Nde4017a
El Evangelio de hoy está tomado del capítulo cuarto de San Lucas, hemos notado que los días posteriores a la Solemnidad de la Epifanía se producen bastantes variaciones en el texto del Evangelio, primero tomamos un texto de Mateo, luego dos textos de Marcos, hoy tenemos uno de Lucas, y creo que es bueno insistir en cuál es la razón para esta variedad, porque nuestra Iglesia Católica no es caprichosa y en algo que es fuente de nuestra fe, que es alimento y sustento de nuestra fe como es la liturgia, la Iglesia no es caprichosa. Sucede que en los días que van entre la Epifanía y el Bautismo del Señor, en esos días la Iglesia nos está presentando escenas, fotos de cómo se muestra Cristo en distintas circunstancias. La Epifanía se asocia con la llegada de los personajes exóticos de Oriente, los que llamamos los reyes magos, pero esa fue una epifanía, hay muchas, cuando se mostró los pastores, cuando se mostró a sus discípulos, esas también son epifanías.
Cuando por fin descubro que Jesús es mi Señor y mi Salvador, es lo más importante en el curso de mi historia, porque qué sacamos con hacer afirmaciones generales sobre Cristo, si Él no llega a ocupar su lugar, el trono que le corresponde como verdadero Rey en nuestra vida. Entonces los Evangelios de estos días llevan esa lógica, son Evangelios que nos hablan de epifanías, en plural, manifestaciones del Señor. La de hoy, por ejemplo, en el capítulo cuarto de san Lucas, nos muestra cómo llega Cristo a su propio pueblo, a Nazaret y en la sinagoga, podemos imaginar este sitio como un lugar humilde pero bien arreglado para la oración de aquellos creyentes, Cristo aplica a su propia vida palabras que el profeta Isaías había dicho muchos siglos atrás. Básicamente el centro de gravedad de esta lectura del Evangelio de Lucas, está en la frase que dice Cristo: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír” (Lc 4,21). Lo que está diciendo Cristo es que todo eso que era promesa ya no es solamente eso, es realidad, se ha vuelto real en nuestra vida; Cristo se hace realidad pero lo importante es que en Él todo aquello que había sido anunciado, figurado, prometido y esperado, ahora llega, ahora se hace presente, ese es nuestro Salvador. Podemos por supuesto, darnos cuenta que la llegada de Cristo está unida, inseparablemente unida a la unción del Espíritu, con lo cual es bueno recordar aquella expresión antigua de los Padres de la Iglesia: “el Hijo y el Espíritu eran como los dos brazos de Papá Dios”, de modo que enviándonos a su Hijo y a su Espíritu Papá Dios quiere abrazarnos, quiere estrecharnos a su corazón, quiere traer verdadera comunión y comunicación con cada uno de nosotros. La manifestación de Cristo y la unción del Espíritu son inseparables, finalmente es el Espíritu quien llegando también a nosotros hace que tengamos ojos para reconocer al que Dios nos ha enviado, y sin esa unción del Espíritu que está en Él y que quiere estar en nosotros es imposible reconocer al Señor.
Pidamos al Espíritu que venga a nuestro corazón para que tengamos ojos que sepan contemplar al Señor y para que tengamos oídos que puedan reconocer su Palabra, y en ella su victoria, su amor y su salvación. Amén.