Diferencia entre revisiones de «Visi001a»
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| − | Juan el Bautista era un niño | + | Juan el Bautista era un niño imposible de venir, imposible de nacer, imposible de ser engendrado. |
Es un niño engendrado en el atardecer del mundo, es el niño engendrado cuando ya no hay vida, es el niño engendrado cuando ha llegado la vejez y el alma está arrugada y la esperanza está marchita; es el niño engendrado después del absurdo, porque bien se ha cuidado Lucas de contarnos como Zacarías e Isabel eran justos en todos ante Dios. | Es un niño engendrado en el atardecer del mundo, es el niño engendrado cuando ya no hay vida, es el niño engendrado cuando ha llegado la vejez y el alma está arrugada y la esperanza está marchita; es el niño engendrado después del absurdo, porque bien se ha cuidado Lucas de contarnos como Zacarías e Isabel eran justos en todos ante Dios. | ||
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Decía San Agustín: “Tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva”. Eso lo podía decir San Agustín porque había pasado toda su juventud, podemos decir que toda su juventud, fuera del Señor. | Decía San Agustín: “Tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva”. Eso lo podía decir San Agustín porque había pasado toda su juventud, podemos decir que toda su juventud, fuera del Señor. | ||
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Así es engendrado Juan Bautista y así este Juan reconoce la cercanía de Jesús. | Así es engendrado Juan Bautista y así este Juan reconoce la cercanía de Jesús. | ||
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''Venga también a nosotros la visita de María y nos permita reconocer que, aún en aquello de nuestra vida que parece fracasado y absurdo, que parece que ya no dará fruto alguno, también ahí puede estar engendrado un nuevo gozo, un nuevo júbilo por el paso del Espíritu.'' | ''Venga también a nosotros la visita de María y nos permita reconocer que, aún en aquello de nuestra vida que parece fracasado y absurdo, que parece que ya no dará fruto alguno, también ahí puede estar engendrado un nuevo gozo, un nuevo júbilo por el paso del Espíritu.'' | ||
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Revisión actual del 18:05 14 ene 2009
Fecha: 19970531
Título: Juan Bautista, el nino del ocaso
Original en audio: 4 min. 20 seg.
Quiera Dios participarnos algo, algo y mucho de la alegría de Isabel; quiera Dios regalarnos un poco de ese Espíritu que colmó a esta y mujer para reconocer a la Madre del Mesías y para reconocer la cercanía del Evangelio; quiera Dios concedernos la alegría, el júbilo de Juan el Bautista, que con sólo presentir a Jesucristo saltó de gozo.
Juan el Bautista era un niño imposible de venir, imposible de nacer, imposible de ser engendrado.
Es un niño engendrado en el atardecer del mundo, es el niño engendrado cuando ya no hay vida, es el niño engendrado cuando ha llegado la vejez y el alma está arrugada y la esperanza está marchita; es el niño engendrado después del absurdo, porque bien se ha cuidado Lucas de contarnos como Zacarías e Isabel eran justos en todos ante Dios.
Pero estos justos se encuentran con el absurdo de su esterilidad y después del dolor del absurdo y después del sinsentido de la esterilidad, la alegría de este niño. Así también nosotros necesitamos reconocer a Jesús como en la tarde de nuestra vida.
Decía San Agustín: “Tarde te conocí, hermosura tan antigua y tan nueva”. Eso lo podía decir San Agustín porque había pasado toda su juventud, podemos decir que toda su juventud, fuera del Señor.
Pero si uno lo piensa bien, encontrase con Cristo es encontrarse con Aquel que sube del ocaso, es encontrarse con ese día que nace cuando debería nacer la noche.
Así es engendrado Juan Bautista y así este Juan reconoce la cercanía de Jesús.
Al final de nuestra vida, en el ocaso de nuestras esperanzas, Dios suscita una nueva fe, una gracia del Espíritu; cuando ya todo parece apagarse en la vida en Zacarías y en Isabel, Dios suscita un nuevo paso de su Espíritu, un nuevo gozo.
La mensajera es María, el instrumento es la Santísima Virgen, y a través de Ella y con Ella y junto a Ella, el gozo del Evangelio.
Venga también a nosotros la visita de María y nos permita reconocer que, aún en aquello de nuestra vida que parece fracasado y absurdo, que parece que ya no dará fruto alguno, también ahí puede estar engendrado un nuevo gozo, un nuevo júbilo por el paso del Espíritu.
También ahí puede ser engendrada esa fe que sabe reconocer a Cristo, que sabe bendecirlo, que sabe proclamarlo, que sabe, en fin, convertirse en Evangelio.