P034010a
Una de las frases más misteriosas, pero también más bellas de todo el Evangelio está en el capítulo seis de San Juan. Dice Nuestro Señor Jesucristo:” Nadie puede venir a mí, si el Padre no le atrae”. (Jn 6,44). Precisamente en estos días reflexionamos, sobre cómo Cristo es don, es regalo del Padre para nosotros, dice Cristo:” No fue Moisés el que les dio el pan del cielo, es mi Padre el que les da el pan del cielo” (Jn 6,32). Y cuando la gente le dice, danos de ese pan, entonces Cristo declara abiertamente: “Yo soy el pan vivo bajado del cielo” (Jn 6,51). Esto demuestra que Cristo es un regalo del Padre para nosotros, pero la frase de hoy tomada del mismo capítulo seis de San Juan es como el complemento de esa frase, porque dice Cristo: “Nadie puede venir a mí, si el Padre no lo atrae” (Jn 6,44). Eso quiere decir que en nuestro impulso y deseo de encontrarnos con Jesús, hay una acción misteriosa, escondida sumamente discreta, pero también sumamente eficaz del Padre Celestial y es muy bello pensar que así como Cristo es regalo del Padre para nosotros, también Cristo es quien nos recibe a nosotros como regalo del Padre, abiertamente lo dice Él, en otro lugar: “Al que viene a mí no lo echaré fuera”.(Jn 6,37) y también refiriéndose a sus discípulos, dice en la última cena: “Yo los he guardado en tu nombre”(Jn 17, 26).
Cristo es el regalo que Dios Padre nos da, pero también nosotros mismos somos convertidos por el Padre Celestial en regalo para la gloria de Cristo, de hecho si el apóstol San Pablo pudo decir a alguna comunidad:” Ustedes son mi gozo y mi corona” (Flp 4,1), mostrando así que su propia gloria es Cristo, es decir la manifestación del poder de Cristo en el apóstol son aquellos que han sido evangelizados por el apóstol, entonces ¿Qué somos nosotros? Nosotros mismos somos gloria de Cristo y nosotros convertidos en regalos del amor del Padre, para Cristo somos la expresión visible del inmenso amor que le llevó a Él hasta el sacrificio de la cruz, es algo hermoso de contemplar: “Cristo es un regalo de Dios Padre para mí, pero yo soy un regalo de Dios Padre para Cristo, yo soy expresión de la gloria de Cristo”. Tu quE crees en Él, eres expresión de la Gloria de Cristo, es decir que es Papá Dios quien ha propiciado el encuentro, entre la gracia de Cristo y nuestra inmensa indigencia. Es Papá Dios quien ha propiciado el encuentro entre el alimento que es su propio Hijo Jesús y nuestra hambre que nos ha llevado finalmente ante Él, es Papá Dios quien ha propiciado también el encuentro entre el médico y los enfermos, entre el que podía liberarnos y nosotros que estábamos sujetos a tantas cadenas.
Este volver nuestra mirada al Padre Celestial es el comienzo de una actitud de verdaderos hijos, el apóstol San Pablo dice: “Estos son los hijos de Dios, los que se dejan llevar por el Espíritu Santo de Dios”. (Rm 8,14-15).
Pues que sea ese Espíritu el que infunda en nosotros la certeza de que somos hijos de Dios y que, en el encuentro con el Hijo, cada uno de nosotros aprenda a crecer como verdadera hija e hijo del Dios Altísimo y esa es nuestra verdadera vocación. Nuestra verdadera vocación no es solamente hacer dinero y gastarlo, o tener placeres y luego tener remordimientos, es ser plenamente hijos en el Hijo, es responder al llamado del amor del Padre, es ser fieles al don de su Espíritu.