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''Y esta palabra misericordia es el más profundo amor al ser humano y es la más profunda oblación al Dios creador del ser humano.''  
 
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Cristo ama al ser humano a pesar del ser humano, podríamos decir. Y esa frase que dijo al despedirse de esta tierra: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” (''véase'' San Lucas 23,34), es lo mismo que decir: “Los amo pero ellos no saben por qué los amo, no los amo ni por la fuerza de sus brazos, ni por el rigor de su martillo, los amo más allá de sí mismos, los amo porque los amo”.  
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Cristo ama al ser humano a pesar del ser humano, podríamos decir. Y esa frase que dijo al despedirse de esta tierra: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” [[:Category:Lucas 023_034|San Lucas 23,34]], es lo mismo que decir: “Los amo pero ellos no saben por qué los amo, no los amo ni por la fuerza de sus brazos, ni por el rigor de su martillo, los amo más allá de sí mismos, los amo porque los amo”.  
  
 
Este amar porque se ama, del que habla tan hermosamente San Bernardo en algún lugar, este amarse porque se ama, es el que hace las obras grandes en la Iglesia. Las simpatías y amistades, las camaraderías, el gusto por estar con la gente, todo eso tiene poco alcance.
 
Este amar porque se ama, del que habla tan hermosamente San Bernardo en algún lugar, este amarse porque se ama, es el que hace las obras grandes en la Iglesia. Las simpatías y amistades, las camaraderías, el gusto por estar con la gente, todo eso tiene poco alcance.
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Revisión del 00:13 6 feb 2009

Fecha: 19970109

Título: La presencia de Dios esta en cada hermano

Original en audio: 8 min. 54 seg.


Es una noticia muy hermosa, pero también es una responsabilidad muy grande. Es una buena noticia, pero a veces tiene cara de tragedia, eso de que el rostro más parecido a Dios que podemos hallar en esta tierra sea el rostro del hermano.

Esto significa que amar a Dios tiene un camino y ese camino es el hombre, pero también significa, que ese camino no acaba, porque hay que amar al hombre hasta que ese hombre, resplandezca como el Dios que le creó.

Amar al ser humano no es simplemente satisfacer al impulso de misericordia, de simpatía, de solidaridad. Amar al ser humano es amarlo más allá de sí mismo, más allá de lo que él sabe de él, más allá de lo que él espera de sí mismo. Amar al ser humano es sumergirse en ese pozo que tiene aguas de todos los colores y de todos los olores, hasta tocar el fondo mismo en el que está impresa la imagen de Dios.

No se separan el amor a Dios y el amor al prójimo, cuando en ese prójimo se ama la imagen de Dios desfigurada por el pecado y a Dios se le ama como fuente del ser del prójimo.

Por esta razón, entrar a amar al ser humano, y entrar a colaborar con que él sea persona, es entrar en un camino infinito, un camino en el que pronto nos perdemos, si nos dejamos guiar solamente por nuestros gustos, o por lo que dice la ciencia, o por lo que dice esa persona de sí misma.

¿Hasta dónde hay que amar a una persona? Hay que amarla hasta poder tocar en ella la mano de Dios que la creó. Esta fue la manera como nos amó Jesucristo, el amor de Cristo no es un amor por simpatía.

Es que a Él le caía bien la gente, si uno mira más despacio el Evangelio, descubre que probablemente el temperamento de Cristo era incluso un poco agrio: “Que torpes sois para entender” San Marcos 8,17, dice en algún lugar, y en otro: “Hasta cuándo tendré que sufriros” San Mateo 17,17, y en otro: “Si no entendéis esta enseñanza, ¿cómo vais a entender las otras?” San Marcos 4,13.

Cristo no quiere a la gente por que le caiga bien la gente, porque le simpatice la gente, porque necesite de la gente. Cristo quiere a la gente con un sólo amor, Cristo nos ama con un sólo y profundo amor, que parece que sólo puede expresarse con la palabra misericordia.

Y esta palabra misericordia es el más profundo amor al ser humano y es la más profunda oblación al Dios creador del ser humano.

Cristo ama al ser humano a pesar del ser humano, podríamos decir. Y esa frase que dijo al despedirse de esta tierra: “Perdónalos porque no saben lo que hacen” San Lucas 23,34, es lo mismo que decir: “Los amo pero ellos no saben por qué los amo, no los amo ni por la fuerza de sus brazos, ni por el rigor de su martillo, los amo más allá de sí mismos, los amo porque los amo”.

Este amar porque se ama, del que habla tan hermosamente San Bernardo en algún lugar, este amarse porque se ama, es el que hace las obras grandes en la Iglesia. Las simpatías y amistades, las camaraderías, el gusto por estar con la gente, todo eso tiene poco alcance.

Sólo cuando el corazón humano se levanta a la altura de la palabra misericordia, cuando está dispuesto a amar porque sí, y hasta el fondo, y hasta el final, sólo ahí es posible que suceda algo realmente nuevo en los demás.

Los demás, que aman porque les aman, tendrán que escuchar la palabra dura de Cristo: ¿Qué mérito tenemos? “-A mí me encanta trabajar con la gente.” “-Poco será su mérito y poca será su obra”.

Es muy posible que resulten más fecundas las obras de personas aparentemente más hurañas, aparentemente más lejanas.

Cuando uno piensa, por ejemplo, en el modo de ser, en el carácter de San Luis Bertrán, tenía todo para no ser lo que fue, no era un hombre agradable, no era un hombre simpático, no era un hombre al que le gustara demasiado tratar con la gente.

Pero, es que no son las virtudes humanas las que marcan el apostolado, incluso hasta cierto punto lo pueden distraer, porque uno puede estar tan encantado riéndose con las personas y viéndoles la carita que no las evangelice.

El problema es que acontezca la gracia, el problema es que la persona, rompiendo su corazón, pueda nacer desde el fondo de su ser a esa verdad última que Dios quiso para ella y probablemente estaba velada.

El Evangelio no es asunto de simpatía, ni tampoco de técnicas, es un amor sublime, penetrante, es un amor quemante que trasciende al evangelizador y el evangelizado.

Este género de amor, entonces, no puede brotar de nuestro corazón, y por eso sólo sucede el Evangelio cuando sucede en el Espíritu: “El Espíritu del Señor está sobre mí” San Lucas 4,18, dice Jesucristo, como preludiando su gloria, aquí en el evangelio de Lucas: “El Espíritu del Señor está sobre mí” San Lucas 4,18.

Es ese amor, esa misteriosa comunicación del amor de Dios, que envuelve a evangelizador y evangelizado, es esa comunión de amor la que logra que depronto el corazón se recaliente y se recaliente hasta explotar. Y cuando explota, de su interior, de esos trozos de una vida que parece perdida, de esos trozos aparece una nueva creatura.

Cristo es experto en esto de hacer explotar a las personas, en esto de llevarlas hasta su límite, en esto de mostrarles de qué manera Dios las ama más allá de sí mismas.

Es hermoso recordar aquí, por ejemplo, aquel pasaje de la pesca milagrosa, en el que Pedro se queda viendo un chispero, y más allá de sí mismo, se postra, y sin saber lo que dice, exclama: “Señor, apártate de mí que soy un pecador” San Lucas 5,8.

Mientras no suceda eso en el evangelizado, probablemente estamos sólo con la simpatía, estamos sólo con las amistades que son buenas, que son bonitas, pero que son poco fecundas para el tamaño de la obra, para la inmensa cosecha que nos espera.

Venga, entonces, sobre nosotros, este diluvio del amor divino. Venga sobre nosotros este fuego, en primer lugar, a reventar y a quemar tantas cosas en nosotros.

Vuelve a mi mente San Luis Bertrán, no sé porque lo recuerdo tanto hoy, vuelve a mi mente Luis Bertrán, que le rogaba al Señor: “Quémame, quémame aquí, aquí corta, quema, haz lo que tengas que hacer tú conmigo, pero de modo que en mí se pueda realizar tu voluntad, de modo que en mí se pueda cumplir tu Evangelio”.

Pues que también nosotros nos entremos a esa sala quirúrgica, que también nosotros nos entremos a ese horno, y así, ardiendo, seamos antorchas de Evangelio para el mundo.