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El Evangelio de hoy es continuación del episodio que se nos contaba ayer, durante todos estos días, entre la Solemnidad de la Epifanía y la Fiesta del Bautismo del Señor la palabra clave es “manifestación” y lo que quiere nuestra madre la Iglesia, es que viendo distintas fotos, distintas escenas de cómo se manifiesta Cristo, nosotros también nos preguntemos ¿cómo se ha mostrado Cristo en mi vida? de eso es lo que se trata ¿cómo ha llegado Cristo a mi vida? ¿quién ha sido Él en mi historia?; podemos decir que la gran invitación es leer la vida, encontrar en la historia de cada uno cómo el Señor se muestra, cómo el Señor es grande, compasivo y sabio.

Ayer la multiplicación de los panes, hoy Cristo caminando sobre las aguas, podemos decir que exteriormente hay grandes diferencias, pero si vamos al impacto que estos hechos tuvieron en el corazón de los discípulos, nos damos cuenta que hay algo que une profundamente las dos escenas. La multiplicación de los panes despierta asombro en la gente, “cómo es posible que este señor pueda darnos alimento en tierra despoblada; es decir el desierto no le limita, no le gana, cómo es posible que Él pueda alimentarnos en despoblado”. Ese asombro aparece de una manera nueva pero no menor en el pasaje cuando nos encontramos cuando Cristo camina sobre las aguas, este Cristo que avanza sobre el lago, está mostrando el señorío de Dios, por supuesto que es un hecho imposible para las leyes de la física que conocemos, es imposible caminar sobre el agua. Pero no se trata simplemente hacer cosas extrañas. Al mirar en el Antiguo Testamento nos damos cuenta que el agua es la creatura indómita por excelencia, el agua es que por una parte puede dar la vida, pero por otro lado puede arrasar, destruir y traer la muerte, entonces ¿quién domina las aguas?, en el Antiguo Testamento la respuesta es clara: sólo Dios; Dios es el único que gobierna sobre las aguas. Ya en el capítulo primero del Génesis es Dios que separa, las que la Biblia llama aguas superiores y aguas inferiores (cf. Gn 1,6-7), las inferiores que brotan en manantiales, las superiores que caen en forma de lluvia.

Después en el diluvio encontramos a Dios dando una orden tanto a las aguas superiores como a las inferiores para que vuelvan en una especie de caos, en una especie de deshacer la creación, como darle marcha atrás a la creación, pero a pesar que esas aguas superiores caen y las inferiores brotan, queda como una burbuja de salvación, y esa burbuja de salvación es el arca donde está Noé con su familia (cf. Gn 7,1-24).

Luego hay salmos que cantan el poder de Dios sobre las aguas, como aquel que dice: “la voz del Señor sobre las aguas, el Señor sobre las aguas torrenciales….el Señor se sienta por encima del aguacero” (cf. Sal 29). Es decir, el pueblo tiene claridad que sólo Dios es el que gobierna las aguas, un texto parecido tenemos en el libro de Job, en el capítulo 38 de este libro, Dios entra en disputa con Job, después de que muchas veces él le ha dicho a Dios que quiere encararse con Él, y quiere preguntarle por qué le pasa lo que le pasa, pues Dios entra efectivamente en diálogo con Job y básicamente lo que le recuerda es: “tú no eres Dios, eres creatura, sólo hay uno que es Dios” (cf. Jb 38,1-5), y en la desmostración de su divinidad Dios dice algo: “quién le puso un límite a las aguas, quién le dijo a las aguas hasta aquí llegarás y hasta aquí se romperá la arrogancia de tus olas” (cf. Jb 38,10-11), solo Dios lo hace.

Entonces en el pueblo elegido, en el pueblo hebreo el agua es indómita, el agua no puede ser gobernada, solo Dios la gobierna. Cuando Cristo obliga a las aguas a que sean piso firme para sus pies, Él está proclamando su propia divinidad, pero sobre todo está proclamando que por encima de la inestabilidad y el capricho de la vida, hay Uno que es firme, hay Uno que le da firmeza a todo, y ese es precisamente Cristo Jesús, verdadero hombre y verdadero Dios.