Sman007a
Fecha: 20100908
Titulo: Regocijarmos con el nacimiento de la Santisima Virgen Maria y agardecerle a la Trinidad el regalo de su presencia en medio de nosotros
Original en audio: 14 min. 32 seg.
Hay un hecho muy interesante, algo que observamos en prácticamente todas las culturas: en todas partes hay siempre una celebración cuando las personas cumplen años, o en otros lugares, cuando llega la fecha de su santo, lo que se llama su onomástico, es algo supremamente común, lo encontramos en los cinco continentes o seis, si son seis los continentes, en todas partes existe esa costumbre de celebrar la vida, celebrar el cumpleaños, porque eso es el cumpleaños: es regocijarnos en la vida de una persona.
Los niños desde pequeños se acostumbran a esa celebración y llega a hacerles falta. Qué duro es para un niño que llegue la fiesta, que llegue el día de su cumpleaños y que pase desapercibido, seguramente el niño siente: “Yo no tengo ni una importancia, yo no valgo nada”.
Todos necesitamos un momento en el que aquellas personas más allegadas, nuestros amigos, nuestra familia, tal vez nuestra comunidad, nos hacen sentir que de veras se alegran de que nosotros existamos, es un hecho antropológico, es una realidad social, que repito, se encuentra en todas partes.
De muchos modos ciertamente, en algunas partes es casi una obligación la torta, tiene que partirse una torta, porque si no, no hubo celebración de cumpleaños; y existen otras costumbres, como por ejemplo, el número de velitas que recuerdan los años, en otros sitios no es que la gente le organice el cumpleaños al que llega a una determinada edad, sino que es la persona la que le ofrece esa fiesta, y en todo caso se convierte en un motivo de júbilo para todos.
Pues bien, mis hermanos, estamos celebrando el cumpleaños de la Santísima Virgen María, nosotros no tenemos la certeza de la fecha exacta, nosotros no tenemos una notaría, una oficina de registro que diga que Ella nació un ocho de septiembre. Estas fechas dependen de otras cosas, dependen de iglesias que han sido dedicadas, dependen de momentos marianos que ha tenido la Iglesia, de modo que no tenemos la certeza absoluta de que Ella haya nacido un ocho de septiembre, pero de lo que estamos seguros es de que nació.
Y nosotros estamos hoy celebrando con gozo eso, que Ella existe, que en medio de nosotros, en la familia humana hay una persona maravillosa, una persona que es gratísimo conocer, una persona que es muy dulce de tratar, una persona que es verdadera amiga, hermana, madre, guía, líder, una persona maravillosa y se llama María y nosotros estamos felicitándola a Ella y estamos también agradeciéndole a Dios el regalo de que Ella existe.
En nuestros hogares muchas veces hay personas que por su sabiduría nos inspiran, nos aconsejan, nos ayudan, a veces son los abuelos. ¿No es verdad que muchos de nosotros recordamos: “Mi abuelito sí me decía...”, “ah, esos eran los consejos de mi abuela”? Por su sabiduría los recordamos.
A otras personas, en cambio, las recordamos porque traen siempre como alegría, hay gente que es, como se dice, "la alegría de la fiesta". A otros los recordamos porque tienen esa gran capacidad de servir de puente, servir como de enlace, como de unión, son personas que están creando como la unidad en la familia; y a veces, cuando hay malos entendidos o cuando hay tensiones en la familia, estas personas están siempre ahí tratando de limar las asperezas, ayudando a que los hermanos se entiendan a que haya armonía en todas partes.
Hay otras personas que nos alegran mucho la vida porque tienen un gran espíritu de servicio, y están siempre atentas para saber qué es lo que hace falta, y están siempre dispuestas a dar una mano y ayudar allí donde se requiere, y a esas también las queremos mucho.
Mientras que hay otras a las que apreciamos, porque tienen una gran capacidad para consolar en los momentos tristes. ¿Quién de nosotros no necesita un buen amigo o con frecuencia una buena amiga?, esa clase de personas a la que uno le cuenta muchas cosas y a veces lo que uno necesita es que lo escuchen, y uno va y le cuenta y le cuenta y habla, y hay gente que tiene como esa capacidad y nos da un descanso delicioso en el alma y uno siente: “¡Ay, como que me quité un peso de encima, descansé! Oye, gracias por escucharme”.
Otros, en cambio, no solamente escuchan sino que también aconsejan, y así podríamos recordar muchas personas que nos hacen mucho bien en nuestros hogares, y seguramente cada uno de nosotros tiene también algo de estas características que he mencionado: esa clase de sabiduría, de discreción, o de crear unión, o de consolar, o de aconsejar, lo que sea. Pero lo que a mí me parece maravilloso de María, y creo que es una razón para quererla todavía más, es que en Ella como que se reúne todo eso, en Ella brilla el espíritu de servicio.
Es que mira una cosa: si tú recorres las letanías de la Virgen, que han nacido de las entrañas y del corazón del pueblo sencillo, esas letanías de la Virgen muestran eso lo que estoy tratando de decir.
Cuando le decimos que Ella es causa de nuestra alegría, cuando le decimos que es Reina de la paz, cuando le decimos que es Madre del Buen Consejo, cuando le decimos que es Trono de la sabiduría, cuando le decimos que es Reina de las vírgenes, cuando del decimos que es Madre de Cristo, en cada una de esas frases estamos como mirando una de las facetas de un diamante inmenso, brillante, bellísimo, que se llama María.
Y el mensaje que te quiero decir hoy es que te regocijes, le des gracias a Dios por esa hermosura, por esa belleza, que también hay para ti espacio en el corazón de Ella, que Ella, como buena amiga, hermana y madre, se regocija de recibir a su gente.
Cuando uno piensa, mis hermanos, que cada fin de semana miles de personas visitan a la Virgen, por ejemplo aquí en el santuario de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, eso significa decenas de miles de personas cada año, eso significa millones de personas, literalmente millones de personas cada siglo.
Fácilmente podemos pensar, son cuentas muy sencillas y las vamos a hacer muy rápidamente. Si uno habla por ejemplo, y estoy siendo muy conservador en mis cálculos, si uno habla de dos mil personas que visitan a la Virgen un fin de semana, si yo multiplico 2000 por 50 eso me da cien mil personas en un año; y si yo multiplico eso por 100, eso me da diez millones de personas en un siglo, y eso significa que muy fácilmente 40, 50 millones de colombianos han pasado, han visto. Muy fácilmente esa puede ser la cifra 30, 40 millones de personas.
Vamos a imaginarnos eso, imagínate que quisiéramos poner en un lugar, por ejemplo en un estadio, quisiéramos acomodar todas las personas que le deben algo a María, que han encontrado algo en su corazón, -aquí me refiero a nuestra Señora de Chiquinquirá-, ¿cuál es el estadio que pudiera reunir tantas personas? No existe, en Colombia no hay un lugar donde pudiéramos acomodar tanta gente, y todas esas personas, todos nosotros algo le debemos a esta hermosura, algo le debemos a esta Niña, algo le debemos a esta Rosa del Cielo, algo le debemos a esta Virgen purísima.
Todos nosotros, y somos millones y millones, hemos encontrado en su dulce presencia, hemos encontrado en su sonrisa, hemos encontrado en su perfume, un motivo de alegría, un motivo para creer con más fuerza, un motivo para decirle a Jesús: "Gracias por darnos tal Madre, gracias", porque María, mis hermanos, es un regalo de Jesús, porque Ella es un regalo que Jesús nos dio, así como Jesús es un regalo que Ella nos dio.
¿No es tan bello mis hermanos, en el evangelio de San Juan, mirar la frase que dice Ella: “Haced lo que Él os diga”? San Juan 2,5, y de esa manera nos convierte a nosotros en discípulos de Cristo, y de esa manera nos entrega a ese Cristo como Maestro.
Pero luego Jesús devuelve el favor, porque en el momento de la Cruz le dice a San Juan: “Ahí tienes a tu Madre” San Juan 19,27, y le dice a María: “Ahí tienes a tu hijo” San Juan 19,26.
¿A ti no te parece hermosísimo eso, que Jesús nos devuelve muy grande que se llama María, y María nos dio un regalo muy grande que se llama Jesús? Esta es la atmósfera de amor que se llama el cielo en la tierra, esta es la atmósfera de amor que uno necesita sentir, mis hermanos, para sanar las heridas.
Yo invito a las familias que tengan heridas en su corazón, a las parejas que se sientan acongojadas, a las personas que se sienten tristes: ven a la casa de la Virgen, ven a sentir el aroma de su pureza, de su alegría, de su hermosura, de su santidad; ven a sentir su espíritu de servicio, su manera de acoger a todos; ven a la casa de María, ven a su lugar, y entenderás por qué somos millones y millones, y no hay espacio en Colombia donde podamos caber todos los que tenemos una deuda con María Santísima.
Por eso, porque somos muchos los que estamos agradecidos con Ella, por eso nos regocijamos en su cumpleaños y le decimos: “María, gracias por ser quien eres”.
A veces, los muchachos, las muchachas, en sus cuadernos, anuarios, en sus tarjetas se escriben frases de cariño y dicen: “Gracias por ser quien eres”, ”gracias, eres súper especial”, ¿sabe qué? A nadie le quedan mejor esas palabras que a María Santísima.
Nosotros hoy le tenemos que escribir una tarjeta de cumpleaños a María y tenemos que decirle con un corazón bien sonriente, con un corazón bien lleno de amor: “María, gracias, eres súper especial, te queremos muchísimo, estamos felices de que estás con nosotros, síguenos acompañando, síguenos enseñando, síguenos ayudando, sigue intercediendo por nosotros, éque bueno que estés aquí!
“Y tú, Padre Celestial, gracias por haber creado semejante joya"; tú, Jesucristo, gracias por haber escogido ese canal de gracia y por entregarla como Madre a nosotros; tú, Espíritu Santo, gracias por morar en Ella y gracias por responder a la oración que Ella hizo junto con los Apóstoles para que pudiera nacer esta Iglesia que somos todos nosotros”.
Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, gracias por María Santísima, gracias por su hermosura, por su santidad, por su humildad, por su pureza. Que nosotros, cerca de Ella, aprendamos a servir el Evangelio, a tomar a Cristo como estandarte de nuestra vida, a tomar al Señor como ese centro, como Ella lo tuvo, no tuvo otro centro, no tuvo otro trono, no tuvo otra búsqueda, no tuvo otro proyecto, no tuvo otro plan sólo que Jesucristo.
Que así sea también nuestra vida cristiana y que así le demos la gloria a Dios.
Amén.