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Revisión del 11:37 8 nov 2008
Fecha: 19961119
Título: “Cristo Señor, encuentra tú la puerta por la que tú quieres entrar a mi existencia”
Original en audio: 21min. 10seg.
Entró Jesús en Jericó lo habíamos visto a la puerta de esta ciudad, en el día de ayer, devolverle la vista a un pobre hombre reducido a la mendicidad, en razón de la ceguera; hoy no le devuelve solamente la vista; sino la alegría, la paz, la salvación, la adopción a Zaqueo.
Hoy ha sido, dice Jesús: “La salvación de esta casa, también este es hijo de Abrahán” (véase San Lucas, 19,9) ¿Por qué habla así el Señor? Este Zaqueo era jefe de publicanos; los publicanos pertenecían al pueblo de Israel, pero aunque eran israelitas por sangre, se habían vendido al imperio romano para cobrar los impuestos.
El negocio como es sabido era más o menos este: el imperio romano no cobraba directamente los impuestos, oficio antipático en todas partes, sino que ponía en subasta el cargo de recaudador, y el que tenía dinero para adquirir ese cargo, ese oficio, como se adquiere una obra de arte, o una joya, lo compraba al imperio.
Y ¿En qué consistía esta compra? En que el recaudador, es decir, el publicano tenía que pasarle una especie de arriendo, de cuota fija al imperio; y el imperio no le daba sueldo a él; él tenía que sacar su sueldo y su sobresueldo, y su riqueza tenía que sacarla de exprimir a la gente; entonces, a nombre del imperio y con el respaldo de la fuerza armada cobraba los impuestos a sus propios hermanos.
Desde luego, cuanto más hábil, cruel, violento; cuanto más imponente y altanero fuera con la gente, contando siempre con el auxilio de las armas del imperio, cuanto más cruel fuera, más codicioso, más suspicaz, más dinero hacía. Ese era un publicano.
Es comprensible el odio, es entendible el odio que le tenía el pueblo judío a los publicanos; puede decirse que los detestaban y despreciaban más que al mismo imperio, porque al fin y al cabo, los romanos eran los romanos, pero estos publicanos era gente que siendo descendencia de Abrahán se habían vendido al imperio por el afán de riquezas, por el afán de bienes.
Ser publicano en la época de Jesús, significaba haber traicionado a la patria, haber renegado de Dios, ser un enemigo público, ser una especie de rata de mala entraña que no se sacia, sino con los bienes de pobres, de huérfanos, de viudas; sin embargo, no podían atacar a los publicanos; los odiaban, pero no los podían atacar, porque las armas del imperio y las torturas del imperio caerían sobre los que se rebelaran así.
Zaqueo es jefe de esta gente; difícilmente, podemos hacernos idea de la carga de desprecio infinito y de odio acumulado que la gente de Jericó debía tener contra Zaqueo; cuando dicen aquí que la gente murmuraba, “Ha entrado a casa de un pecador” (véase San Lucas 19,6) Esta palabra tenía que salir con infinita rabia de los labios judíos, como acumulando en esa palabra “pecador” todos los insultos religiosos y civiles que hubieran querido decirle al tal Zaqueo.
Pero no sólo era jefe de publicanos, ya era rico; cómo duele ver la riqueza acumulada con injusticia; cómo duele ver el desperdicio, el despilfarro, el lujo que se alimenta de los bienes de los pobres; cómo duele ver el derroche y cuánto duele oír los cánticos en los banquetes de la casa de Zaqueo.
Cada vez que había fiesta en la casa de Zaqueo; había maldiciones, y rabia, y odio en las demás casas de Jericó; y cada vez que Zaqueo se reunía con sus amigos, es decir, con otros cobradores, y extorsionadores, la gente del pueblo tenía que sentir, “estos son los vende patrias, estos son los inicuos, estos son los que no dejan que prospere nuestro pueblo”
Hay que tener claro este rostro de Zaqueo; hay que tener este rostro claro para admirarnos de la escena que hoy nos ofrece el Evangelio: “Atravesaba la ciudad Jesús, y Zaqueo trataba de distinguir quién era Jesús” (véase San Lucas 19,1-3) ¿Quién era Jesús? En esa inquietud, en esa especie de curiosidad ya había una primera obra de misericordia, puesto que Jesús era un mendigo trashumante.
Evidentemente, Zaqueo no le iba a pedir impuestos a este Jesús; esta observación sencilla sirve para mostrar que el corazón de Zaqueo tenía todavía un pequeñito espacio por el cual pudo entrarse una rendija de luz; hasta en este corazón absolutamente metalizado, este corazón acostumbrado a odiar y ser odiado; este corazón que no podía creer, sino en el dinero y la fuerza de las armas.
Este corazón acostumbrado a ver lágrimas de dolor y de súplica, sin conmoverse. Las lágrimas de los pobres que le imploraban por Abrahán, por Isaac, por Yahvé que no fuera traidor, que no fuera miserable, que tuviera un poco de humanidad.
Este corazón que no tenía entrañas, sino ladrillos en el cuerpo; incapaz de conmoverse, acostumbrado a pasar por encima de la compasión, y del odio; este corazón todavía tenía una pequeña rendija. Y por esa pequeñísima rendija, por ese ridículo espacio quería colarse Jesús.
¿Cómo no admirar esa misericordia infinita de nuestro Salvador que busca al pecador con más ansia que el pecador busca su pecado? Y si Zaqueo en su oficio de cobrador de impuestos iba hasta los últimos barrios, y hasta las últimas casas para sacar lo que no tenían a esos pobres, pues, Jesús también va hasta el último rincón, y hasta la última casa; y hasta el rincón más feo, y más inicuo y tenebroso para encontrar lo que a Él le interesa.
Si Zaqueo buscaba los tesoros para esta tierra; Jesús es un recaudador, pero no de impuestos, ni de riquezas; sino de corazones, de conversiones, y de gracias; y no hay en este mundo nadie que codicie tanto el dinero como Cristo codicia la salvación, también de los codiciosos.
O sea, lo que nos presenta este Evangelio es la lucha entre dos codicias; es una especie de guerra o de competencia entre dos amores. Lo que se nos presenta en este capítulo 19 de Lucas, es una carrera entre dos amores, como si Jesús le dijera a Zaqueo: “A ver, ¿quién corre más, si tu detrás del dinero, o yo detrás de ti? ¿Quién tiene más ansia, si tu de tu plata, o yo de tu conversión? ¿Quién tiene más intereses, si tu en esta tierra, en tus arcas, y en tus amigos, o yo en el cielo, en mis arcas, en mis ángeles, y en mis Santos?
La escena es dramática, y nadie entendía qué era lo que estaba pasando; cuando Zaqueo se sube a ese árbol, y Jesús va de camino, y encuentra a ese árbol con ese extraño fruto; cuando Jesús encuentra ese árbol extrañamente florecido; en realidad comprende que ya la Gracia, que ya el Amor de Dios Nuestro Padre ha hecho una obra en ese hombre, y en un momento se encuentran la mirada de Jesús y la mirada de Zaqueo.
Zaqueo lleno de curiosidad no tiene en quien reposar los ojos, porque obrando como ha obrado se ha quedado sin patria; los suyos, sus paisanos le detestan. Zaqueo se ha quedado sin patria, obrando como ha obrado se ha quedado sin religión y sin Dios, porque él tenía que ser consciente de que había obrado en contra del mandato de Dios.
Zaqueo puesto en ese árbol, sin tierra, colgado de un árbol es la viva imagen de lo que había sucedido ya en su vida, y en su corazón; era un hombre sin tierra, no tenía realmente ni dónde agarrarse, y no tenía a quién mirar; pues esas son las vidas que le interesan a Jesús: las vidas que no tienen cómo sostenerse; la gente que no tiene ni patria, ni Dios.
La mirada de Cristo se cruza con la mirada de Zaqueo; he dicho que se trata de una especie de lucha; la lucha de dos amores; se trata de una competencia, de una carrera a ver quién corre más.
Jesús al llegar a aquel sitio levantó los ojos, la mirada de Cristo hizo el milagro; una mirada de Cristo logró colar por esa estrecha rendija; logró colar toneladas indescriptibles de misericordia, de perdón, de conversión. Por ese pequeño espacio logró entrarse Dios.
Cómo es de verdad lo que también nos dice hoy el Apocalipsis: ”Estoy a la puerta y llamo, si alguno me abre entraré” (véase Apocalipsis 3,20) No pensemos que necesita demasiado espacio como si fuera un ladrón, basta con que se le abra un poquito para que Él violente, en cierto modo la puerta y entre, así obran los ladrones.
Pues Cristo asemejándose en esto a los ladrones, sólo espera esa pequeña abertura, sólo espera esa pequeñísima rendija, ya logrará su Inteligencia, ya logrará su Gracia colarse aunque sea por esa rendija, y zaquear los tesoros, también los tesoros de Zaqueo.
Es impresionante comprobar que lo que no pudo todo el odio de los habitantes de Jericó, lo que no logró la rabia, el insulto, la descalificación, y amargura de todos estos habitantes de Jericó; lo que no pudo todo ese odio: zaquear a Zaqueo, lo que no logró el odio, lo pudo el amor. Jesús entró hasta la cueva de este ladrón y robó al ladrón; y Zaqueo empieza a obrar como un tonto, como un enamorado, o como un loco, cada uno dele algún nombre.
“La mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres” (véase San Lucas 19,8) ¡Que maravilloso golpe, ha vencido Cristo! Logró robarle la mitad a Zaqueo; Zaqueo roba todo el pueblo, y Jesús roba a Zaqueo.
Jesús como ladrón del corazón de este hombre, ha entrado en su momento, y ya no se va a salir de ahí, que importa lo que diga la gente, así como Zaqueo para robar necesitaba olvidarse del que dirán, y de las opiniones de los demás, así también Cristo para hacer su propio robo, necesita también olvidarse de las murmuraciones, qué importa que digan que soy un comilón, o que soy un borracho, qué importa que digan que aquella mujer prostituida me tocó los pies, qué importa que digan que perdoné a una adúltera, ¡Robé lo que quería robar; he ganado para mi Padre lo que quería conseguir!
“La mitad de mis bienes para los pobres, y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más” (véase San Lucas 19,8) En el momento en que Zaqueo suelta sus pertenencias; Dios, por fin, puede agarrarlo y en eso hay una profunda enseñanza para nosotros.
Mientras estamos agarrados a nuestro dinero, es más lo que ese dinero nos tiene agarrados a nosotros; mientras estamos prendados de un determinado afecto y posesivos y miedosos nos ensañamos sobre él queriendo no perderlo, en realidad él se apodera de nosotros, y Dios no puede agarrarnos. Este es el misterio que nos revela el Evangelio de hoy.
Cuando uno suelta, cuando uno se rinde; porque esta era una lucha, y Zaqueo perdió, y Jesús ganó. “Cuando uno se rinde, cuando uno suelta” Entonces, Jesús puede tomar serena y bendita posesión del corazón y puede triunfar sobre el alma.
Zaqueo se rindió. Es como si le dijera Zaqueo: “Tu amor por mi es más grande que mi amor por el dinero, y no era poco lo que yo amaba el dinero; tu amor por mí es más grande que lo que yo amaba. Tu intensidad, tu Luz es más fuerte que cualquier linterna mía; ahora, te creo, ahora te recibo Señor”
Y Jesús entra como Rey victorioso al corazón, y a la casa de Zaqueo; y Jesús dueño ya de la situación declara la salvación de ese sitio, y le dice “Este también es hijo de Abrahán” (véase San Lucas 19,9) Lo era sólo de nombre; ahora, lo será en realidad. Este es hijo de Abrahán.
Esto significa que la promesa que Dios hizo a Abrahán se cumplirá también en él, y bien sabemos que en las promesas de Abrahán, Dios estaba ofreciendo su perdón, y su salvación, y su vida plena para todos. El hijo del Hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido, este es el ingrediente paradójico del Evangelio, que Dios envió a su hijo Cristo para que entrara a nuestra casa, pero por la puerta de la basura.
Aquella persona que se esfuerza en asear y limpiar su fachada; y espera sin cesar a que Cristo llegue para decirle: “Que bella fachada tiene” Ahí se morirá esperando.
Hace rato que Cristo está no en la fachada limpia y perfumada que reservamos para que nos feliciten; hace rato que Cristo está no en esa fachada, sino en la puerta de la basura dándole duro a esa puerta a ver si al fin abrimos, si al fin entendemos que es por ahí por donde empieza Él a reinar, si comprendemos que desde esa humillación, y desde eso que parece perdido en nuestra vida, es desde ahí donde puede Él inaugurar su Reino de Gracia, de paz y de vida.
Cristo Señor encuentra tú la puerta por la que tú quieres entrar a mi existencia. Cristo Jesús te pido que encuentres hoy la puerta por la que quieres entrar a mi convento; que encuentres la puerta que a ti te gusta para entrar a mi provincia.
Encuentres tu esa puerta, no será la que a mi me gusta, no será la fachada de la que me siento orgulloso, pero será sin duda el lugar por donde podrás entrar victorioso y pacífico como entraste a la casa de Zaqueo, y podrás renovarlo todo y darnos los tesoros de tu Amor.