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Una de las cosas fascinantes del libro de los Hechos de los Apóstoles, es que nos permite acercarnos a la realidad de aquellos testigos del Evangelio, la fuerza de su amor, la constancia en la entrega, los sufrimientos que padecieron, la elocuencia que les dio el Espíritu Santo, los milagros que no faltaron, todo ello es motivo de fortaleza y esperanza para nosotros, porque la misión que ellos tuvieron y que realizaron de manera tan coherente y heroica en su momento no es distinta de la misión que nosotros mismos tenemos.
Que hermoso ver por ejemplo en el pasaje de hoy capítulo trece de los Hechos de los Apóstoles, que hermoso ver a San Pablo en su tarea de dar testimonio de Jesucristo, que hermoso ver en cada auditorio, en cada lugar, busca las palabras más apropiadas, las que puedan enlazar mejor, con los corazones de sus oyentes, para poder darles siempre ese bálsamo bendito, esa enseñanza preciosa, ese Evangelio de salvación.
Eso explica porque en la predicación de hoy el Apóstol San Pablo, empieza rememorando tantos acontecimientos del Antiguo Testamento, su auditorio son judíos, están en una sinagoga y lo que a él le interesa mostrar en primer lugar, es que este Cristo, Él que él quiere anunciar no es un ser fantasioso, extraño, no es un intruso en nuestra vida, es más bien el fruto madurado de la historia de salvación, es el Ungido del Padre, es el Elegido y es también el cumplimiento de todas las antiguas promesas. Si miramos el Libro de los Hechos de los Apóstoles encontraremos que ese fue siempre el mensaje de Pablo cuando se trataba de hablarle a judíos, Jesucristo es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a nuestros padres, Jesucristo no es un intruso, Jesucristo no es un extraño, es de los nuestros, así habla Cristo a sus hermanos de raza, de su fe judía, Jesucristo no es un extraño es el fruto de las promesas de Dios.
Este modo de hablar nos invita a dos consideraciones: primera: darnos cuenta de cómo es necesario pedirle mucha luz al Espíritu Santo, para que al dar testimonio, al dar nosotros nuestra tarea de testigos, también nosotros podamos llegar hasta donde es posible a conectar con aquellas necesidades, porque Cristo se presentó como luz y solamente cuando las personas empiezan a descubrir sus tinieblas están dispuestas a recibir la luz. Cristo se mostró como pan de vida, o sea que solamente cuando las personas descubren su hambre, pueden recibir ese pan. Es la misma estrategia y sabiduría que Dios le dio a San Pablo, solamente cuando el pueblo judío descubre que hay promesas que están pendientes entonces mira con particularidad importancia a Jesucristo.
Es verdad que el fruto de los innumerables esfuerzos de San Pablo no fue muy considerado en aquella época, pero su manera de obrar tan llena de delicadeza y naturalidad sigue siendo una referencia para nosotros, sobre todo desde una perspectiva, Cristo no puede llegar como intruso a nuestras vidas, nunca será algo que yo le impongo a otro porque yo quiero que ese otro crea como yo creo o que obre como yo obro. Siempre el camino será, ¿Cuál es la necesidad de mi hermano? ¿Cuál es el dolor de mi hermano? ¿Cuál es la herida de mi hermano? Y cómo puedo descubrir el puente de amor que une a mi Señor Jesucristo con esa necesidad de ese hermano mío.