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Revisión del 03:22 23 jul 2009
Fecha: 20070803
Tìtulo:
Original en audio: 35 min. 33 seg.
En transcripcion
Hermanos queridos:
Quiero referirme especialmente a la primera lectura tomada del libro Levítico, el libro Levítico está lleno de normas, lleno de prescripciones rituales, es un libro un poco complicado.
En medio de tantas leyes uno se pregunta cual es el mensaje que Dios tiene para nosotros en el día de hoy, incluso hay personas que sienten que todas esas prescripciones, toda esa legislación, puesto que ya es caduca, no significa nada para nosotros, pero eso sería despreciar las primicias de la revelación de Dios.
La carta de los Hebreos nos enseña algo que es muy importante, nos dice que hubo un proceso, Dios nos reveló su rostro, su amor y su salvación a través de un proceso, un camino, y en ese camino.
Dios nos fue guiando desde lo que antes era figura a lo que ahora es la realidad, Dios nos fue conduciendo desde la percepción de nuestras preguntas mas profundas al descubrimiento de sus respuestas hondas, hermosas y sabias.
Dios primero nos hizo descubrir nuestra hambre para después revelarse como pan que nos sacia. Dios es el gran pedagogo y por eso es El, el que nos guía a lo largo de las páginas de la Escritura, es El, el que nos va llevando desde la primera alianza, la alianza en Moisés hasta la última alianza la Alianza Nueva y eterna en Jesucristo.
Entonces, lo mismo que en una familia y en una pareja, tienen que recordar con amor y con agradecimiento los comienzos de su relación, los comienzos de su amor, así también nosotros tenemos que recordar con gratitud y con gozo los comienzos de la revelación del amor de Dios, podemos decir, que esos primeros momentos, esos primeros tiempos en que el empezaba a conquistar nuestro corazón.
Esto lo digo para que tengamos en muy alta estima también las lecturas del Antiguo Testamento y para que no vayamos a caer en la pereza que algunos cristianos católicos y no católicos tienen buscando, únicamente lo que es inmediatamente mas aplicable a la vida.
Esta lectura del Levítico, es un verdadero desafío para una persona como este servidor de ustedes, que les puedo yo decir de esas ceremonias que ya no tenemos, que les puedo decir de estos rituales que ya no se cumplen y sin embargo, había algo permanente ahí.
En el Concilio Vaticano II, uno de los documentos mas importantes, es la constitución Dei Verbum sobre la Sagrada Escritura y cuando esa constitución, ese documento conciliar nos habla del Antiguo Testamento, dice en primer lugar, sirve como anuncio, como figura, como comienzo, como podríamos decir, adelanto de lo que vendría en plenitud en el Nuevo Testamento; pero también nos dice que conserva un valor permanente; porque es tan palabra de Dios como es el resto de la Escritura.
Hay un valor permanente aquí y si nosotros clamamos el don del Espíritu Santo como lo hemos hecho hoy, podemos encontrar valores permanentes en estos textos. ¿De qué se trata ese capitulo 23 del Levítico? Es el establecimiento de las grandes fiestas de Israel, esencialmente de lo que se nos habla aquí es de la fiesta de la pascua, de la fiesta de las enramadas o lo que será después la fiesta de Pentecostés y de la fiesta o el día de la expiación, el día del arrepentimiento.
Y esas tres realidades las seguimos celebrando no como ellos; pero siguen siendo permanentes para nosotros, tenemos que celebrar la Pascua, porque nosotros hemos sido liberados mejor que ellos; porque ellos salieron de una esclavitud temporal, la de Egipto, mientras que nosotros hemos sido salvados para siempre de la pésima esclavitud del pecado y del demonio.
Entonces, esto que aparece aquí, esta pascua nos interesa y nos interesa saber que pascua quiere decir libertad, libertad de la esclavitud. Y también nosotros tenemos la fiesta de las enramadas que tenía dos dimensiones, era fiesta de cosecha por una parte, por eso las enramadas, y por otra parte era la fiesta de la promulgación de la Ley.
Y estas dos cosas nos interesan mucho, descubrir que con el rocío del espíritu por fin nuestra vida se vuelve fecunda, solo aquel que ha acogido el espíritu en el pentecostés nuestro, en ese pentecostés que estaba prefigurado aquí, sólo a través de ese pentecostés uno descubre que la vida es fecunda, que vale la pena esforzarse, que vale la pena darlo todo, entregarlo todo por una causa.
Si hay algo que necesita la humanidad en nuestro tiempo, es esta gracia de Pentecostés, descubrir esta fecundidad, porque muchas personas agonizan sin encontrar para que son sus dolores, mucha gente agoniza sin saber si la vida humana es para algo mas que trabajar, trabajar y trabajar para luego consumir, consumir y consumir, mucha gente no encuentra un sentido de la vida mas allá de eso, sienten que la vida es como una payasada, como un juego que nunca termina, no encuentran un significado y una fecundidad a su vida, eso lo da pentecostés.
El espíritu toma eso que es nuestra vida lo empapa con agua que viene del cielo, lo quema con fuego que viene del cielo, lo levanta con viento que viene del cielo y dice, tu que pensabas que tu vida no valía nada, mira hasta donde eres fecundo, mira lo que puede hacer tu sonrisa, tu palabra, el trabajo de tus manos.
De modo que necesitamos esa dimensión de fecundidad que aparece ahí, ellos celebraban cosecha, celebraban fecundidad y nosotros también la celebramos pero no una fecundidad de una cosecha que terminamos de comernos en algún momento, en algún mes o semana. Celebramos la cosecha, que como dijo Jesús en su discurso a los discípulos no termina jamás, fruto que permanezca esa es la fecundidad nuestra.
La fiesta de las enramadas o de pentecostés era también la fiesta de la promulgación de la ley, el pueblo de Israel se gozaba de saber que tenía la guía, la sabiduría, la corrección, el consuelo de la palabra de Dios, y eso también lo necesitamos nosotros.