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Este es el Segundo Domingo de Pascua, por deseo del Papa San Juan Pablo II este domingo lleva el sello de la misericordia; las lecturas sin embargo, no fueron cambiadas por esta decisión del Papa, son las mismas que tradicionalmente se han tenido para este domingo.

La primera lectura tomada del capítulo quinto de los Hechos de los Apóstoles nos habla de una maravillosa expansión, un crecimiento en cantidad y en calidad de los cristianos; el Evangelio por su parte está tomado de san Juan (Jn 20,19-31) y nos presenta el encuentro entre Cristo y uno de sus discípulos más escépticos, el apóstol Tomás, este fue el que dijo: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré” (Jn 20,25). Es interesante entonces, en este Domingo de la Misericordia hablar de la fe, porque lo que sucede en la primera lectura, es que hay un crecimiento sorprendente de los creyentes y la primera frase que encontramos es que: “crecía el número de los creyentes, porque había numerosos signos y prodigios” (cf. Hc 5,12-16). Como en una especie de contraste el Evangelio nos habla de ese encuentro con Tomás y la frase que le dice Cristo al apóstol resuena en nuestros oídos: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29). Es decir, que la fe aparece en la primera lectura y en el Evangelio. La fe en esa primera lectura aparece como una especie de fruto de la abundancia de señales y prodigios, por otra parte en el Evangelio aunque es la señal de señales, que Cristo Resucitado se aparece, Él le dice a Tomás: “¡Felices los que creen sin haber visto!” (Jn 20,29).

Por lo anterior, conviene que hagamos una brevísima meditación sobre la relación entre el ver y el creer. ¿Al fin qué es lo que quiere Dios? ¿Dios quiere que veamos o que no veamos?, quiero decir: ¿la fe responde a señales que podemos ver? ó ¿la fe es algo que se sostiene, más bien, en la ausencia de esas señales?, porque si miramos la primera lectura da la impresión de que la fe brota precisamente de las señales, mientras que si vamos al Evangelio encontramos de nuevo esa frase: “dichosos los que sin ver creyeron” (cf. Jn 20,29). Podemos decir que el regalo de la fe puede apoyarse ó no en señales exteriores, de hecho la fe misma es un don del Espíritu Santo y el lugar donde actúa este don, según Santo Tomás, es fundamentalmente en nuestro entendimiento, en nuestra inteligencia. Lo que nos aporta la fe fundamentalmente es la capacidad de reconocer como verdadero aquello que Dios nos ha revelado, y en este sentido el contenido de la fe supera completamente toda señal que uno pueda encontrarse, incluso en los Evangelios se nos muestra que hubo personas que vieron prodigios de Cristo y sin embargo no llegaron a la fe. La fe no es la deducción necesaria de nada que uno pueda mostrar, ni con milagros, ni con argumentaciones; la fe permanece como un regalo que está por encima de todo lo que uno pueda ver.

Sin embargo hay algo que podemos tomar de la primera lectura y es que una comunidad llena de amor, una comunidad que practica y celebra lo que cree, una comunidad que da testimonio con alegría y con constancia, es una señal que podríamos llamar casi irresistible, es una comunidad misionera, que tiene fuerza para conquistar otros corazones.

En resumen, la fe siempre es un regalo que nos rebasa, está por encima de todos los milagros y argumentos y solo Dios puede darlo. Pero una comunidad llena de amor, de coherencia y de testimonio, es el canal ordinario para que el Espíritu Santo nos conduzca hacia el regalo de esa fe.