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Fecha: 20000811

Título: Que el Senor nos regale los amores hermosos de Santa Clara

Original en audio: 24 min. 40 seg.


Hay un juego o ejercicio psicológico que lo he visto practicado por algunas personas, que consiste en preguntarle a alguien: "¿Quién es usted?" Entonces la persona dice: "Bueno, yo soy un abogado". "-No, no le he preguntado que oficio tiene, sino quién es usted". "-Yo me llamo Ricardo Esteban. "-No le he preguntado su nombre, sino le he preguntado quién es usted", y así sucesivamente.

Es un juego que sirve para muchas cosas, por ejemplo, para saber con qué se identifica la persona, o en últimas, para saber cuánta paciencia tiene.

Yo he llegado a la conclusión de que lo que mejor define el ser de una persona son sus amores, lo que la persona ama, porque uno va tomando el rostro, el aspecto, el tono de aquello que busca, y uno busca lo que ama.

De manera que los amores de la vida de uno son lo más parecido a la verdadera respuesta de ese juego, la respuesta más profunda que se puede dar a ¿quién es usted? Es la respuesta a la pregunta: "¿Qué es lo que usted, de fondo, en ultimas, en definitiva, ama?"

Los amores suyos, los amores hasta el final, los amores hasta el extremo, esos amores en usted, ese es el verdadero rostro suyo.

Por ejemplo, aplicar este criterio a Jesús, nos presenta el verdadero rostro de Jesús; aplicar este criterio a los santos, nos cuenta quíenes son en verdda los santos;para conocer los santos hay que conocer los amores de los santos, qué amaron, cómo amaron.

Ese es el perfil de una persona: qué amó, cómo amó y cuánto amó; ¿Y el que no amó nada? ¿El que nunca amó? Pues tiene el rostro de la nada, el rostro de la nada es algo parecido a un chorizo sin relleno y sin forro. De manera pues, que los amores nuestros, son el rostro nuestro.

Hoy con la Iglesia estamos celebrando a Santa Clara de Asís, y es tan bello en la vida de esta mujer recorrer sus amores, qué fue lo que ella amó, porque, ciertamente, en la vida de Clara el amor llegó pronto, ella tenía como unos trece o catorce años cuando sucedió la conversión de Francisco, que fue todo un acontecimiento para ese pueblo allá en Asís.

Francisco era el hombre estrella, era el artista fundamental de la vida social en Asís, hombre simpático, hombre mundano, hombre que podría prometer cualquier cosa, menos ese extraño giro que fue dando cuando la voz de Jesucristo, en la antigua capilla, derruida capilla de san Damián, le dijo: “Reconstruye mi Iglesia”.

Resulta que Francisco empieza a dar un giro tremendo, porque Francisco no fue simplemente que empezó a sentir cosas, que empezó a vivir experiencias místicas, que las tenía, sino lo que aterró a la gente fue cuando Francisco empezó a compartir de su vida, de su tiempo, de sus bienes, con los leprosos.

Este aspecto de la vida de Francisco no se cuenta, estamos siempre con un Francisco demasiado limpio, demasiado solo, metido en un bosque, alabando a Dios; pero Francisco, antes de esas alabanzas, o después de esas alabanzas, o junto a esas alabanzas, fue el hombre untado de la lepra de sus hermanos.

Y eso era lo que espantaba a la gente, que alguien diga que se encontró con Dios, "pues si, tratándose de usted, hasta así"; pero, que una persona se meta con los que todos desprecian y se gaste por ellos, eso sí puso a pensar a mucha gente.

Clara estaba despertando a la vida, estaba en esa edad tan hermosa, estaba llegando a esa edad en que el amor da sus primeras campanadas, y en ese momento conoció lo que Dios estaba haciendo en Francisco; y podemos decir, que toda su capacidad de amor, quedó abierta a un ideal sin límites.

Sintió ella que el amor había tocado su vida, y sintió que, en Dios, encontraba un amor que nunca defraudaba, que nunca traicionaba, un amor como ese que se busca cuando se busca el primer amor, porque todos, en el primer amor hemos buscado eso: "Algo que nunca me falle, que nunca me traicione, que me comprenda, que me lleve, que me conduzca, que me llene", y todo eso encontró Clara, y todo esto fue una providencia muy grande de Dios.

Clara quedó fascinada por el ideal de Francisco, por los hermanos que se fueron uniendo a Francisco; ella entendió que se había enamorado verdaderamente y entendió que Aquel de quien estaba enamorada, nunca la iba a dejar, y ella nunca tenía que dejarlo; es decir, entró a vivir una mística profundamente esponsal, desde esa temprana edad, trece o catorce años.

La familia, según las costumbres de la época, ya lo hemos dicho con ocasión de Catalina de Siena, tenía la costumbre de casar muy pronto a las niñas, comprometerlas en matrimonio, y resulta que había un tío, era un viejito panzón que tenía como ciertos intereses y la cosa se veía como natural ahí, o se admitía, o yo no sé, pero tenía como ciertos intereses de casarse con la sobrina.

Entonces Clara miraba por una parte el ideal de Jesucristo, pobre, desnudo, crucificado que estaba como también representado en estos Hermanos Menores, en los que después llamamos Franciscanos; por una parte, veía a ese Cristo lleno de juventud, de generosidad; y por otra parte, la familia que no hallaba como entrarle por los ojos a este tío.

Llegó el día que se iba a oficializar las pretensiones matrimoniales, porque prácticamente esas bodas las arreglaba era la familia, y eso fue en un Domingo de Ramos.

Entonces, llegó la hora del Domingo de Ramos y Clara, que tenía catorce o quince años, yo por eso creo que debemos hablar de cosas muy serias y muy santas y muy altas con los niños y con los jovencitos, porque en esas edades se toman a resoluciones muy importantes.

Llegó el Domingo de Ramos del año como 1207 o 1208, y ese día se iba a oficializar el noviazgo, y entonces Clara tenía las cosas perfectamente claras, que para eso se llamaba así, y ella estuvo en la ceremonia allá en la catedral, ni se yo si eracatedral, me imagino que sí porque había obispo, de acuerdo al relato de la vida de Francisco.

Estaba allá en la catedral, estuvo en el Domingo de Ramos, recibió un palma, una palmita de las manos del obispo, la palma respectiva y fue saliendo de la iglesia, y ayudada por los frailes menores, es decir,por los que hoy llamamos Franciscanos, se fugó, se fue de la casa: "A mí no me revuelvan mas con ese señor, yo no estoy para eso".

Un acto medio loco, como son tantas obras locas de los adolescentes y de los jóvenes. En estos días me presentaban a una jovencita que tiene como trece años y que ya se ha fugado tres veces de la casa, la ultima perdida, una semana.

¿Qué hace una niña de trece años una semana perdida en Bogotá, qué hace? ¿O sea, ¿en qué pasos anda? Pero ustedes vieran la tranquilidad de esta muchachita, ella muy tranquila, muy dueña de sí misma, como quien dice: "Yo se lo que estoy haciendo, yo sé en qué pasos ando".

Y lleva tres perdidas de la casa, trece años, definitivamente es la edad de la locura, pero gracias a Dios existe también esta locura por las cosas santas.

Entonces, el mismo valor que le sirve a una muchacha para decir: "Me largo de la casa a recorrer Bogotá una semana, ¿qué hace una niña una semana en Bogotá? Yo no tengo idea qué hace.

El mismo valor que sirve para eso, ese mismo valor le sirvió a Clara para decir: "Pues yo me voy a mi locura", y se fue entonces, ahí conquistó a una prima o una hermana, yo no conozco bien la historia, pero es una historia encantadora.Hay que acercarse a la vida de los santos, son historias tan lindas.

Y bueno, organizó, prácticamente a partir de ahí,organizó una primera fundación, y de ahí surgieron las llamadas "Hermanas Pobres".

La pregunta que dirige nuestra predicación hoy es: ¿cuáles son los amores de Clara? Y lo primero que podemos encontrar es un amor profundo, profundo a Jesucristo, un amor intenso a Jesucristo, un amor intenso también a la obra que Cristo estaba haciendo en Francisco y en los demás frailes.

Podemos decir que Clara, realmente, con toda la generosidad de su corazón de mujer, se apropió, abrazó como una madre abrazaría a un hijo, abrazó el ideal franciscano para si misma y para sus hermanas, estas Hermanas Pobres que hoy llamamos “Clarisas”.

Abrazó ese ideal y lo hizo carne de su carne, podemos decir que ella fue, en cierto sentido, la encarnación femenina del ideal de Francisco, tomó completamente ese espíritu y lo vivió con intensidad.

¿Qué más amó Clara? Amó la sencillez, amó la cruz, amó la pobreza; tenía un delicado sentido del humor, como también lo tenía Francisco, un delicado sentido del humor, por ejemplo, cuando entraron en conversaciones con el Papa Inocencio, creo que era Inocencio tercero, entraron en conversaciones para la aprobación de esta Comunidad que estaban haciendo, entonces, Clara le pidió al Papa un privilegio, el privilegio de no tener ningún privilegio.

"A nosotras no nos dé nigún privilegio, ninguno; no queremos tener nada, lo único que queremos es el privilegio de no tener nada; denos permiso de permanecer en la Iglesia no teniendo nada, nunca nada", y el Papa concedió ese privilegio, porque efectivamente, es un privilegio, eso se llama "Privilegium Paupertatis", y las clarisas, entonces, tuvieron ese origen en esa radical y absoluta pobreza.

¿Qué más amores encontramos en Clara? Un amor inmenso a la Eucaristía. Resulta que había cierto peligro de los moros, de musulmanes, por allá en esa región en Italia, ¿quién creyera? Uno como que no asocia musulmanes ahí, uno piensa que todos los sarracenos, se llamaban ahí, que todos los sarracenos estaban del lado de España, pues no, ahí había peligro de invasiones de sarracenos.

Entonces, en unas de esas invasiones de sarracenos, ya iban a entrar por esos campos rumbo a Asís, y quién sabe hasta dónde querían llegar, entonces Clara le dijo a un sacerdote, Clara ya estaba muy enferma, los últimos como veinticinco años de su vida fueron de una enfermedad tras otra y finalmente estaba prácticamente paralítica, prácticamente ciega, fue muchísimo el dolor que tuvo, muchísima la privación.

Entonces le dijo Clara, que ya estaba muy mal y que no podía moverse mucho, le dijo a un sacerdote amigo, que no sé si era franciscano: "Mire, usted lleve a Nuestro Señor Jesucristo en la custodia, y salga usted con la custodia, usted tiene que ir de primero con la custodia, y con eso vamos a detener a los sarracenos".

Imagínese, cuando uno de los motivos principales de burla de los musulmanes con respecto a la Iglesia Católica, es lo que nosotros enseñamos de la presencia de Cristo en la Eucaristía. Decían los musulmanes: "Aunque el Cuerpo de Cristo fuera tan grande como una montaña, de tanto comérselo ya deben estar que lo acaban"; tenían chistes blasfemos, apuntes de ese género en contra de la Eucaristía.

Y dice Clara: "Vaya usted, padre, adelante", y el padre este, pues yo me imagino, ¿no? Yo me pongo en el lugar del pobre padre, ahí sí le tocaba creer mucho en la santidad de Clara; pero el padre no sólo creía en la Eucaristía, sino que creía en esa obra, porque es que se le veía la unión con Cristo a Clara.

Entonces salió, custodia en mano, salió y, efectivamente, dicho y hecho, se han frenado estos invasores, no se disparó una sola saeta, no hubo confrontación de armas; a la vista de la custodia, nadie entiende cómo, se devolvieron estos señores.

Clara tenía una fe absoluta en la Eucaristía, si usted es una de esas personas que tiene una fe tibia en la Eucaristía, tal vez porque ha estado asistiendo a otros grupos, ¿no? Como ahora hay tanto grupo.

Y los grupos se presentan así: “Nosotros somos cristianos, nosotros no le vamos a destruir a usted su fe; usted, véngase, nosotros aquí simplemente estamos predicando la Palabra de Dios, entonces la gente va allá, va entrando: "beee, beee", y van entrando los católicos.

¿y por qué van entrando? Van entrando porque creen: "Ay, no, aquí no nos van a acabar la fe católica". Entonces ahí es donde a mí se me acaban las pocas vitaminas franciscanas que tengo, y me sale toda la rabia dominicana, y entonces digo: "Mire, a ver, una palabra suave, pedazo de torpe, mire, comprenda usted que hay dos maneras de acabar la fe, la fe se acaba a veces atacándola, por ejemplo, como los musulmanes se burlan de la Eucaristía, y todas esas cosas; pero la fe también se acaba por inanición, por no alimentarla.

Entonces todas estas personas que andan saltando, saltando de un grupo a otro, son como bambis, saltando, saltan y saltan de un grupo a otro, esas personas tienen el problema de que les acaban la fe por inanición.

¿Usted cree que estar uno un año oyendo a un gran predicador protestante, -y es que hay unos de una elocuencia fantástica-, y oyendo al predicador; y un año de emoción, un año de amor, un año de unión con Dios sin necesidad de Eucaristía, sin necesidad de confesiones, sin necesidad de Rosario, sin necesidad de Papa, sin necesidad de nada, eso qué hace? Crea en la persona la sensación de que todo eso no sirve para nada, todo eso no se necesita.

"Mucho, más fácil esto otro donde uno va, organiza un grupo de danza, uno va, ¿qué hace? Canta, aplaude, no tiene todo ese problema de encíclicas, y todos esos problemas morales, y toda esa liturgia, ah, todas esas confesiones, ya eso no se necesita, sólo necesito la Palabra de Dios, y Dios conmigo, dentro de esta botella". La fe se acaba así.

Entonces, la persona va perdiendo fe. De estar así como bambis saltando, brincando de un grupo a otro, las personas van perdiendo la fe, pierden la fe, un día se dan cuenta de que: "Bueno, vamos a tratar de comulgar, pues sí, será como ir allá a recibir eso, daño no hace".

¡Que tristeza! Con qué amor se da Jesucristo en la Eucaristía, y no: "Daño no hace; bueno, participar aquí, otro día iré a la Cena del Señor de la Iglesia de Filadelfia, y otro día iré a la Casa sobre la Roca, y otro día aire al Aposento Alto, y otro día iré, cuando venga la enfermedad grave, pues para eso se hizo la oración fuerte al Espíritu".

Santa Clara es una persona que nos invita a amar la Eucaristía, a creer en la Eucaristía; no es un reconocimiento frío, como el que comprueba que un cheque sí tiene fondos, sí le alcanza; es el reconocimiento de la presencia viva del Señor, no es un dato en nuestra inteligencia, es la presencia del amado.

Clara, que tenía desde el principio de su vida esa unión esponsal tan hermosa, porque Jesús fue el todo de la vida de Clara; Clara, que tenía esa unión tan profunda, pues Clara sabía predicar eso y le infundió tal amor a la Eucaristía a este padrecito, que el padre salió vivo victoria.

Clara tuvo otros amores, tuvo muchos amores muy santos, yo quiero mencionar dos últimos. Mire, el amor a la oración.

Hubo un segundo intento de los sarracenos, los sarracenos no invadieron esta región en la vida de Clara; pero en un segundo intento, pues el padrecito había pedido que lo trasladaran, entonces no hubo padre por ahí cerquita, y Clara detuvo el segundo intento de invasión, lo detuvo ofreciendo sus dolores en una oración profunda, postrada en su lecho de enferma, a fuerza de pura oración.

"No hay necesidad de hacer nada más; Dios se va a manifestar en eso, vamos a orar". Claro que esto también lo pueden decir muchas personas; pero, en este caso, se trata de una persona que ha hecho todo un recorrido junto a la Cruz de Cristo, y su palabra fue profética verdaderamente: "No hay necesidad de violencia en este caso, déjenme orar y oren conmigo, hermanas", y el monasterio a salvó.

Y lo último que quiero recordar, porque me encanta de la vida de Clara, siempre es bonito recordar las últimas palabras, ¿no? Cada persona muere como ha vivido. Se cuenta de un tahúr, por ejemplo, estos señores que son adictos al juego, cuando se estaba muriendo dijo: "Voy restos". Cada persona muere como ha vivido.

Clara, por ejemplo, hizo una oración tan bella, se conservan las últimas palabras de Santa Clara, hay que querer mucho a Santa Clara, es una Santa encantadora, se conservan sus últimas palabras.

Ella hizo como una oración muy linda, de una ternura, es que es la ternura que tienen los franciscanos, que realmente a nosotros a veces nos hace falta, nosotros a veces nos volvemos demasiado académicos, demasiado cerebrales, aunque también hay dominicos brutos.

Pero en general, nosotros, se supone, que nos dedicamos un poco más a la cuestión del estudio, y a veces eso, si uno se descuida, se le puede secar el corazón a las corrientes de la ternura; Clara es de una ternura incalculable.

Entonces ella se puso a hacer una oración pidiéndole a Dios, pero también hablando con su propia alma, es el lenguaje que tienen los místicos, entonces ella hablaba con su alma y le decía: "Tú ya puedes irte, decía ella conversando con su propia alma, porque vas a ir a tu Creador, vas a ir a tu Redentor que desde siempre te ha amado".

Y después de que decía otras palabras semejantes, entonces casi en el último momento, casi ya para expirar le dijo a Dios: "Gracias, Señor, porque me creaste".

Esa gratitud de Clara, por esa cosa tan elemental que a uno no se le ocurre tal vez agradecer a Dios, "gracias porque me creaste".

Al término de toda su vida, tenía 61 años cuando estaba muriendo, al término de toda su vida, Clara contempla todo lo que ha hecho Dios y lo ve todo cubierto por el amor, lo ve todo cubierto por la sabiduría, lo ve todo levantado y protegido por el poder de Dios, y siente que Dios es la razón de toda su vida.

Ese amor, que empezó a los trece o los catorce años, madurado por el paso del tiempo, santificado en medio de las pruebas, purificado de tantos modos, ese amor estaba listo para la cosecha; y Clara, como ejerciendo el sacerdocio de su bautismo, entregó todo lo que ella era a Dios con esas palabras: "Gracias porque me creaste", y así se entregó a los brazos de Papá Dios.

Pidámosle al Señor, que por la intercesión de Clara, nos regale estos mismos amores, son amores hermosos, el amor a la sencillez, el amor a Cristo crucificado, el amor a la pureza, desde luego, realmente vivió como una virgen sin tacha; el amor a la fraternidad, el amor a la pobreza, el amor a la oración, el amor encendido a la Eucaristía y el amor a la gratitud.

La intercesión de Clara vuelva nuestros corazones hacia Dios y los colme de estas hermosas virtudes.

Amén.