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Fecha: 20001231
Título: La familia es el tesoro de los tesoros.
Original en audio: 12 min. 12 seg.
Ayer no estaba yo en Bogotá, sino en Villavicencio. Me invitaron a comer a un sencillo restaurante de esos de comidas rápidas; había poca gente. A una mesa vecina llegó una familia: el papá, la mamá y los tres hijos. El hijo mayor debía tener unos ocho años, le seguía una niña que debía tener como unos cuatro o cinco años, y después un bebé que tenía entre uno o dos años.
Cuando entraron al restaurante, el bebé iba dormido en los brazos de la mamá; recostado confiadamente en una escena tierna, cariñosa y bella. Se sentaron a pedir las comidas. Me dio la impresión de que todos ellos venían por primera vez a ese lugar; estaban como conociendo sitios y parecía que el lugar era nuevo para ellos.
Desde luego, no era más nuevo para nadie, sino para ese bebé. Cuando el bebé se despertó, por el ruido y por la luz del restaurante, entonces empezó a llorar con una angustia terrible; no era difícil adivinar el motivo de ese llanto.
El bebé había llegado dormido a ese lugar, cuando él se durmió, el mundo era una cosa, cuando abría los ojos, estaba en un lugar que no había visto nunca, y donde unas personas que no conocía, -entre esas estaba yo-, luces sonidos, un ambiente extraño.
Lo que se veía en el rostro de ese niño era angustia: "¿Dónde estoy?" "¿Qué me pasa?" "¿Qué hago yo aquí?" Empezó a llorar con una angustia terrible. La mamá, sin dejar de cargar al niño, lo acercó a su cuerpo, lo abrazó; el niño pudo sentir el aroma, el perfume de la mamá, y empezó a hablarle cariñosamente al oído, mientras le acariciaba la cabeza y la espalda. Otra escena muy tierna y muy bella.
Poco a poco el niño se fue tranquilizando, poco a poco el niño fue sintiendo que aunque todo ese ambiente era lo más raro que él había visto en su corta vida, si estaba ahí la voz de la mamá, el perfume de la mamá, el abrazo de la mamá, la palabra amorosa de la mamá, nada malo le podría suceder.
Como yo estaba en ese restaurante con el hábito nuestro, con el hábito dominicano nuestro, el niño se me quedó mirando más o menos como nosotros miraríamos a un marciano, decía: "Este especímen; nunca había entrado en un zoologico", y me miraba con una gran extrañeza, de vez en cuando parecía asustrase, quizá por lo feo que soy, pero cuando se asustaba, se volvía hacia la mamá, miraba a la mamá, se recostaba en ella, oía a la mamá.
Esta escena yo estoy seguro que muchos de ustedes la conocen. Aquí hay niños pequeños, ustedes saben lo que es esta experiencia.
Hay un psicólogo y científico que es sumamente popular en estos tiempos, el señor Goleman, que ha escrito el best seller "La Inteligencia Emocional". Goleman dice que esa experiencia que vivió el niño del restaurante, es una de las más importantes en toda la vida, la experiencia de sentir que el mundo no pierde sentido aunque todo cambie, es decir, el mantener una referencia.
Cuando el niño se despertó todo había cambiado; apenas estaban los hermanitos, el papá, pero todo el ambiente era distinto, sin embargo había algo, fundamentalmente, los brazos de la madre, y esos brazos de la mamá significaban para él el puente de continuidad entre su mundo anterior, seguramente en su casa que ya le resulta familiar, y este otro mundo donde había colores extraños y ofertas de pizza y hamburguesa, de esas que no le interesaron mucho a él.
De modo, mis hermanos, ahí tenemos una experiencia de lo que se puede llamar una "reconexión". Cuando el niño se despierta, siente que le habían quitado el piso: "Esto es nuevo", "¿esto qué es, qué significa?" Es una amenaza", "tengo miedo", y expresaba su miedo y lloraba con un desconsuelo terrible.
La palabra cariñosa del papá, el abrazo amoroso de la mamá, le dijeron: "Mira, aunque todo cambie, nosotros estamos aquí; aunque nunca hayas visto este lugar, nosotros estamos aquí; aunque te parezca que estas luces son muy fuertes, muy extrañas; aunque creas que ese señor es un extraterrestre, nosotros estamos aquí".
Ese es el mensaje que produce en el ser humano, -todos hemos vivido experiencias como estas seguramente cuando éramos bebés-, esto es lo que produce en el ser humano arraigo, sentido de la vida, sentido del mundo, sensación, maravillosa sensación, "el mundo no se acaba, hay un hilo de continuidad, hay un puente, hay algo que permanece, puedo seguir siendo".
Para los que les guste la filosofía, el mensaje fundamental que producen los papás en esas experiencias es: "Puedo seguir siendo, no todo se ha roto; puedo segir siendo". Esto genera seguridad, capacidad de perdonarse, autoestima, anhelo de futuro, capacidad de proyección y con base en eso, capacidad de servicio y de amor.
Creo que les he traído hoy el ejemplo más trivial, más sencillo de todos; creo que es un ejemplo que todos podemos entender.
Mis hermanos, la familia es el tesoro de los tesoros, porque si ese niño no recibe esas experiencias de reconexión, si ese niño no recibe esos brazos, esas palabras, ese amor en ese momento, después ningún psicólogo, ningún psiquiatra, ningún sacerdote, tal vez nadie le pueda devolver esa experiencia.
Hay que estar ahí, en ese momento, no antes ni después, ahí. Dios inventó la familia porque quería, a través de los brazos de las madres y a través de la palabra comprensiva de los padres, infundir en cada bebé la certeza de que el mundo es posible; pero para eso hay que estar ahí, ahí, ahí, en el momento preciso.
Ese niño va a crecer, de aquí a unos años sus problemas van a ser distintos: "Mi cuerpo está cambiando, ¿qué es esto? ¿Qué pasa? ¿Por qué me siento distinto? ¿Qué son estos impulsos? ¿Estas hormonas? ¿Qué me pasa? Se me reventó el mundo, ¿qué pasa?"
Ahí, en ese momento, no antes ni después, ahí se necesita la palabra de un papá que esté ahí y que le diga: "Sé que estás cambiando, el mundo está cambiando, pero aquí estamos y tú puedes seguir siendo".
El día de mañana, esta niñita que ayer vi en el restaurante va a crecer, y va a sentir miedo: "No pude entrar a la universidad, se me cierra el panorama profesional, no me siento comprendida por nadie". Ahí, en ese momento se necesita la familia, se necesita el abrazo, se necesita la mirada de los ojos que diga: "Nosotros estamos aquí, todo ha cambiado otra vez, pero estamos aquí, y tú debes seguir siendo".
Hermano, la familia es el tesoro de la sociedad. ¡Cuiden las familias, cuídenlas, cuidemos nuestras familias!
Pidamos a Dios, oremos a Dios por nuestras familias. La familia es algo tan delicado; ¡es tanto el bien que se puede hacer con una palabra buena, pero es tanto el daño que se puede hacer con una palabra mala!
Me decía una mujer, hoy tristemente separada, bueno, es una mujer que tiene muchas cualidades, la separación no quiere decir que quedó cancelada del mundo de la gente que puede hacer el bien, me decía esta mujer: "Un día el que fue mi esposo me dijo: "¿Sabe una cosa? Yo nunca la quise a usted" ¿Cuánto demora decir esta frase? "Yo- nunca- la- quise- a- usted", seis palabras capaces de despedazar el corazón de una mujer.
¡Cuide sus palabras, cuídenlas! ¡No diga bobadas! Sepa pedir perdón a tiempo, deje asomar las lágrimas, abrace cuando hay que abrazar, comprenda, escuche, dé amor; pero a todos se nos acaba la gasolina, es muy difícil vivir así.
Por eso necesitamos de Dios. La familia la inventó Dios. Llame a Dios a su familia, que Dios reine en su familia, para que su familia, según el modelo de la Sagrada Familia, sea una escuela de amor, una escuela donde los niños y las niñas puedan sentir: "Yo puedo seguir siendo, yo puedo permanecer; hay alguien que me ama". Así vamos tejiendo el futuro, un futuro nuevo para la sociedad.