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Y nosotros vemos, en este siervo de Dios, en esta figura del siervo una clave de lectura maravillosa para interpretar, para leer los acontecimientos de la Pasión. | Y nosotros vemos, en este siervo de Dios, en esta figura del siervo una clave de lectura maravillosa para interpretar, para leer los acontecimientos de la Pasión. | ||
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| + | En todas estas oportunidades, seguramente nos sentimos confundidos, y este verbo se utiliza de varias maneras en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, hay una confusión que es buena, no siempre es malo confundirse, hay una confusión que es buena, y es la que se siente cuando nos encontramos ante la santidad de Dios, ante la bondad de Dios. | ||
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Revisión del 19:57 26 mar 2009
Fecha: 20030416
Título:
Original en audio: 28 min. 10 seg.
CONTINUARÁ LA TRANSCRIPCIÓN...
En la primera lectura aparece nuevamente esta figura del siervo de Yavhé, el siervo de Dios, que es como la imagen de la verdadera obediencia al plan divino; es el elgido para traer, para realizar el plan, el designio de Dios para Israel y para las naciones.
Y nosotros vemos, en este siervo de Dios, en esta figura del siervo una clave de lectura maravillosa para interpretar, para leer los acontecimientos de la Pasión.
Es muy interesante ese verbo que se utiliza en la primer lectura, eso de "no voy a quedar confundido, no quedaré defraudado, no quedaré confundido", porque este verbo hebreo se utiliza muchas veces en el Antiguo Testamento y es la expresión de aquel momento, de aquella circunstancia que nos sobrepasa, que no podemos manejar.
La confusión es la incapacidad de la mente para abordar un problema, es sentir que cualquier razón que se diga o que se dé resulta insuficiente. Y es impresionante ver en esa imagen del siervo como le cae encima todo, es decir, los golpes, los insultos, los ultrajes, y o queda confundido.
Este es el hecho que queremos meditar un poco, porque en nuestra vida pasan cosas así, y nosotros quedamos confundidos. Por ejemplo, cuando uno intenta hacer una cosa bien y le sale mal; cuando uno pone lo mejor de su parte y no logra nada; cuando uno trata de acercarse a otra persona y sólo recibe rechazo.
Cuando los juicios que caen sobre noostros no tienen en cuenta para nada nuestras intenciones, sino que únicamente se nos mide por la calidad de los resultados; cuando hacemos propósitos, pero luego resultamos débiles para cumplirlos, y sentimos que somos un manojo de contradicciones.
En todas estas oportunidades, seguramente nos sentimos confundidos, y este verbo se utiliza de varias maneras en el Antiguo Testamento. Por ejemplo, hay una confusión que es buena, no siempre es malo confundirse, hay una confusión que es buena, y es la que se siente cuando nos encontramos ante la santidad de Dios, ante la bondad de Dios.
Y sentimos que nuestras obras, que nuestras palabras, que nuestros propósitos rotos, que la mezquindad de nuestras metas, que todo lo que somos se queda corto y es casi ridículo ante Dios. "Me confunde tu bondad, Señor, me deja humillado", es una confusión que nos humilla, y esta confusión es buena.
Porque es como un quebrantamiento de nuestramente, que no soporta más ese nivel de misericordia; hasta cierto punto nuestros pensamientos y nuestra capacidad de justificarnos forman como una represa, y Dios sonríe, y empieza a llenar a esa represa de amor y de misericordia.
Y nosotros seguimos justificándonos, y Dios sigue dando más amor, hasta que un día ña represa se revienta porque uno dice: "¡Qué bobada tan grande estar pensando yo que soy bueno, cuando or juzgarme bueno me estoy perdiendo del juicio de Dios que me salva! Mis justificaciones no dejan a Dios que me justifique".
En ese momeno dejamos de justificarnos, descubrimos quiénes somos, se rompe la represa y un diluvio saludable de amor nos invade, seguramente con un llanto de arrepentimiento pero también de gozo.
Entre los Padres de la Iglesia será sobre todo San Agustín quien tenga unas palabras bellísimas de amor, de ternura para contar y para cantar esta confusión, este abajamiento, este rendimiento de nuestra mente que entrega sus armas a Dios y le dice: " No te entiendo, no sé por qué me amas tanto, no sé por qué has llegado hasta allá".
La misma idea la describe Santa Catalina de Siena cuando habla de ese "estamos trocados, Señor, yo soy el ladrón y tú eres el ajusticiado; ¡aquí qué pasa? ¿Por qué tanta dureza con un inocente, mientras yo voy oronda y tranquila, libre de todo mal y peligro"