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El Evangelio de este día está tomado de san Juan, y es interesante que sea del cuarto evangelista el texto de hoy, porque si caemos en cuenta en los días que van entre la Epifanía y el Bautismo del Señor, es decir conoce celebra en muchos países, entre el domingo pasado y el próximo domingo, esas lecturas han sido tomadas de los cuatro Evangelios, tuvimos un texto de Mateo, luego tuvimos dos textos de Marcos, luego dos textos de Lucas y ahora tenemos a san Juan. Como lo hemos dicho en otras oportunidades, esto no es casualidad, nuestra Iglesia lleva 2000 años celebrando a Jesucristo, 2000 años buscando lo mejor de los pasajes bíblicos y de los tesoros para poder proclamar el misterio del Hijo de Dios hecho hombre. Hay textos de los cuatro Evangelios porque durante estos días se ha querido mostrar que el Evangelio mismo, que cada uno de los cuatro Evangelios es como una larga epifanía, lo que se quiere a lo largo de estos textos es mostrar que en escenas específicas Cristo se ha mostrado, Cristo se ha manifestado como verdadero Dios, como Señor, como Salvador. Si los textos han sido tomados de los cuatro Evangelios, es para decirnos que los cuatro Evangelios son eso, y que hemos de leerlos de esa manera, como epifanía, como testimonio que nos acerca a ese Dios que ha querido hacerse cercano a nosotros.

El texto de hoy es del capítulo tercero de san Juan, la frase más importante es la que aparece hacia el final: “es necesario que Él, es decir Cristo crezca y es necesario que yo disminuya” (Jn 3,30), hermosisímo modo de describir un corazón humilde, pero modo hermoso de describir lo que es convertirnos nosotros en epifanía, porque en esta semana hemos hablado de lo que Cristo ha hecho: que camina sobre las aguas, que multiplica los panes, bellísimo, hermosísimo todo, pero Cristo quiere tener también su epifanía, no sólo ante mí o para mí, sino quiere que yo mismo me convierta en epifanía, epifanía suya, quiere que yo mismo sea manifestación de su misericordia, de su poder, de su sanación, ¿y eso cómo sucede?, pues sucede cuando tomamos como propia la consigna de Juan Bautista, todo aquel que se acerca a Cristo, aquel que creen en Él y que es capaz de repetir las palabras de Juan Bautista: “que Cristo crezca, que yo disminuya”, está convirtiéndose en epifanía de Cristo.

Por ejemplo en los santos la caridad pastoral de un Juan Pablo segundo; la misericordia, la ternura para con los pobres en una madre Teresa de Calcuta; tomar el lugar de un condenado a muerte como lo hizo Maximiliano María Kolbe; vivir en la pobreza como participación en el despojo del Señor como Francisco de Asís; extender ampliamente el regazo de la caridad, incluso hasta los más humildes animalitos como un Martín de Porres; vivir la pureza con alegría y con ese brillo que solo tiene sabor de cielo, como una Rosa de Lima; cada uno de los santos, podemos decir que le ha reservado lo mejor de su corazón, lo más amplio de su vida, se ha convertido en terreno fértil donde Dios ha podido hacer su obra, así que despidámonos de esta hermosa semana de epifanía, dándole gracias al Señor, y con una convicción, también quiere Él hacer de cada uno de nosotros manifestación de su gloria.