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Fecha: 20110207
Título: La familia de Jesus, el honrar padre y madre y el aprender a ser hermanos
Original en audio: 7 min. 41 seg.
Vamos a mencionar tres puntos: la familia de Jesús, el honrar padre y madre y el aprender a ser hermanos.
Mateo empieza su evangelio con la familia de Jesús, o mejor, con lo que podríamos llamar el "árbol genealógico de Jesús". En ese árbol Mateo no esconde sino que muestra una cantidad de frutas podridas, de ramas dañadas; heridas y pecados no faltan. Por recordar sólo algunos, tenemos el incesto que comete Judá con Tamar, tenemos a la prostituta Rajab, tenemos a la extranjera Moab, -estaba prohibido casarse con extranjeras-, tenemos el crimen de David con la mujer de Urías, el hitita. Esta es la familia de Jesús.
De generación en generación hay problemas y pecados que se repiten, y por eso hay gente que hoy habla de "cadenas intergeneracionales", incluso parece que hay una base genética para esto. Familias con propensión al alcohol, o propensión a la depresión, o con tendencia al suicidio. Es una cosa compleja, es un tema denso en el que no podemos entrar ahora.
Lo que sí es cierto es que cada uno de nosotros también tiene su propio árbol, tiene su propia secuencia. Cuando hablamos de orar por los padres y madres difuntos, inmediatamente uno piensa en el propio papá y en la propia mamá; pero pensemos que detrás de ellos hay generaciones y generaciones y que, por consiguiente, de algún modo lo que hizo Jesús con su familia también le corresponde a cada uno de nosotros, seguidores de Cristo, con nuestra propia familia.
Es decir, sólo hay un Redentor, que es jesucristo; pero de algún modo, tu familia ha de encontrar en ti lo que podríamos llamar su redención, su fruto más precioso.
Esta idea le gustaba muchísimo a San Jerónimo, que predicaba con muchísimo ardor el celibato, la virginidad consagrada, hasta el punto de que algunos de sus adversarios le decían: "Si todo el mundo se entrara a los monasterios y se consagrar de manera virginal, se acabaría la especie humana". Y San jerónimo respondía: "No se acabaría la especie humana: llegaría a su plenitud y sería el retorno de Cristo".
Es decir que nosotros, que hemos recibido el llamado y el don a la virginidad por el Reino de los Cielos, somos invitados a convertirnos de alguna manera en el fruto de toda esa cadena de personas que está detrás de nosotros; y la idea es que nosotros, con la santidad de vida, con una existencia grata al Señor, de ese modo, como Cristo, tomemos esa herencia y también sanemos ese árbol.
Así que si en nuestras familias ha habido todo tipo de problemas hereditarios y repetitivos, pues es el tiempo para que nosotros pensemos que nuestra propia inmolación tiene un sentido de redención retroactiva, no porque nosotros reemplacemos a Cristo, sino porque nos unimos con Él. Así que, incluso los que todavía tiene el papá y la mamá vivos, piensen, por favor, que también en sus antepasados seguramente hay cosas que redimir.
¿Qué sabemos de nuestros antepasados si sus vínculos con magia, o con mafia, o con alcohol, o contrabando, con todo tipo de vicios o problemas? Es nuestro deber recordarlos en nuestras oraciones y sentir que Jesús, en nosotros, está haciendo también una obra maravillosa de salvación en esas personas. Es la solidaridad que expresamos en el Credo con aquellos de la "comunión de los santos".
Es el segundo punto es lo que se refiere a honrar padre y madre. Quienes hemos tenido un servicio pastoral y pienso que especialmente los sacerdotes, más de una vez hemos escuchado la pregunta: "¿Cómo puedo yo cumplir este mandamiento si mi papá fue un irresponsable o nos abandonó, si nunca me he entendido bien con mi mamá?" Cosas de este género. Pero el sentido profundo del mandamiento bíblico es muy preciso.
El verbo "honrar" resulta muy difuso en castellano, pero cuando se trata de la honra en la Biblia, cuando de honrar o de dar honor en la Biblia, nos damos cuenta de que es un verbo hebreo que tiene un sabor esencialmente divino; y aunque no sepamos mucho hebreo, esto lo notamos porque ne la Biblia son muy poquitos los elogios que se dan a personas humanas, diríamos que la Biblia es un libro bastante duro con el ser humano, y los elogios son mínimos, y los errores, las caídas y las incoherencias se presentan tal cual.
San Pablo, perseguidor; Pedro, traidor; Juan y Santiago, hijos del trueno, y así sucesivamente. Ahí, como se dice popularmente en colombiano, "no se les sostiene a nadie".
La Biblia no es un libro que esté lleno de elogios baratos; el verbo "honrar" se refiere propiamente a Dios y a lo que es de Dios. O sea que el verdadero sentido del mandamiento está en encontrar aquello que es de Dios, aquello que viene de Dios en la vida y en la obra de nuestros padres; por supuesto que esto incluye el don de la vida que a través de ellos hemos recibido. Pero también incluye el juicioso análisis de qué es lo que yo debo conservar de mi papá, incluso aunque haya cosas que me hayan decepcionado radicalmente de él.
¿Que debo conservar de mi mamá y también de abuelos, y también, según explica el Catecismo de la Iglesia católica, de aquellos que han tenido autoridad sobre nosotros? Eso incluye el maestro de novicios, el maestro de estudiantes, el prior y otros parecidos.
Es decir que en ese mandamiento tenemos el deber de buscar qué hay de Dios, qué hay para agradecer, qué es digno de emulación en aquellos que nos han precedido.
El último punto es el de la fraternidad. Es algo muy hermoso, una experiencia que tal vez yo no había vivido de esta manera, aquello de honrar y de orar por nuestros difuntos, particularmente una persona que uno ha tenido tan cerca como el papá o la mamá. Porque siempre que pensamos en orar por los difuntos, pensamos que tal vez ellos puedan estar necesitando algo; y de ese modo, hay una solidaridad profunda entre los vivos y los ya difuntos.
Lo que quiero decir es que ante Dios todos resultamos esencialmente hermanos, y el hecho de que en la cadena del tiempo, en la secuencia del tiempo unos precedan a otros, no significas que unos sean más o menos necesitados que otros. Es hermoso reconocer que delante de Dios todos finalmente somos indigentes y todos finalmente somos amados gratuitamente.
Con este espíritu de gratitud, con este espíritu de intercesión mutua y de profunda fraternidad, sigamos celebrando esta Eucaristía.