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Fecha: 20010101

Título: Tomar los tesoros del corazon de la Virgen para adorar Cristo, el que permenece ayer, hoy y siempre

Original en audio: 11 min. 57 seg.


Hermanos Míos:

No cabe duda, de que en una fecha como esta, los sentimientos y las emociones más diversos concurren en el corazón.

Recordamos a los parientes y amigos que estuvieron con nosotros por estas mismas fechas en otros años; recordamos tiempos difíciles, tiempos duros, tiempos alegres. Personas que no están, vidas que comienzan.

Sueños que no hemos podido realizar, frustraciones que se acumulan. También, semillas nuevas que van germinando, oportunidades que se abren, sonrisas inéditas, amistades que nos aguardan. Proyectos prometedores, tristezas largas.

Hay un conjunto de sentimientos muy grande, yo creo que en cada final de año, y pienso que a medida que va pasando el tiempo, esa gama de sentimientos se va haciendo como más compleja, como que las tristezas son más hondas y las alegrías son también profundas.

Pero en este caso, esa gama, esa variedad de sentimientos encuentra como un motivo más hondo. Aunque no podemos idolatrar los números, significa tanto para nosotros decir ¡2000! ¡Año 2000, la llegada del tercer milenio!

Significa mucho, porque precisamente, en medio de la inestabilidad de nuestros sentimientos, en medio de la inestabilidad de las personas, en medio de la inestabilidad de las cosas de esta tierra, es sentir que Cristo permanece, que Él es la firmeza de nuestra vida, que Él es la roca en la que estamos fundados.

Qué impresión para nosotros pensar que hace mil años estaba la humanidad también siguiendo estos acontecimientos, y estos textos que hemos oído se proclamaron también en esa época, ¡por Dios! Son textos que tienen miles de años, son textos que son más fuertes que los siglos, son noticias que nunca envejecen.

Tenemos que unirnos a la fuerza de esa noticia, la noticia de amor de Cristo que nunca envejece; ese Niño, siempre niño; esa sonrisa, siempre sonrisa; ese pesebre, siempre una denuncia para nuestra soberbia; esa cruz, siempre un ancla de salvación para nuestra pobreza.

¡Que hermosura acercarnos a Cristo! Este es el primer pensamiento que quisiera imprimir en cada uno de ustedes.

En medio de la inestabilidad de las cosas, adherirnos a Cristo y sentir que Él pasa victorioso de un año a otro año, de una frontera a otra, de una cultura a otra, de un siglo a otro, de un milenio a otro, Él es el Señor, Él es el que permanece.

Como lo hemos repetido, tal vez miles de veces en este Jubileo que ya está a punto de terminar, Él es el mismo ayer, hoy, siempre. Jesucristo, la firmeza de nuestra vida.

En este año, y en los años de nuestra vida, hemos intentado muchas cosas; hemos adquirido y hemos perdido muchas relaciones, muchas amistades; hemos empezado y hemos concluido o dejado a medio camino muchos proyectos.

Sólo lo que este fundado en la verdad de Jesucristo adquiere la firmeza de Jesucristo, todo lo demás se disuelve como las noticias del periódico de ayer, todo lo demás va pasando.

Y qué hermoso para nosotros ser en este momento como embajadores de una Iglesia que cree, de una Iglesia que celebra, de una Iglesia que proclama a Jesucristo como el Rey, que reconoce a Jesucristo como el Señor

Qué hermoso para nosotros, venidos de tantos lugares, unir nuestras voces, unir nuestros corazones, y sentir que somos como un puñado, en cierto sentido, de románticos o de rebeldes que estamos aquí para decirle al Señor Jesús que Él es lo mejor que nos ha pasado en la vida.

Que hay muchas cosas muy tristes que nos han llegado, que hay muchas cosas incomprensibles, y también muchas cosas bellas, que hay muchas cosas hermosas, pero que Él, el Señor Jesús, es lo mejor que nos ha sucedido.

Decirle: "¡Tú eres mi ancla, mi cimiento, mi roca, mi amigo, mi alegría! ¡Tú eres mi esposo, mi casa, eres el regazo de mi alma, eres mi descanso, eres mi camino, eres mi vida, eres mi verdad! Es hermoso acercarse a Jesús y decir, a nombre de toda la humanidad, estas palabras.

Porque un día volverá el Señor, desde hace cuatro, cinco años estamos teniendo esta celebración en la medianoche que pasa de año a otro, y el motivo ha sido fundamentalmente decirle al Señor Jesús: "¡Queremos que vengas! ¡Tú que eres el único que le da firmeza a nuestras vidas, Tú que tienes la palabra definitiva sobre la historia humana! ¡Tú eres la palabra que nosotros estamos esperando, Señor! ¡Estamos aguardando que Tú vengas, estamos esperando que Tú vengas!"

Y es hermoso, mis hermanos, que el año, de acuerdo con la nueva distribución después del Concilio Vaticano II, el Año Litúrgico tiene para el primero de enero, María, Madre de Dios.

Esa es la solemnidad de este día: María, Madre de Dios. Con Ella se cierra la Octava de Navidad que empezó precisamente el 25 de diciembre, y con Ella se abre el año, lleno de esperanzas, como indicando que sólo en el corazón de Ella, que sólo desde los ojos de Ella podemos asomarnos a la verdad de Cristo, podemos amar a Cristo como Ella lo amó, podemos obedecer a Cristo como Ella lo obedeció.

El evangelio nos dijo: "Maria conservaba todas estas cosas en el corazón" San Lucas 2,19. Tomemos los tesoros del corazón de la Santísima Virgen, apropiémonos de esas riquezas, y desde esa mirada inigualable de la Virgen y Madre de Dios, desde esa mirada adoremos a Cristo, el mismo ayer, hoy y siempre.

Mis hermanos, vamos ahora a proclamar nuestra fe. Quiero decirles que mientras que nosotros decimos el símbolo de los apóstoles, habrán llegado las doce de la noche del 31 de diciembre y la humanidad habrá dejado atrás el segundo milenio.

Nosotros vamos a proclamar la fe, vamos a proclamar el símbolo de los Apóstoles, y vamos a decir con la alegría y con el orgullo, si se puede tomar esa palabra, con el orgullo de los redimidos, de los que nada tienen sino el amor de Dios, vamos a decir en qué creemos y en quién creemos.

Digamos todos: Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra.

Y en Jesucristo, su único Hijo, Nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre Todopoderoso.

Desde allí a de venir juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia Católica, la comunión de los santos, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén.

Adorable Cristo, esta Eucaristía anticipa tu presencia definitiva entre nosotros. Ha terminado el año 2000, tú aún no regresas. Pero el Espíritu pone una oración en nuestros labios, el Espíritu y su esposa la Iglesia dicen: "¡Ven, te estamos esperando, Señor!

Ha terminado un año más y no has vuelto. Llegará un año, llegará un día, llegará la hora de tu regreso. ¡Ven, Señor Jesús, maranatha; ven, Jesús; ven, Señor, ven!

Gracias por el dulce consuelo que es tu presencia eucarística; gracias por la suave claridad que es tu Palabra; gracias por el amor sincero que inspiras a nuestros amigos; gracias por los sacramentos y por la Iglesia; gracias por tu presencia real en el pobre, en el enfermo, en el pequeño, que es como un sacramento tuyo también. Gracias.

Pero recibe, Señor, nuestra suplica: Tú nos haces falta, nos hiciste falta todos los días del año 2000 y nos vas a hacer falta hasta el día de tu regreso.

¡Ven, Señor Jesús; ven, Señor Jesús! ¡Maranatha, maranatha, ven, Señor!

Amén.