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Bueno, estos ejemplos, tomados así furtivamente de la historia de la Iglesia, estos ejemplos nos muestran que, efectivamente, el sufrimiento tiene un modo de consagración y tiene un modo de perfeción. | Bueno, estos ejemplos, tomados así furtivamente de la historia de la Iglesia, estos ejemplos nos muestran que, efectivamente, el sufrimiento tiene un modo de consagración y tiene un modo de perfeción. | ||
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Y uno también ve que aquellas personas que nunca han tenido problemas, que nunca tienen una enfermedad, ni una estrechez económica, ni una angustia, ni nada, esas personas que son como consentidas, relamidas de la vida, esas personas difícilmente desarrollan la humildad, desarrollan la misercordia, desarrollan el hambre de Dios. | Y uno también ve que aquellas personas que nunca han tenido problemas, que nunca tienen una enfermedad, ni una estrechez económica, ni una angustia, ni nada, esas personas que son como consentidas, relamidas de la vida, esas personas difícilmente desarrollan la humildad, desarrollan la misercordia, desarrollan el hambre de Dios. | ||
Revisión del 20:44 6 ene 2009
Fecha: 19990112
Título:
Original en audio: 23 min. 42 seg.
Dice la constitución Dei Verbum, de Vaticano Segundo, que Dios se reveló por medio de obras y por medio de palabras. Esto se nota bien en las lecturas que la Iglesia nos presenta en este día.
Mientras que el evangelio nos manifiesta o deja de manifiesto obras maravillosas de Jesucristo, la Carta a los Hebreos reflexiona sobre esa preciosa enseñanza, esa preciosa teología del Padre que es jesucristo. Jesús es al mismo tiempo la Palabra que ilumina y la Palabra que transforma.
Es una Palabra que se dirige a nuestro entendimiento, pero también es una Palabra que hace posible el mismo entender; una Palabra que obra y una Palabra que enseña.
En este caso, quisiera yo referirme sobre todo a la Carta a los Hebreos. Hay una comparación con los Ángeles y luego hay un par de misterios que asoman en este texto que hemos escuchado. Primero, cómo se da ese cambio entre el hombre que estaba como inferior a los Ángeles y que luego recibe el que le sean sometidas todas las cosas. Ese es el primer misterio. ¿Cómo se da ese ascenso?
Y segundo, visto que se trata de un ascenso, ¿qué lugar tiene el sufrimiento dentro de ese cambio, dentro de esa promoción, esa evolución del ser humano, que ya contemplamos en Jesucristo, pero que también la creemos posible para nosoros? Porque dice, en efecto: "Dios juzgó conveniente, para llevar a una multitud de hijos a la gloria, perfeccionar y consagrar con sufrimientos al Guía de su salvación" (véase Carta a los Hebreos 2,10).
Esto suscita una pregunta. No habíamos pensado tal vez en que el sufrimiento fuera una manera de consagrarse uno, y no habíamos pensado tal vez en que el sufrimiento fuera una manera de perfeccionarse. En relidad nuestras dos inquietudes quedan ahí como resumidas.
Mire usted que tenemos a Jesucristo, y el camino de ascenso, que incluso supera a los Ángeles, es el camino del sufrimiento, es como una especie de doble paradoja. ¿Cómo así que es el sufrimiento el que hace esa obra, el que perfecciona y el que consagra? Cuánta importancia pueda tener, entonces, la Pasión de Cristo, queda ahí ante nuestros ojos. Porque la Pasión de cristo es, sin duda, el culmen de ese sufrimiento, que entonces perfecciona y consagra.
Pero nos preguntamos, ¿esto cómo es? El Santificador y los santificados proceden todos del mismo; el santificador, el que hace santos, indudablemente se refiere a Jesús; y los santificados, indudablemente se refiere a nosotros, los que creemos en Jesús. Y esa procedencia, ese de dónde proceden, evidentemente se refiere a Dios, porque ha dicho que, "Dios es aquel para quien y por quien existe todo" (véase Carta a los Hebreos 2,10).
Entonces, ahí tenemos una inquietud, ahí tenemos una pregunta: ¿cómo puede el sufrimiento perfeccionar, cómo puede el sufrimiento consagrar? Tal vez ese texto no lo hemos explotado suficientemente, ¿qué tal eso: una consagración por el sufrimiento? ¿O qué tal esto otro: personas consagradas en el sufrimiento?
Tal vez a eso ayudan las llamadas "almas víctimas", ¿qué es un alma víctima? Eso a veces suena por ahí en círculos piadosos o místicos, pero de ahí no suena más un alma víctima. A veces en los monasterios se escucha este deseo: "Padre, quiero ser un alma víctima".
Es muy importante la palabra alma porque si sólo quiere ser víctima, es posible que más bien quiera que la traten como víctima. Ahí debe haber algo: la consagración a través del sufrimiento. Sigámosle la pista. En la antigua Iglesia, cuando se realizaba el sacramento de la Confesión, pues no era según nuestra costumbre actual, estoy hablando de los primeros siglos.
La Confesión no era privada, propiamente dicho, la Confesión era más bien pública, era solemne y era administrada casi sólo por el obispo; era el obispo el que administraba este sacramento, y lo administraba en fechas señaladas, usualmente en la Pascua. Entonces, ante ciertas faltas doctrinales o de costumbres, muy graves, las personas entraban en un proceso, en un camino de reconciliación.
Y ese camino de reconciliación les llevaba a tomar un estado de vida, ese estado de vida era el orden de los penitentes; empezaban a hacer penitencia, y hubo lugares en donde había el hábito de los penitentes. Entonces, por ejemplo, en la Santa Misa, pues asistía el pueblo de Dios, claro, y en cierto lugar había un grupo de personas con un sayal tosco, un poco marginadas en cierto sentido del resto de la asamblea, en actitud recogida, humilde, ¿quiénes eran? Los penitentes.
Y esto duraba semanas, duraba meses, a veces, y casos se conocían que duraba años, hasta que llegaba el gran día de la reconciliación. Ese gran día, entonces el obispo presentaba a estas personas ante la comunidad y toda la gente sabía de quiénes se trataba: se trataba de los que habían hecho penitencia durante ese tiempo, ellos habían sido consagrados por el sufrimiento; el sufrimiento, la penitencia les había dado un rostro particular dentro del pueblo de Dios.
Y estos penitentes se presentaban ante el obispo, y el obispo, después de decir las palabras correspondientes, recordando a todos de la misericordia y de la gracia de Cristo y del poder que daba la Iglesia para absolver pecados, absolvía efectivamente a estos, que entonces podían recobrar una vestidura blanca, señal de su bautismo, y quedaban reconciliados, y era fiesta en la Iglesia.
En ese tiempo, el pueblo de Dios podía como mirar muy claramente con sus propios ojos la realidad de aquello del hijo pródigo: "Este hijo estaba muerto y ha vuelto" (véase San Lucas 15,32). Hoy, la manera de confesarnos, quizá es demasiado privada; casi nadie sabe cuándo uno se confiesa, si no se confiesa, con quién se confiesa, cómo se confiesa, de qué se confiesa.
Lo del sigilo sacramental tiene mucho sentido, pero yo soy uno de los que piensa que debería de algua manera la Iglesia recobrar las expresiones públicas de sufrimiento, de penitencia, porque ahí está la Carta a los Hebreos, que habla de que el sufrimiento consagra, hay una consagración por el sufrimiento.
Y las personas, los creyente de aquella época iban teniendo como una evolución; a medida que pasaba el tiempo iban teniendo una evolución con esos penitentes. Usualmente se trataba de faltas graves, por ejemplo, haber tergiversado la fe, haber enseñado mal, haber apostatado, haber renegado de Dios, haber cometido adulterio, cosas así.
Pues bien, las personas empezaban mirando ese dolor de esos penitentes como una especie de castigo, indudablemente se podía ver así tal vez, "que tengan su merecido". Pero el tiempo pasa, las semanas pasan, los meses pasan, y esos humildes, que iban con hábito humilde, esos humildes ya no suscitaban expresiones de rabia y de castigo, sino más bien expresiones de misericordia.
Porque toda la asamblea se daba cuenta de que pasaban las semanas y estas personas perseveraban en sus ayunos, perseveraban en sus penitencias, no podían comulgar, se retiraban silenciosa y humildemente del templo, entonces ya no suscitaban el anhelo del castigo sino un sentimiento de compasión, que hacía que toda la Iglesia pudiera de alguna manera participar del corazón de Papá Dios.
Y pasaba el tiempo, y cuando llegaba ya el momento de la reconciliación, cuando ya era el momento último, y cuando ya se veían las lágrimas de gozo en estos penitentes que se iban a reconciliar, entonces se veía ahí como el rostro de jesucristo. Esos rostros, demacrados por la tristeza, avergonzados, macerados por los ayunos, esos rostros ya eran como el rostro del Crucificado, eran rostros en los que se veía la perfección que había traido el sufrimiento.
Y entonces, esos que habían sido los últimos, esos que habían sido los peores y los más exluidos, el día de su reconciliación eran como imágenes vivas de Jesucristo, y así los podía recibir la Iglesia.
La práctica penitencial que tenemos hoy por hoy es muy pobre en ese sentido, es muy pobre. Claro, siempre es Jesús el que hace la obra, siempre es su gracia. Cuando nos confesamos, es Él el que hace la obra, pero cuánto le hace falta a la Iglesia, cuánto, por Dios, le hace falta a la Iglesia recuperar estas expresiones, que de algún modo habrá que recuperarlas, porque en ellas aparecía y en ellas aparecerá el rostro de Jesús.
Catalina de Siena era hermana de penitencia, ellas eran consagradas por el sufrimiento. Así como el sacerdote es consagrado para que consagre, es consagrado para que enseñe, es consagrado para que pastoree, así estas mujeres sentian que su consagración era casi como un sacramento, podríamos decir, ¿consagradas a qué?
Cosagradas a ser imágenes vivas de la Cruz. A que siempre pudiera contemplarse en la Iglesia el rostro de Jesús crucificado, a que siempre se pudiera ver, a que estuviera siempre, de algún modo, presidiendo toda la economía de la gracia dentro del pueblo de Dios. Eran hermanas de penitencia.
¿En qué quedaron las hermanas de penitencia? Pues muchas de ellas quedaron en los cielos, como Catalina de Siena, como Rosa de Lima, quedaron en los cielos. Pero ese género de vida se fue extinguiendo, ¿y por qué se extinguió? Porque se acabó también la predicación de la Cruz, porque se disminuyó el amor a la santidad, por eso desaparecieron esas formas de consagración.
Bueno, estos ejemplos, tomados así furtivamente de la historia de la Iglesia, estos ejemplos nos muestran que, efectivamente, el sufrimiento tiene un modo de consagración y tiene un modo de perfeción.
Uno como que puede entender un poquito más lo de que el sufrimiento perfeccione, lo puede entender por contraste, ya lo dice el salmo: "Antes de sufrir, yo andaba extraviado" (véase Salmo 119,67), y en otro lugar dice: "Me estuvo bien el sufrir, así aprendí tus justos mandamientos" (véase Salmo 119,71).
Y uno también ve que aquellas personas que nunca han tenido problemas, que nunca tienen una enfermedad, ni una estrechez económica, ni una angustia, ni nada, esas personas que son como consentidas, relamidas de la vida, esas personas difícilmente desarrollan la humildad, desarrollan la misercordia, desarrollan el hambre de Dios.
Yo no sé, es una cosa que ya está ahí en el Libro de los Jueces, ¿no? ¡cómo me impresiona aquella frase del Libro de los Jueces: "Cuando los hacía morir, lo buscaban"! (véas jueces). Sí, parece que es una condición del ser humano, heridopor las consecuencias del pecado original, que se necesite experimentar los propios límites, se necesita volver un poco a la tierra, dejar el polvo y saber uno de qué está hecho, para entonces entender como ciertas entrañas del Evangelio.
Y cuando ha faltado ese sufrimiento, cuando una persona no es consciente de sus propios límites, cuando la vida la ha consentido demasiado, la persona se mal acostumbra, se convierte conmo en su centro de intereses, difícilmente pone a Dios como verdadero Rey y Señor de su vida.
Es tan dificil encontrar personas que sean realmente acomodadas, por ejemplo en lo económico, y al mismo tiempo sean sinceramente piadosas y al mismo tiempo interesadas en una evangelización a todos, esto es difícilde conseguir, debe haber personas así, pero es muy difícil de encontrarlas.
Jesús dijo que eso era muy difícil y que era tan difícil, que más fácil era que entrara un camello por el ojo de una aguja. Eso se necesita que las personas experimenten el sufrimiento y ese sufrimientoles muestre sus límites.
Pero entonces nos preguntamos: "Bueno, y en el caso de jesús, en el caso de Nuestro Señor jesucristo, ¿por qué había que someterlo a ese tratamiento? ¿Por qué había que perfeccionarlo así? Porque todavía podemos decir en el caso nuestro, dadas las condiciones del pecado original y todo lo otro que venimos comentando; pero en el caso de jesucristo ¿por qué era necesario perfeccionarlo en le sufrimiento?"
Yo lo voy a describir con esta imagen, con esta comparación: nosotros somos echura de Dios y somos imagen de Dios, de alguna manera estamos todos puestos sobre las manos de Dios. Cuano llega el dolor, cuando llega el sufrimiento y arrasa con nuestra vida, de alguna manera deja a la vista esa imagen que etá en el fondo.
El sufrimiento en Jesucristo de algún modo fue como la dstrucción, como el vaciamiento de su ser; y elvaciamiento de su ser dejó a la vista la imagen más perfecta de Dios. Cristo, en la Cruz, es el ser humano vaciado de sí, no sólo porque otros le hubieran arrebatado lo suyo, a Él nadie le quita la vida, Él la entrega, sino porque Él mismo, Él mismo quiso vaciarse, quiso dar todo de sí.
El sufrimiento, entonces, perfeccionó a Cristo porque este sufrimiento es el sufrimiento del que hace un vacío profundo, es el sufrimiento del vaciamiento de sí. Y cuando cristo queda totalmente vacío, en el acto de darse infinitamente queda manifiesto este Dios, que es la perfección sobre toda perfección.
Asi entendemos que el sufrimiento, en cuanto vaciamientopor amor hasta el extremo, es la manifstación plena de Dios y por lo tanto es una perfección para Cristo. Una perfección que ciertamente no pueden tener los Ángeles, y por esto resulta el Hijo superior a los Ángeles, incluso en su naturaleza humana.
Ningún Ángel puede vaciar de sí su naturaleza angélica, sería necesario que pudiera padecer, pero padecer requiere tener una entidad, requiere tener un ser que se pueda perder, como el nuestro, que puede ser torturado, que puede ser amenazado, que puede ser angustiado.
Así resulta que sólo el ser humano, entre las creaturas racionales, puede ser vaciado de sí mismo, y por eso sólo en el ser humano se puede dar ese misterio de la Encarnación que se dio en Jesucristo.
Así entendemos un poco más la perfección que trae el sufriminto a la vida de Jesucristo y entendemos también qué se puede esperar del sufrimiento en nuestra vida.
Nos hace falta solamente ver en qué sentido, de qué manera el sufrimiento puede consagrar.
En el caso de nosotros los cristianos, nosotros los santificados, como nos llama la Carta a los Hebreos, el sufrimiento, podemos decir que nos consagra, porque, como en el caso de Catalina, como en el caso de Rosa, nos cose a la Cruz.
Si ese sufrimiento nosotros lo vivimos desde el fondo del corazón así, es un sufrimiento que nos consagra, porque hace que se vierta en nosotros la misma unción que a Jesús le hizo Cristo. Así entendemos que el sufrimiento nos puede consagrar a nosotros.
¿Pero de qué manera se puede decir que Jesús fue consagrado por el sufrimiento, que fue consagrado en el sufrimiento? Pues se puede decir porque esta consagración requiere: haber sido elegido, haber sido separado, haber sido ungido, haber sido, si se me entiende bien, utilizado dentro del plan de Dios.