Nde1012a

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Las lecturas del Evangelio, durante la semana que sigue a la Fiesta de Epifanía son como una prolongación de esta misma fiesta. La gente suele asociar la Fiesta de Epifanía solamente con la visita de los Sabios de Oriente, los que popularmente llamamos los “Reyes Magos”, pero lo que sucedió fue que Cristo se mostró como Señor y Rey, a esos peregrinos que venían de lejanas tierras; lo mismo que se mostró a ellos, se mostró también a los pastores, a sus discípulos y a las multitudes. De manera que el sentido amplio, más rico y profundo de la Epifanía, no está simplemente en la visita de estos personajes exóticos; el verdadero sentido está en descubrir que Dios se muestra, que Dios en su Hijo, ha salido a nuestro encuentro para ser Señor Nuestro, para ser Salvador Nuestro, para darnos con su amor y en su amor, todo lo que necesitamos para nuestra salvación.

Eso explica por qué las lecturas que encontramos estos días son como fotografías de un álbum, y ese es el álbum que nos muestra cómo Dios se ha manifestado en distintas circunstancias. Evidentemente, lo que quiere nuestra madre la Iglesia, es que nosotros podamos descubrir en esas manifestaciones, como señales que nos ayuden a ver lo que Dios también ha hecho en nosotros; por decir algo, quizá en la fiesta misma de la Epifanía, cuando me hablan de esos Sabios de Oriente, yo eso lo puedo sentir muy lejano, pero tal vez, si soy un científico, pues diré: “así como Dios se valió de esa estrella para guiarlos a ellos, Dios puede valerse también de mi conocimiento para llevarme hacia Cristo”; o, si tal vez, mi experiencia es distinta, yo puedo decir: “así como Dios llamó a los más humildes, es decir, a aquellos pastores para que presenciaran la muestra, la manifestación de su amor, así también, Dios ha llegado a nosotros los pequeños, y nos ha invitado para que nos encontremos con Él. Ese es el estilo de las lecturas de estos días; es presentarnos distintas fotos, para que viendo esas distintas maneras de obrar de Dios, nosotros podamos decir: “Eso se parece a lo que me ha sucedido a mí”, “eso se parece a lo que yo he encontrado”, “eso se parece a lo que Dios ha hecho en mi vida”.

Por ejemplo, en el texto de hoy, tomado del capítulo cuarto de San Mateo, se nos dice: “La tierra que habitaba en tinieblas, ha visto una luz grande” (Mt 4,16); esa zona, que era prácticamente zona de paganos, ha recibido la luz de Cristo, ha recibido la luz de Dios. Y entonces, es posible que alguien que escuche este Evangelio, que lo lea, o que escuche esta predicación, diga: “Pues, tal vez esa es la situación del barrio donde yo vivo; tal vez esa es la situación de mi familia; tal vez mi familia ha sido un lugar de tinieblas, porque está entregada al consumismo, o está entregada al ateísmo, o está entregada a algún vicio”, y entonces, yo siento que esa vida, esa familia, ese barrio mío, se parece a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, y yo digo: “Si Dios pudo traer claridad, si pudo traer luz y bendición a esas tierras, Dios también puede iluminar a mi familia; si mi vida misma ha sido oscura por cualquier razón, Cristo puede llegar a mi vida, yo todavía puedo esperar epifanía, yo todavía le puedo suplicar al Señor, epifanía, le puedo suplicar que su luz brille en mi vida”.

Para eso son las lecturas de estos días; para que en cada una de esas escenas, nosotros podamos descubrir la hermosura de Dios actuando en distintas historias, y podamos recobrar esperanza para decir: “Eso también me puede suceder a mí; eso también puede pasar en mi país, en mi ciudad; eso también puede pasar en mi familia y en mi vida”. Así sea.