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Sin embargo, esta interpretación escandaliza a los judíos: "¿Cómo puede Éste darnos a comer su Carne?" (''véase'' San Juan 6,52). Estas realidades no deben interpretarse sólo de una manera simbólica, como diciendo: "El que llega a Cristo, en Él lo tiene todo", sino que ese llegar a Cristo supone también la ofrenda verdadera de su Carne en la Cruz y la presencia verdadera de su Carne en nuestro sacramento.
 
Sin embargo, esta interpretación escandaliza a los judíos: "¿Cómo puede Éste darnos a comer su Carne?" (''véase'' San Juan 6,52). Estas realidades no deben interpretarse sólo de una manera simbólica, como diciendo: "El que llega a Cristo, en Él lo tiene todo", sino que ese llegar a Cristo supone también la ofrenda verdadera de su Carne en la Cruz y la presencia verdadera de su Carne en nuestro sacramento.
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En efecto, si no se tratara de algo tan concreto, de algo, podríamos decir, tan maravillosamente real y cercano, Jesús hubiera podido sanar muy fácilmente la confusión en la que se encontraban estos judíos, hubiera podido decir que se trata de un símbolo, de un enigma, de una parábola, alguna cosa así parecida.
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Pero, Jesús, más bien radicaliza las palabras y dice: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre, habita en mí y yo en Él" (''véase'' San Juan 6,56).
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No hace aclaraciones que no vienen al caso, sino que, en cambio, deja expuesto el tamaño de su amor que llega hasta éso, hasta la presencia real, concreta, hasta la presencia adaptada a nuestra miseria.
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¿Por qué está Cristo real y verdaderamente presente en la Eucaristía? Porque nuestro ser está hecho, no sólo de los ideales de la mente, de los anhelos del corazón, sino también de este cuerpo que tenemos y de estos sentidos que son el comienzo de todo nuestro conocimiento, incluso cuando se trata de las cosas más espirituales.
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Todo conocimiento empieza por los sentidos, y toda nuestra manera de estar en el mundo, de relacionarnos con los otros, tiene que ver con el cuerpo.
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''Recibiendo, pues, el Cuerpo de Cristo, recibimos amor de Dios a nuestra medida, recibimos providencia de Dios concorde y del tamaño de nuestra necesidad, de nuestra indigencia.''
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Recibamos, entonces, con esta profunda gratitud al Sacramento Eucarístico, y recibamos en ese sacramento la realidad que va más allá de las especies: la comida que es comida de verdad y la bebida que es bebida verdad.

Revisión del 00:17 2 ago 2009

Fecha: 20000820

Título: "Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida"

Original en audio: 5 min. 32 seg.


Aquella frase de Jesús en el evangelio que acabamos de escuchar, es como el centro de la enseñanza de hoy, según parece. "Mi Carne es verdadera comida y mi Sangre es verdadera bebida" (véase San Juan 6,55), dice esta traducción.

Cambiando ligeramente las palabras sin cambiar el sentido, podríamos decir: "Mi Carne es comida de verdad y mi Sangre es bebida de verdad".

Y la primera lectura nos habló de lo que es la verdadera comida, la que se sirve en el verdadero banquete, aquel banquete de la sabiduría, el banquete que nos hace partícipes de los pensamientos, de los proyectos, de los planes de Dios, y por tanto, de su voluntad en nosotros y en el mundo.

La segunda lectura, de algún modo, nos habla de esta verdadera bebida, porque precisamente en la abundancia de la Sangre de Jesucristo, nos hemos podido embriagar de amor.

Y como dice el mismo Apóstol San Pablo: "Bebiendo de este Cáliz, hemos bebido todos de un mismo Espíritu" (véase 1Corintios 12,13), hemos recibido la verdadera bebida, la que causa esa maravillosa embriaguez que no hace daño, sino que hace al corazón audaz y fuerte en el gozo.

"Mi Carne es comida de verdad" (véase San Juan 6,55), se dice en parte en contraste con las otras comidas, las que nosotros conocemos, ésas que hacen volver a sentir hambre. Y, "mi Sangre es bebida de verdad" (véase San Juan 6,55), se dice en contraste por esas otras bebidas que no terminan de saciar la sed.

Es como si nosotros, comiendo de unas y otras, estuviéramos esperando, estuviéramos anhelando, estuviéramos necesitando la comida de verdad. Y bebiendo de tantos líquidos, estamos como buscando esta bebida verdadera.

La comida de verdad es la que sacia al corazón humano. La bebida de verdad es la que tiene ese arte maravilloso para saber embriagar en santidad y amor al corazón humano, y calmar la sed profunda del alma.

Encontrar a Cristo como comida de verdad y como bebida de verdad, es encontrar en Él el lugar de descanso de todos nuestros anhelos, es encontrar en Él, cómo todo lo que nosotros esperamos, todo lo que nosotros queremos, tiene su plenitud y tiene al mismo tiempo su fuente en Él.

Sin embargo, esta interpretación escandaliza a los judíos: "¿Cómo puede Éste darnos a comer su Carne?" (véase San Juan 6,52). Estas realidades no deben interpretarse sólo de una manera simbólica, como diciendo: "El que llega a Cristo, en Él lo tiene todo", sino que ese llegar a Cristo supone también la ofrenda verdadera de su Carne en la Cruz y la presencia verdadera de su Carne en nuestro sacramento.

En efecto, si no se tratara de algo tan concreto, de algo, podríamos decir, tan maravillosamente real y cercano, Jesús hubiera podido sanar muy fácilmente la confusión en la que se encontraban estos judíos, hubiera podido decir que se trata de un símbolo, de un enigma, de una parábola, alguna cosa así parecida.

Pero, Jesús, más bien radicaliza las palabras y dice: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre, habita en mí y yo en Él" (véase San Juan 6,56).

No hace aclaraciones que no vienen al caso, sino que, en cambio, deja expuesto el tamaño de su amor que llega hasta éso, hasta la presencia real, concreta, hasta la presencia adaptada a nuestra miseria.

¿Por qué está Cristo real y verdaderamente presente en la Eucaristía? Porque nuestro ser está hecho, no sólo de los ideales de la mente, de los anhelos del corazón, sino también de este cuerpo que tenemos y de estos sentidos que son el comienzo de todo nuestro conocimiento, incluso cuando se trata de las cosas más espirituales.

Todo conocimiento empieza por los sentidos, y toda nuestra manera de estar en el mundo, de relacionarnos con los otros, tiene que ver con el cuerpo.

Recibiendo, pues, el Cuerpo de Cristo, recibimos amor de Dios a nuestra medida, recibimos providencia de Dios concorde y del tamaño de nuestra necesidad, de nuestra indigencia.

Recibamos, entonces, con esta profunda gratitud al Sacramento Eucarístico, y recibamos en ese sacramento la realidad que va más allá de las especies: la comida que es comida de verdad y la bebida que es bebida verdad.