P061010a
La primera lectura de hoy, está tomado del Evangelio según San Juan (cf. Jn 15, 26-16, 4). Durante estos días, los pasajes del Evangelio han sido tomados de este Evangelio, muy particularmente, de la conversación que tiene Cristo con sus discípulos después de la última cena. Esas palabras de Cristo, son como el testimonio que Él nos deja, y en ellas hay, no solamente, profunda sabiduría, sino también, muy grandes promesas, y entre todas esas promesas, destaca, ciertamente, la donación del Espíritu Santo, la efusión del Espíritu. Esto es lo que destaca en todo ese pasaje; estamos hablando de los capítulos xiv, xv y xvi del Evangelio según San Juan.
Hoy, por ejemplo, Nuestro Señor Jesucristo, nos dice algo muy bello: “Cuando venga el Paráclito que yo les enviaré desde el Padre, el Espíritu de la Verdad que proviene del Padre, él dará testimonio de mí.” (Jn 15, 26), es decir, que el Espíritu Santo, que viene, precisamente, como el fruto de la Pasión de Cristo, como el fruto más precioso de la oración de Cristo en favor de nosotros, Él dará testimonio de Cristo. Podemos decir, en ese sentido, que el Espíritu es como un predicador; lo mismo que un predicador le presta su voz a Dios para anunciar las maravillas de Cristo, así también el Espíritu Santo, es como un predicador; con la diferencia de que este predicador, no actúa afuera, en los oídos de nuestro cuerpo, sino que este predicador busca llegar a lo profundo de nuestros corazones. El testimonio que da el Espíritu Santo, es testimonio interior; su acción es algo así como la iluminación de nuestra inteligencia para que veamos la profunda belleza y la razón, que supera toda razón, en aquello que se nos dice sobre Cristo. Y es, aún, más impactante esta acción del Espíritu Santo, cuando pensamos que Él mueve nuestra voluntad, como aquel que da un consejo, como aquel que con amor regala una sugerencia, un susurro. Y ese susurro profundo, delicado, amoroso, pero a la vez, potentísimo del Espíritu, es el que nos conduce hacia Cristo, nos impele hacia Cristo; hace que nosotros sintamos que nuestra mejor decisión, nuestra opción fundamental, tiene que ser la persona de Jesucristo.
Eso es lo que hace el Espíritu en nosotros, y por eso hemos de clamar por ese don del Espíritu; porque sin esa acción, nosotros siempre nos quedaremos mirando lo extraño, lo exótico, lo contradictorio, lo difícil del cristianismo; diremos: “yo creo que eso no se puede”, “yo creo que eso es muy difícil”, “me dicen que debo permanecer fiel a mi esposa; me parece muy difícil”, “me dicen que tengo que confesarme; me parece difícil”, “me dicen que hay que amar a los enemigos; me parece imposible”, “me dicen que hay grandes milagros en la Iglesia; yo como que no me creo eso”. Es decir, sin la acción del Espíritu, todos estos rasgos, que son rasgos definitivos de nuestra fe cristiana, se convierten, simplemente, en enigma; un enigma que no terminamos de descifrar, una especie de rompecabezas, que no llega a tocar lo profundo de nuestro corazón, sino que se queda, simplemente, en cuestionamiento en nuestra mente. Por eso necesitamos que haya esa acción del Espíritu; y por eso tenemos que disponernos para vivir un Pentecostés con toda la fuerza, para que Dios ilumine nuestra inteligencia, y para que Dios persuada, enamore nuestro corazón.