O021002a
Fecha: 19980119
Título: No solamente buscar lo que Dios quiere, sino como Dios lo quiere
Original en audio: 8 min. 38 seg.
Samuel inició su labor profética dando un oráculo incomodísimo. Sabemos que entonces era un muchacho, casi un niño, y tuvo que decirle a Elí, el sacerdote del santuario que custodiaba el arca, que Dios no aprobaba su negligencia, su descuido, su falta de pastoreo, de vigilancia, y que además, había descalificado para servicio divino a los hijos del sacerdote Elí.
Ese no fue el único oráculo incómodo que le tocó dar a Samuel. Hoy vemos que tuvo que dar este otro oráculo, igualmente incómodo, para el rey Saúl. Yo quiero destacar dos cosas de las palabras de Samuel. Primera: Samuel empieza por recordarle los orígenes de su vocación: "Aunque tú eres pequeño a tus propios ojos, ¿no eres el jefe de las tribus de Israel? El Señor te ha ungido rey de Israel" 1 Samuel 15,17.
Saúl era de imponente presencia. Era un benjaminita, hijo de Quis. Era muy alto, dice la Sagrada Escritura; sobresalía de los hombros para arriba. Era altísimo, imponente; pero era un hombre humilde también.
Dios le revela su propia grandeza. De algún modo le hace sentir esa grandeza, al elegirlo rey de Israel. Pero Saúl entonces se fue como al otro extremo, me da la impresión. Se apropió demasiado de esa realeza, y empezó a tomar decisiones por su cuenta, y no por la cuenta de Dios.
El peor orgullo, me parece a mí, es el de aquel que se supo humilde, y que viene desengañado de la humildad. Ese es el que cae de la peor manera en las garras del orgullo, así como el honrado, desengañado de su honradez, es el peor ladrón, y el impuro, aburrido de la castidad, empieza a buscar todo género de placeres. Así le pasó a Saúl. Saúl salió de su humildad, a la soberbia de imponer su parecer al de Dios.
Ese es el primer comentario. Pero antes de decir el segundo, nótese que Saúl se volvió respondón, se volvió altanero. Samuel dijo: "¿Por qué te has lanzado sobre el botín, y has hecho lo que desagrada al Señor?" 1 Samuel 15,19.
Y responde Saúl: "Yo he obedecido al Señor" 1 Samuel 15,20, señal inequívoca de orgullo; no se soporta la acusación.
Alguna vez un sacerdote desconfiaba sobremanera de la santidad de Catalina de Siena. Fue yendo donde estaba, y empezó a recriminarle de muchas cosas, sobre todo de chismes que había en torno de la Santa. Catalina pasó la prueba. No perdió la paciencia. No le pareció demasiado grave que se dijeran cosas terribles de ella, porque tenía conciencia de ser una pecadora ante Dios.
El corazón orgulloso no soporta la corrección justa, ni la acusación injusta. Y aquí Saúl no soporta la corrección justa de Samuel, prueba de cómo se ha hinchado su soberbia.
"Yo he obedecido al Señor. Anduve por el camino que me envió" 1 Samuel 15,20. Hay que recordar estas palabras de Saúl, porque el sucesor de Saúl es David. Y será otro profeta, Natán, el que le denuncie a David su pecado, y le diga: "Tú has pecado, has adulterado, has asesinado" 1 Samuel 15,19.
La reacción de David es muy distinta: "Sí, he pecado contra el Señor" 1 Samuel 12,13.
Por eso con David se pudo hacer una dinastía, la que no se pudo hacer con Saúl. Porque de la humildad, del arrepentimiento, se puede construir el edificio de la gracia.
El segundo punto es aquello de que mejor es obedecer que sacrificar. Dios le había mandado a Saúl que consagrara al anatema. El anatema era un acto religioso, no era un acto de violencia simplemente. Era un acto religioso, por el cual se destruían las posesiones de los enemigos.
Cuando se ofrecían sacrificios al Señor en un altar, ¿qué era lo que se hacía? Llevar las víctimas y quemarlas en un lugar. Cuando Dios mandaba que se hiciera anatema algo, lo que estaba diciendo era: "El altar va a ser esa misma ciudad, y ahí me ofrecen todo".
¿Por qué destaco esto? Porque resulta que Saúl dice: "No, es que yo separé lo mejor del ganado para ofrecerlo en sacrificio" 1 Samuel 15,21. Saúl obedeció al "qué", pero no obedeció al "cómo".
Y resulta que la perfección en el servicio de Dios no está en qué se hace, sino en cómo se hace. Porque cumplir algunas cosas, realizar algunas cosas, no es lo que Dios necesita. Dios no necesitaba de ese ganado, Dios no necesitaba que fueran quemados esos animales; eso no lo necesitaba Dios. Dios necesitaba, que ardiera en el altar la voluntad humilde, dócil, arrepentida del corazón humano.
Y en esto tenemos una enseñanza que va mucho más allá del rey Saúl y del profeta Samuel. Porque es que Dios quiere, no sólo que hagamos lo que Él quiere, sino como Él quiere. Y esto significa, a la hora de Él, a la manera de Él, con las personas que Él dice.
Nosotros, religiosos, tenemos mucho que meditar aquí. Habría que preguntarse muchas veces, si nosotros estamos buscando, no sólo lo que Dios quiere, sino como Dios lo quiere. ¿Cuál es la hora de Dios? ¿Cuál es el lugar de Dios? ¿Cuáles son las personas que Él desea? Hay que orar en este sentido, y pedir a Dios, no solamente que realicemos su voluntad, sino que la realicemos como a Él le gusta.
Me encanta el resumen que hace de esto San Vicente de Paúl: "No sólo hacer el bien, sino hacer bien el bien". Eso es, "hacer bien el bien". Hacer únicamente el bien, en parte, es tratar a Dios como se trata a un negociante: "¿Qué es lo que usted quiere? ¿Que yo no me case? Entonces no me caso".
"¿Qué es lo que usted quiere? ¿Una plata? Coja su plata". Ese es un negociante; hace lo que Él quiere; ese es el bien. Pero es como Él lo quiere; eso es hacer bien el bien.
Con la gracia del Espíritu, que es el único que nos convierte en ofrendas, que sea éste nuestro camino de hoy en adelante.
Amén.