Ck03004a
Fecha: 20010318
Título: Hay que dejarse visitar de Dios y hay que dejarse poseer por el fuego de Dios
Original en audio: 22 min. 40 seg.
Queridos Hermanos:
Las lecturas de hoy nos hablan de la visita de Dios. Hay dos clases de visitas de Dios: una aparece en el evangelio, y otra aparece en la primera lectura. En el evangelio Dios visita para ver qué hemos hecho nosotros; en la primera lectura, que fue del libro del Éxodo, Dios visita para ver qué han hecho con nosotros.
¡Qué palabras tan fuertes y tan esperanzadoras las que tiene Dios en esa primera lectura! “He visto la opresión de mi pueblo, voy a bajar a liberarlos" Exodo 3,7-8. Dios ha visto lo que han hecho con su pueblo.
En el evangelio, el dueño de aquella higuera va a ver qué es lo que ha hecho la higuera, dónde están los frutos de ella. Así también nos visita Dios a nosotros, de esas dos maneras. Dios a veces nos visita para preguntarnos qué hemos hecho y cuáles son nuestros frutos. Pero Dios también nos visita, como muestra la primera lectura, para ver qué nos han hecho, qué han hecho con nosotros.
Las dos visitas traen salud, las dos visitas traen vida. Dios siempre trae bienes, y nosotros tenemos que estar dispuestos a recibirle las dos visitas. A veces, para consolarnos, sanarnos, defendernos; otras veces, para despertarnos, cuestionarnos e incluso denunciarnos.
Hay que recibirle las dos visitas a Dios. Cuando Dios venga para consolarnos, sanarnos, defendernos, bienvenido sea. Y hay que creer que Dios puede visitar de esa manera. Cuando venga a cuestionarnos, cuando venga a hacer juicio de nuestros actos, cuando venga incluso a denunciar nuestros pecados, también hay que recibirle.
Dios siempre viene a quitar el mal y a poner el bien. Algunos males vienen de fuera de nosotros, otros males salen de dentro de nosotros. Dios quiere quitarnos las dos clases de males: el mal que viene de fuera de nosotros y el mal que sale de dentro de dentro de nosotros. Esto fue lo que hizo a través de Nuestro Santísimo Señor Jesucristo.
¿Qué fue lo que hizo Cristo, cómo lo vemos actuar? Cristo cura enfermedades, Cristo expulsa demonios, Cristo aleja el miedo. Ahí Nuestro Señor Jesucristo es la visita de Dios que está consolando, que está sanando y que está defendiendo.
Pero Cristo también predicó, y en sus predicaciones denunció muchos pecados. Por ejemplo dijo: “Si tú maltratas a tu hermano eres reo de juicio”. Y dijo: “Aquel que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella con el corazón” San Mateo 5,28.
Y dijo a los fariseos: “Ustedes arman unas cargas pesadas y se las echan encima a la gente, pero ustedes no hacen nada por cargarlas” San Mateo 23,4. Son palabras duras de Cristo, pero hay que recibirlas, porque con esas palabras, Nuestro Señor Jesucristo está quitando el mal que sale de dentro de nosotros.
Hay que limpiarnos no sólo de la enfermedad, ni sólo de la pobreza, ni sólo de la injusticia social, ni sólo de los males que otros cometen contra nosotros; hay que limpiarse de los males que uno mismo comete. No todas las cusas del mal están afuera. Hay que recibirle la visita a Cristo cuando Él llega también a corregir nuestras intenciones, purificar nuestro corazón.
Hoy, por la noche, antes de dormirse, usted puede hacer una oración más o menos con estas palabras que le voy a decir: “Señor Jesús, tú eres la visita de Dios, tú eres la gran visita de Dios, tú eres el enviado del Padre.
Jesús, quiero recibirte en mi corazón, en mi vida, en mi familia, en mi pueblo, en mi país. Quiero que vengas a visitarnos, Jesús. Quiero pedirte que tú seas la visita que nos consuela, la visita que nos sana, la visita que nos libera.
Que tú seas esa visita, Señor, que quita de nosotros el daño que nos han hecho, pero también, Jesús, yo quiero que tú seas la visita que limpia mi corazón, que purifica mi intención. Quiero que me ayudes a limpiar por dentro mi alma. Aparta de ella los pecados que la hacen sucia, que la hacen fea, desagradable a ti. Quita de mí ante todo la soberbia, el egoísmo, la mentira”.
Y así cada uno piense de qué tiene que ser liberado, porque Jesús quiere limpiarnos también por dentro.
En la primera lectura hay otra idea que es muy hermosa: Moisés se encontró con Dios. Había un matorral, una zarza que tenía fuego, ardía, pero no se consumía. Hasta ahora he hablado de la visita de Dios.
Una visita es como alguien que llega y se va. Así es al principio la vida espiritual. Por ejemplo, uno se acuerda de Dios cuando tiene problemas, y en ese momento va a la iglesia y hace una oración y como que se siente mejor porque Dios lo visitó.
Pero Dios no quiere ser solamente un visitante. Dios no quiere llegar solamente un ratico a tu vida, Dios quiere quedarse contigo.
El nombre de Jesús significa “Dios salva”, y José el esposo de la Virgen, en un sueño oyó que un Ángel le decía que ese niño se llamaba Emmanuel, que quiere decir “Dios con nosotros” San Mateo 1,23. Jesús no sólo es la visita de Dios, Jesús es la “presencia” de Dios, es alguien que quiere venir para quedarse contigo.
¿Qué va a hacer Jesús en ti? Para eso nos sirve el ejemplo bonito de la zarza. Pensemos, hermanos, que si la zarza no tiene fuego no alumbra, si la zarza tiene fuego alumbra, pero se consume y se acaba. Esas son las dos posibilidades en lo que nosotros conocemos en nuestra experiencia ordinaria: o la zarza no alumbra, o alumbra pero se acaba, se consume.
Pero Dios hace una maravilla: ahora resulta que la zarza sí alumbra y resulta que no se consume. Esa es una imagen muy bonita de lo que hace Dios. Mire, si Dios lo hizo en una zarza, ¿cómo no lo va a poder hacer en un cristiano? Dios en nosotros es como ese fuego dentro de esa zarza.
Dios nos hace brillar pero con un brillo que no destruye. Porque hay un brillo que destruye, hay un fuego que destruye. Dios es el fuego que no destruye, sino que construye. Es un fuego que muestra y que levanta lo que el mismo Dios ha querido hacer.
Hablemos un poquito de cuál es el fuego que destruye, para saber cuál es el fuego que construye. Hay un ejemplo fácil. Tomemos el caso de la persona que se siente aburrida, harta de la vida, tanto problema, tanto dolor, tanta injusticia, tanta pobreza, todo aburrido de la vida. Y la persona ¿qué hace? Busca un poco de fuego, algo que le dé luz, color y calor a su vida, que es una vida aburrida.
La persona va por ejemplo, y compra una botella de licor, y se toma unos sorbos de su botella, y al principio el trago le hace sentirse bien, se siente feliz, todo le parece chistoso. Habla, se ríe, se le olvidaron los problemas, siente que tiene fuego.
Por ejemplo, fíjese que hay un licor que se llama agua ardiente, porque hace que la gente arda. Ese hombre se siente con fuego, se siente chistoso, se siente gracioso, hace cosas ridículas, está feliz. Y toma más. Y toma más. Y toma más.
Y se tomó el dinero del mercado de la casa, y llegó convertido en un cerdo a la casa. Y como no entendía nada hizo un espectáculo grotesco en la casa. Los hijos huyeron asustados. La niña más chiquita se quedó mirando al papá y le dijo a la mamá: "¿Ese es mi papá?" Fue un espectáculo terrible.
Al otro día, un dolor de cabeza poderoso, mareo, sed, náuseas, sentimiento de culpa. Ese es el ejemplo del fuego que destruye. La persona sí tuvo agua ardiente. Y se tomó sus aguardientes o sus cervezas, o lo que sea, chirrinchi.
Tuvo fuego, pero ese fuego lo destruyó, lo dañó. Al otro día estaba más aburrido, mucho más aburrido de lo que estaba. Se siente culpable, la esposa se siente frustrada: "¡Qué porquería de esposo el que me conseguí!" Él se siente mal de hacer ese espectáculo en la casa. Ese es el fuego que destruye.
Lo mismo pasa, por ejemplo, con el dinero fácil. Por ejemplo, el dinero del tráfico de droga: "¡Dinero, platica, platica que llega, que viva la platica, harta platica, qué dicha la platica, dinero, dinero!" La persona se siente feliz, pero todos sabemos los problemas que trae ese dinero. ¡Cuántos asesinatos, cuántas muertes, cuántos secuestros, cuánta violencia por ese dinero.
Al final, la persona acaba hasta más pobre de lo que estaba, porque yo he conocido casos. Acaba más amargada de lo que estaba, se siente triste, se siente mal. Tuvo alegría: "¡Dinero, dinero, dinero"; pero esa alegría se le acabó. Ese fue un fuego que destruyó.
Démonos cuenta que hay alegrías falsas y esas alegrías falsas son fuego que destruye. Ese fuego destruye a la zarza. Dios, en cambio, trae un fuego nuevo. El fuego de Dios te trae una alegría que no acaba en tristeza. Las alegrías que Dios trae no acaban en destrucción.
El bien que Dios trae con su fuego es un bien que no se acaba, es un bien que te limpia, que te ennoblece, que te levanta. Es el fuego como el fuego que vio Moisés: hace brillar, pero no destruye a la persona. Ese es el fuego que nosotros necesitamos.
Si nuestra parroquia se llena del fuego de Dios, si nuestro pueblo se llena del fuego de Dios, si toda esta región tan amada se llena del fuego de Dios, si nos dejamos de fuegos falsos: el fuego de la prepotencia, el fuego falso del vicio y del dinero fácil.
Si dejamos esos fuegos falsos y nos volvemos a la llama verdadera, al fuego verdadero que es el amor de Dios, que es el poder del Espíritu Santo, si volvemos a ese fuego, entonces los niños crecen sanos y fuertes; los jóvenes van a tener grandes y hermosos ideales y los van a conseguir.
Dejaremos de estar perdiendo jóvenes muertos en la flor de la edad, las familias van a ser hermosas porque el fuego de Dios le da unidad a la familia.
El fuego de Dios es como el fogón en la cocina. Así como el alimento se prepara en la cocina y todos necesitamos el alimento, el fuego de Dios, en la casa, reúne a todos, y el esposo sabe que con su trabajo honrado y con su fidelidad está conservando ese fuego.
Y la mamá sabe que con su dedicación y con su amor está cuidando ese fuego. Y los hijos saben que los papás se sacrifican mucho, y por eso los hijos conservan ese fuego, que es el fuego de Dios, el fuego que no destruye.
Esas son las enseñanzas, entre otras, esas son las enseñanzas que nos han traído las lecturas de hoy. Primera: la enseñanza de las visitas, hay que dejarse visitar de Dios. Hay que creer que Dios nos puede visitar para consolarnos y sanarnos, y hay también que creer que Dios puede visitarnos para corregirnos.
Segunda enseñanza: la presencia del fuego de Dios. Dios es distinto de las alegrías falsas, de las alegrías fugaces de esta tierra. El amor y el fuego de Dios no te van a destruir, sino que van a levantar tu cuerpo, tu alma, tu mente, tu corazón, tu familia, tu ciudad.
Dios va a hacer, que poseído del fuego de Dios, tú alumbres sin destruirte, sino al contrario, construyéndote cada vez más en su poder, en su sabiduría y en su misericordia.