sesenta y tanto: "porque yo sigo siendo tu mamá", y ese es todo el argumento. Siguen siendo pequeñitos. Eso quiere decir que la experiencia de este amor, la manera de este amor divino es algo que siempre vela por nosotros como la mamá vela por el bebé que no puede hacer nada. Por eso cuidamos tanto a los niños pequeños, porque no pueden hacer mucho por sí mismos, porque una mamá no dejaría a un niño de dos años, por ejemplo, de año y medio, porque no lo dejaría solo en la casa, porque sabe que el niño corre muchos peligros y que el niño no puede ayudarse. Esa es la mirada hacia un pequeñito: él corre peligro y él no puede hacer mucho por sí mismo.
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Nosotros a veces creemos que ya nos hemos vuelto grandes. Creemos que somos grandes, por qué, porque tenemos fuerzas, porque tenemos inteligencia, porque hemos aprendido a resolver problemas. Pero no caemos en cuenta que todo eso que tenemos para resolver los problemas, todo eso, nos lo ha dado Dios y nos lo está sosteniendo Dios. Con cuánta

Revisión del 18:33 15 ago 2009

Amados hermanos,

En el Evangelio, nuestro Señor Jesucristo relaciona de varios modos a los niños con el Reino de los Cielos. Por ejemplo: que hay que entrar en el Reino de los Cielos como un niño. Otro ejemplo: que recibir a un niño en el nombre de Cristo es recibir al mismo Cristo. Otro ejemplo: no despreciar la obra que hace Dios en los niños, porque los ángeles de estos niños contemplan el rostro de Dios en el cielo, tienen quien los defienda, esos ángeles son ángeles de protección. Y luego está la actitud del pastor hacia las ovejas y la actitud de un padre hacia los niños, un papá ante los niños. Es decir, son una serie de temas que van relacionados unos con otros.

Algunos estudiosos de la Biblia dicen que en el proceso de la redacción de los Evangelios, lo que hizo el autor sagrado, en este caso, se fue acordando de cosas que Jesús había dicho con respecto a los niños y las puso como juntas, pero son cosas distintas, según vemos: la manera de recibir el Reino de Dios, que es como un niño; pero la manera de recibir al niño, que es recibir a Cristo; el cuidado que hay que tener con un niño, porque los niños tienen quien los defienda; y también con qué mirada el Padre del Cielo contempla y ama a sus niños. Son temas distintos.

Con la ayuda del Espíritu Santo paseémonos un poquito por esta enseñanza que nos da Jesucristo hoy, paseemonos un poquito, disfrutémoslo, ¿qué nos quiere decir el Señor ahí? Son varias cosas, son muchas cosas.

¿Qué tal si empezamos como de atrás para adelante?

El Padre del Cielo no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños. Creo que es una frase que nos resulta sencilla de entender, porque es un sentimiento tan humano, y muchos de ustedes son papás y mamás. Precisamente, cuanto más débil el niño, más despierta un instinto, una fuerza de amor para portegerlo, para defenderlo. Una mamá, algunas veces puede pasar 12 horas, 18 horas, 20 horas cuidando al niño. Es muy difícil concentrarse tanto tiempo en algo o en alguien. Imagínate lo que es tantas horas mirando a la misma persona. Pero las mamás se olvidan de sí mismas, es algo que está en sus entrañas, algo que les brota del corazón.

Ese sentimiento, tan natural, es natural en nosotros porque Dios lo puso en la naturaleza humana, precisamente para cuidar a través de ese amor a sus propios pequeños. De manera que ese amor que tienen las mamás o que tienen los papás, ese amor que los conmueve, ese amor que es más fuerte incluso que el apego a la vida, ese amor tan grande viene de Dios y nos sirve como un retrato para descubrir la increíble, la inagotable ternura y fuerza del amor con el que Dios nos busca, nos quiere limpiar, nos quiere sanar, nos quiere cuidar y quiere que crezcamos en su presencia y ante Su Rostro.

Una vez en Alemania, sucedió un accidente. Un tren cargado de pasajeros se salió de la carrilera en un puente sobre un rio, varios vagones, desde luego de muchas toneladas de peso, cayeron al agua, se hundieron. Las aguas no eran muy profundas, pero se hundían en el barro y, desde luego, se estaba produciendo una catástrofe, iba muriendo la gente. Mientras las aguas invadían uno de los vagones, dos papás estaban cuidando de su hija, la única hija que tenían. La niña era paralítica. Entonces ellos, desesperados de pensar que la niña paralítica se fuera a ahogar, lucharon y lucharon para sacarla a flote, porque sabían que ella no podía andar, no podía nadar. Cuando llegaron los cuerpos de socorro, encontraron a la niña que alcanzaba a salir, la cabecita de la niña alcanzaba a salir del agua y ella estaba viva, aunque con una temperatura muy baja y un shock nervioso terrible, pero los papás se habian ahogado. Los cadáveres de los papás estaban sosteniendo a la niñá para que pudiera respirar. Se habian muerto ellos cuidando de la paralítica.

Ese amor, ese heroísmo de amor, nos invita a pensar en la potencia del amor que Dios nos tiene. Dios no tiene por nosotros un sentimiento cualquiera, es una potencia de amor, y Él ha demostrado en su Hijo Jesucristo que, lo mismo que esos papás que se dejaron ahogar por darle vida a la niña, eso mismo hace Dios por nosotros. Eso es Criso. Cristo fue anegado, Cristo fue ahogado por las aguas turbulentas, por el diluvio del pecado, del dolor y del ataque del demonio. Cristo soportó esa inundación de amor por sacarnos a flote a nosotros.

Este es el primer punto que hay que destacar: Cuánto me ama el Señor. Sobre tu cadáver, sobre tu muerte, Tú has querido darnos vida. Ese es el tamaño del amor que Dios nos tiene.

Y aquí aprendemos también otra cosa: Dios nos mira a nosotros como pequeñitos. Esto también lo podemos entender a partir de las experiencias de los papás y mamás. Si una mamá tiene noventa años y el hijo tiene setenta años, la mamá todavía mira al hijo pequeñito, aunque ya ese hijo seguramente es abuelo, pero todavía lo mira como pequeñito, lo cual tiene mucha ternura, pero tiene el problema de que lo regaña con facilidad. Y uno se encuentra con mamás de ochenta y tantos años regañando a los hijos de sesenta y tanto: "porque yo sigo siendo tu mamá", y ese es todo el argumento. Siguen siendo pequeñitos. Eso quiere decir que la experiencia de este amor, la manera de este amor divino es algo que siempre vela por nosotros como la mamá vela por el bebé que no puede hacer nada. Por eso cuidamos tanto a los niños pequeños, porque no pueden hacer mucho por sí mismos, porque una mamá no dejaría a un niño de dos años, por ejemplo, de año y medio, porque no lo dejaría solo en la casa, porque sabe que el niño corre muchos peligros y que el niño no puede ayudarse. Esa es la mirada hacia un pequeñito: él corre peligro y él no puede hacer mucho por sí mismo.

Nosotros a veces creemos que ya nos hemos vuelto grandes. Creemos que somos grandes, por qué, porque tenemos fuerzas, porque tenemos inteligencia, porque hemos aprendido a resolver problemas. Pero no caemos en cuenta que todo eso que tenemos para resolver los problemas, todo eso, nos lo ha dado Dios y nos lo está sosteniendo Dios. Con cuánta