Diferencia entre revisiones de «Bo14002a»

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Queridos Hermanos:
 
Queridos Hermanos:

Revisión del 19:55 24 jun 2009

Fecha: 20030706

Título:

Original en audio: 10 min. 40 seg.


                     CONTINUARÁ LA TRANSCRIPCIÓN

Queridos Hermanos:

Lo más lógico sería decir que uno habla para que lo escuchen. Pero la primera lectura y el evangelio de hoy nos muestran que no siempre sucede así.

A veces hay que hablar, no para ser escuchado, sino para que quede el testimonio de que se habló.

Este uso extraño de la palabra, es lo que nos encontramos en la primera lectura del profeta Ezequiel. Dios le dice dos cosas: que hable, y que no lo van a oír. Parece absurdo, ¿por qué lo manda a hablar si no lo van a oír? Porque es que el profeta no solamente habla con sus palabras, sino habla con el hecho de su presencia, de su ministerio.

Podríamos decir que antes que sus palabras, es su existencia misma la que habla. Y no hay que desconfiar del poder que tenga esta otra palabra que es el haber hablado; no lo que uno dice, sino el hecho de haber dicho. Son dos niveles de la plabra. Un nivel es lo que uno dice, otro nivel es el hecho de haber hablado, el hecho de haber dicho.

Por ejemplo, como sacerdote uno tiene la oportunidad de estar cerca de la historia de muchas personas, a través del sacramento de la Confesión; y muchas veces pasa, que la gente, en la confesión, se siente movida por las palabras de los muertos, es decir, por palabras que escuchó a personas que ya no están: "Como decía mi abuelita", "mi tía sí me había dicho, "mi papá me repetía".

Son palabras de muertos porque ya esas personas no están, y todas esas personas hablaron aparentemente en vano, aparentemente esa palabra se perdió, porque fue rechazada.

Un gesto de desprecio de un muchacho hacia el papá: "Estas son bobadas de mi papá", "estas son chocheras de mi mamá", "estos son los caprichos de mi abuela". Pero el tiempo pasa y después resulta que esas palabras, que no fueron oídas, esas palabras adquieren después su sentido, su significado.

De manera que la primera enseñanza que sacamos es que tenemos que hablar, no para el presente, tenemos que hablar para el futuro. No le hablemos solamente al niño que tenemos cerca, hablémosle ya a ese adulto, que tal vez no veremos, pero que un día llegará a ser.

Las palabras que nosotros damos, son como semillas que a veces pueden tardar muchísimos años en florecer y fructificar, pero hay que darlas.

En otro sentido, de pronto un poco más doloroso, no sólo hay que hablar por si algún día florece, sino porque el rechazo que sufre el profeta, también tiene un efecto en la conciencia de la persona que lo rechaza.

Esta es una cosa un poco, qué diríamos, dramática, ¿no? Pensemos en el caso del centurión que estaba junto a la cruz de Jesucristo. Ese centurión estaba velando ahí, para que se cumpliera la condena; es decir, su tarea era completar el sacrificio de Jesús. Completar la tortura hasta la muerte de ese condenado.

Cuando Jesús muere, dando un grito, este hombre comprende algo. Es decir, el profeta destruido, el rostro triste, la vida que aplastamos, también se convierte en un mendaje.

A ver, que el Espíritu Santo me ayude a tratar de expresar esto que quiero decir.

Las personas a las que hacemos daño, no solamente reciben ese daño, sino que nos envían un mensaje; el que es lastimado, el que es destruido, en su misma destrucción, en su destrucción inocente, nos envía un mensaje que a veces puede romper nuestro corazón, que a veces puede cambiarnos.

Ese es el sublime lenguaje que tiene Jesús en la Cruz. Cuando le vemos ya destruido por nosotros, así como el centurión lo vio destruido por su trabajo; cuando lo vemos ya destruido, algo se destruye en nosotros; cuando ya vemos a Cristo roto, algo se rompe en nosotros.

Esto se parece a lo que sucede con esos otros Cristos de unos cuantos centímetros, que son los fetos, que son los abortados. Cuando conocemos qué le sucede al niño abortado, cómo se destruye esa vida, algo se rompe en nosotros, un dolor surge en nosotros y un deseo irreprimible de defender la vida.

De manera que nosotros tenemos que estar dispuestos a hablar no solamente el lenguaje de las palabras, o el lenguaje de la presencia, sino también el lenguaje de nuestro cuerpo roto, de nuestra vida malograda. También nuestra vida rota se convierte en un mensaje para los demás. Esa vida rota, esa vida malograda.

Hay un ejemplo del ministerio del Papa. El Papa no siempre ha sido bien recibido. Hay unas dos ocasiones en que ha tenido que soortar burlas o rechiflas sumamnete diras, humillantes. 6:00....