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Hay dos elementos que quiero destacar en el pasaje tomado del capítulo trece de San Juan, que ha sido proclamado en la Eucaristía de hoy. Lo primero, lo podemos llamar la “ingenuidad de los discípulos”, ingenuidad que los hace incapaces de entender lo que está sucediendo; cuando Cristo les dice: “Hay un traidor entre nosotros”, no entienden (ingenuidad) (cf. Jn 13,21). Y por esa ingenuidad de los discípulos hay una gran desconexión entre la manera como ellos ven las cosas y la manera como las ve Cristo. Esa terrible distancia, nos lleva a la segunda palabra importante de hoy: “la soledad”. Incluso, un discípulo tan importante, el primero entre los apóstoles, Pedro, dice con gran desconocimiento de sus propias fuerzas: “Yo te voy a seguir”, “yo voy a seguir donde tú vayas”, y Cristo, entonces, como es bien recordado, le anuncia: “No solo no me vas a seguir, sino que me vas a negar” (cf. Jn 13, 36-38). Fíjate la relación que hay entre las dos palabras que estamos utilizando, estamos hablando de “ingenuidad de los discípulos” y de “soledad del maestro, de Cristo”; ingenuidad y soledad.
Pero, detrás de esa ingenuidad, ya he explicado que ellos son incapaces de ver las cosas como las ve Cristo, su mirada está desconectada de la de Cristo. Muchas veces Cristo regañó a sus discípulos, diciéndoles: “¿ustedes no pueden leer los signos de los tiempos?, ustedes son capaces de predecir si va a llover o si va a hacer buen tiempo, ustedes son capaces de predecir el clima”; es como si Cristo les preguntara: “¿no son capaces de darse cuenta del clima cultural, religioso en el que estamos?”.
Es decir que en realidad la ingenuidad de los discípulos no es porque tuvieran problemas de cociente intelectual, la ingenuidad de ellos es la incapacidad de ver las cosas como las ve Cristo, y por tanto, la incapacidad de detectar el grave momento en el que se encontraban, y por eso se quedan perplejos. Para ellos, posiblemente, esa era simplemente una Pascua más; o es más posible, incluso, que para ellos, esa fuera la Pascua que inauguraba una etapa nueva, porque con ese recibimiento que les habían dado a la entrada en Jerusalén, pues, parecía evidente que ya la victoria definitiva del Mesías estaba muy próxima. Entonces, la mirada de ellos, posiblemente, estaba prendada completamente de los honores, de los triunfos, de los aplausos, del reparto del poder; había llegado ese tiempo para el cual cada uno se había preparado, y por eso discutían tanto: “entre nosotros, ¿quién es el primero?, ¿quién es el mejor?”, porque para ellos se acercaba esa hora; hora de exaltación, hora de aplauso, y resulta que lo que Cristo está viendo, es hora de combate, hora de dolor. Hay una desconexión completa.
Por eso tenemos que pedirle, también a Dios Nuestro Señor, que podamos conectar con el Señor Jesús, que nos demos cuenta de la gravedad de lo que estamos viviendo. En Colombia, por ejemplo, están sucediendo cosas espantosas; desde la muerte de niños por desnutrición, hasta la muerte de ancianos por eutanasia, pasando por la destrucción de la familia, y por la ampliación de los llamados “derechos reproductivos de la mujer”, que es un terrible eufemismo para apuntar a más y más abortos. Eso está pasando ante nuestros ojos; están despedazando la inocencia de nuestros niños, están destruyendo los sueños de nuestros jóvenes, están acabando con la capacidad de iniciativa de muchos empresarios de clase media, están triturando la ilusión de los docentes, y nosotros, impasibles, y así en muchas otras partes del mundo. Estamos como dopados, estamos como distraídos, como si fuera un día más, o como si estuviera muy cerca una victoria, que sería únicamente personal, únicamente nuestra. Pidamos al Señor que nos acerque a su mirada, que lo primero que se convierta en nosotros, sean nuestros ojos, para descubrir el plan de Dios, y para descubrir el camino de Cristo.