Smcs008a
El 25 de abril, nuestra Iglesia Católica celebra al evangelista San Marcos. Sabemos algo más sobre este hombre: él se llamaba Juan Marcos; acompañó al apóstol San Pablo, en alguna de sus misiones, y luego estuvo con el apóstol Pedro en la ciudad de Roma. En este sentido, este hombre privilegiado y bendecido, recibió directamente, el testimonio de la fe de los dos más grandes apóstoles de nuestra Iglesia: Marcos conoció bien la predicación de San Pablo, y conoció bien la predicación y la enseñanza de San Pedro.
¿Qué nos ha dejado Marcos? Su Evangelio, por supuesto, es el gran tesoro. Tenemos en la Biblia, los cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Ese segundo Evangelio es, precisamente, del hombre que estamos recordando, cuya memoria celebramos el día de hoy: el evangelista San Marcos. Por eso, el texto para el Evangelio de esta fiesta, es tomado, precisamente, de ese Evangelio en el capítulo dieciséis.
¿Qué nos cuenta el capítulo dieciséis? Nos cuenta, precisamente, la necesidad, el hermoso deber que tiene la Iglesia de propagar la buena noticia a toda la creación. Y hay cuatro acciones que describe, Nuestro Señor Jesucristo, en el envío a sus apóstoles, y que conviene recordar en este día, pues, dice que ellos van a expulsar a los demonios, van a hablar lenguas nuevas, no van a ser vencidos por el veneno de las serpientes, y en cambio, van a curar a los enfermos (cf. Mc 16,17-18).
Estas cuatro acciones que describe Cristo, las podemos clasificar. Dos de ellas muestran que la fuerza del Evangelio le pone una muralla al mal; por eso dice Cristo: “expulsaran demonios” (cf. Mc 16,7), y por eso dice Cristo: “no les hará daño el veneno de las serpientes” (cf. Mc 16,18). Más allá, incluso, del sentido literal de estas palabras, que se ha cumplido varias veces en las vidas de los santos - por ejemplo: San Benito, que intentaron envenenarlo alguna vez; San Luis Bertrán, que le dieron un veneno de serpiente muy poderoso, pero que efectivamente él pudo vencer, a pesar de que no sabía de qué se trataba - fíjate lo que nos está diciendo: expulsar los demonios, es hacer retroceder la maldad; no dejarse afectar por el veneno de la serpiente, es permanecer firmes en la virtud que hemos conocido, y en la gracia del espíritu que hemos recibido. O sea, que la fuerza del Evangelio le pone un límite al mal.
Las otras dos: “hablarán lenguas nuevas” (cf. Mc 16,17), y “curarán a los enfermos” (cf. Mc 16,18), indican que el bien se expande porque llega siempre a nuevas culturas, a nuevas personas. Hablar lenguas nuevas, no es simplemente aprender japonés, vietnamita, francés o alemán; hablar lenguas nuevas, es tener siempre la capacidad de acercarse al corazón, a la vida de otras personas para llevarles esta noticia de Jesús; hablar lenguas nuevas, es tener siempre esa palabra que toca el corazón, que llega a lo profundo de nuestros hermanos. Curar a los enfermos, significa que a través de esa bondad, que Cristo concede a sus misioneros, el Evangelio se hace vivamente presente en los hermanos y hermanas donde vamos. Así que estas cuatro acciones no las olvidemos; pues, nos están retratando realmente, lo que es la evangelización: es ponerle una muralla al mal, y es hacer avanzar la fuerza del bien. Que así nos lo conceda el Señor, por su misericordia. Amén.