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El capítulo once de los Hechos de los Apóstoles, nos cuenta la manera maravillosa cómo el amor de Dios, partiendo de las primeras misiones allá en Jerusalén, va alcanzando cada vez nuevas fronteras. Esto, en realidad es, simplemente, el cumplimiento de lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo en el capítulo primero del mismo Libro de los Hechos de los Apóstoles: “Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Podemos decir que la buena noticia de salvación, por su propia naturaleza, está llamada a expandirse. Los terremotos y otras tragedias, tienen un carácter de expansión: hablamos de un epicentro donde es mayor la destrucción, y luego a partir de ese epicentro hay ondas que se propagan; por eso existen los tsunamis. Un tsunami es como una onda de destrucción que se propaga a partir de un epicentro; pero, si eso sucede con las cosas malas, hay que recordar que sucede también en el bien, y sucede también con lo bueno. El epicentro de esta revolución maravillosa de amor y salvación, es Jerusalén; y hay ondas de salvación, que son los misioneros, que van alcanzando nuevas personas, nuevas culturas, nuevas lenguas, de modo que, ese mismo Dios, esa misma salvación, cada vez, sea buena noticia para otras hermanas y otros hermanos nuestros.
Podemos decir, que la buena noticia, es aquella frase de San Pedro, en el capítulo cuarto de los Hechos de los Apóstoles, cuando dice: “Nosotros no podemos callar lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20); algo parecido a lo que describe en su primera carta, el apóstol San Juan: “Lo que hemos visto y oído, se lo anunciamos también a ustedes, para que vivan en comunión con nosotros” (1 Jn 1,3). Y por eso debemos considerar como enteramente natural, enteramente normal, que la Iglesia llegue a nuevas realidades culturales, nuevas razas y nuevos idiomas, y se expanda utilizando nuevos caminos; lo anormal, sería que no sucediera así. ¡Qué cosa tan rara sería un viento, que no moviera las hojas; un fuego, que no quemara! Pues, este fuego bendito del Espíritu, este movimiento maravilloso de gracia, tiene que llegar a muchos otros.
Pero, esa expansión no puede implicar una disminución en la calidad: hay cosas que a medida que se van expandiendo, se van degradando, por no decir, “se van degenerando”; no debe ser el caso, con la evangelización. Así, por ejemplo, uno ve este caso en el tema de las comidas: hay comidas que son típicas de Italia, o de Francia, o de México, que se han ido expandiendo, pero, a veces, te encuentras con que en un restaurante te las ofrecen, pero tienen muy poquito que ver con las originales, por lo menos me ha sucedido a mí, con los tacos mexicanos; como dirían los mexicanos: “No son los meros, meros”, ¡no tienen que ver! Eso está indicando que se da como una especie de degradación, y quizá esos que hacen tacos a tantísima distancia de México, han recibido una versión ya muy desteñida de lo que era el original; no debe suceder así con el Evangelio.
Así como los paganos, los distantes, las periferias, tienen, hasta cierto punto, el derecho dado por la gracia de Dios, de recibir el Evangelio; por ese mismo título, tienen también el derecho de recibir el Evangelio completo y como es. ¡Recibir el Evangelio como es!, ¡recibirlo con toda su calidad, y con todas sus implicaciones! Y es interesante ver, cómo en este pasaje de Hechos de los Apóstoles, aparece, una y otra vez, el término “conversión”. Es decir, no se trata simplemente, de hacer partícipes a otros de una especie de moda; se trata, de que tengan, como dijo el apóstol San Juan, “comunión con nosotros”, es decir, que vibre en ellos la misma gracia y el mismo amor que nosotros hemos recibido. Así que bendito el epicentro de la gracia, bendita la expansión de la gracia; pero, es responsabilidad de todos, que a todos llegue con la misma calidad, de manera que crezca la gloria del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.