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Fecha: 19991006

Título: Dios te destino a ti, lo mismo que a Jonas, para que fueras una bendicion

Original en audio: [33 min. 18 seg.]


La historia de Jonás es simpática. Un hombre que recibe un llamado de Dios para predicar, pero huye de ese llamado.

En la época que fue escrito este libro la región más apartada que se conocía se llamaba Tarsis. Las costas y las islas de Tarsis eran lo más retirado imaginable para un israelita y por eso Jonás se embarcó para ir a Tarsis.

Tarsis era en aquella época lo que para nosotros puede ser “la porra”, es decir, lo más lejano. Dios lo llamó a predicar y Jonás dijo: “Pues me voy a la porra, a la Patagonia, a lo más lejano” -quién sabe a dónde se van los de la Patagonia cuando quieren irse lejos, dirán me voy a Colombia o quién sabe a dónde-.

Y cuenta este relato cortito, que es como una especie de novela, que en el barco en el que él iba sucedió un terrible percance, una tormenta.

Parecía que se iban a hundir y todo el mundo en ese barco estaba invocando a sus respectivos dioses pero no se calmaba la tormenta. Entonces llegaron a la conclusión de que el único que faltaba por llamar a su Dios era Jonás, que en lo hondo de la nave estaba dormido profundamente.

Fueron allá, lo despertaron y le dijeron: “Bueno, llame usted a su Dios, que es el único Dios que hace falta por invocar”. Y resulta que se vino a descubrir que la causa de esa desgracia era la desobediencia de Jonás.

Jonás era cobarde ante la voz de Dios pero era honesto ante los hombres. El les dijo: “Mire, esta tormenta es culpa mía”, entonces le preguntaron: “¿Y qué hacemos?” “Pues bótenme, bótenme del barco” Jonás 1,6, y lo botaron, a la buena.

Dios mandó un pez inmenso que se tragó a Jonás y estuvo en ese pez días y noches, tres días y tres noches.

Claro que el relato como tal está para que nosotros encontremos la enseñanza, un científico nos dirá: “Bueno ¿y cómo respiraba si estaba adentro del pez?” Pues entonces uno puede decir: “¡Se acostumbró!”. Pero el propósito del relato es otro, el propósito del relato es que entendamos otras cosas.

Y este pez se fue llevando a Jonás hasta que lo devolvió a su tierra. Jonás estaba huyendo de Dios y se había ido a la porra, pero Dios lo trajo otra vez a su sitio y le puso un mandato: tenía que ir a predicar. Porque había una ciudad inmensa, Nínive, que era la capital del reino de Babilonia.

Hay que tener en cuenta que, de acuerdo a lo que hemos dicho varias veces, Babilonia es la ciudad enemiga por antonomasia, porque de Babilonia vino Nabucodonosor a cargarse con los judíos en el destierro y se los llevó precisamente a Nínive como esclavos. O sea que Nínive era la capital de la opresión, la ciudad odiada por excelencia.

Y le dice Dios a Jonás: “Tienes que ir a predicar a Nínive”, es decir, "vete a predicar donde tus enemigos" Jonás 1,6; por eso Jonás había salido huyendo, "yo que me voy a meter en ese problema".

Entonces porque Jonás no se quiso meter en el problema Dios lo metió en el pez y ahí en esos tres días dentro de ese pez Jonás hizo retiro espiritual, recapacitó y dijo: “Yo como que mejor predico”.

Nínive era una ciudad inmensa, nos cuenta la Sagrada Escritura que tres días hacían falta para atravesarla. Teniendo en cuenta que un caminante en esos días podía avanzar fácilmente entre treinta y cuarenta kilómetros por día, las proporciones también son descomunales.

Está diciendo que Nínive era una ciudad que ocupaba cerca de cien kilómetros o ciento veinte kilómetros en la medida de hoy.

Una ciudad grande como Bogotá no alcanza a tener treinta kilómetros, o puede tener algo más, cuarenta o cincuenta, pero en todo caso tiene mucho menos de cien. Y para esa extensión tan grande tiene una población relativamente pequeña, ciento veinte mil personas.

Todos estos datos evidentemente literarios, es decir, propios del relato, están invitándonos a que fijemos nuestra atención no en esos aspectos exteriores sino en la enseñanza profunda.

Jonás se fue a Nínive, la capital satánica del momento. Nínive, la capital enemiga, el centro de opresión. Se fue allá a predicar; se puso a predicar, a atravesar la ciudad de Nínive y duró un día completo, es decir, treinta o cuarenta kilómetros completos entrando en la ciudad y diciendo: “Dentro de cuarenta días Ninive será destruida” Jonás 3,4.

Jonás era un profeta de Jahvé, pero Jahvé era el Dios del pueblo esclavo. No había ninguna probabilidad de que le prestaran atención y sin embargo los ninivitas sí le pusieron cuidado a Jonás. Los ninivitas sí hicieron caso.

Este libro es un manojo de ironías, el pequeño libro de Jonás. Porque mire, Nínive era la capital del pecado, la ciudad enemiga, la ciudad poderosa y altiva. Jonás uno de los esclavos, creyente en el Dios del pueblo esclavo.

Va a predicar y los ninivitas sí creen, los ninivitas recibieron la predicación y entonces el rey de ellos proclamó conversión, proclamó ayuno y llamó a todos a que hicieran penitencia y dijo: “Tal vez Dios cambie su opinión, tal vez Dios cambie su parecer” y todo el mundo a hacer penitencia".

Lo gracioso del caso es que en esta ciudad que es la imagen del pecado, que es la imagen de la opresión, en esta ciudad sí se hizo penitencia mientras que si nosotros repasamos la Sagrada Escritura vemos que los profetas cuando predicaban al pueblo hebreo siempre tuvieron como resultado, o en una inmensa mayoría de los casos, tuvieron como resultado el silencio, la burla, la protesta, en cualquier caso, la desobediencia.

Desobediencia de un hebreo a la voz de los profetas y en cambio este profeta, acogido y recibido por unos extranjeros que además eran enemigos. Y no cualesquiera enemigos, los enemigos por excelencia, los enemigos que habían destruido el Templo, los enemigos que habían acabado con la dinastía y habían profanado lo más sagrado del pueblo hebreo.

Pero resulta que los ninivitas sí hicieron caso, estos sí acogieron la predicación de Jonás, esos sí se convirtieron, lo que nunca hizo el pueblo hebreo.

Pues bien, la lectura de hoy comienza en ese punto exactamente. Jonás sintió un disgusto enorme: le salió bien su predicación; predicó y la gente se convirtió; y le dio rabia a Jonás. “¿Señor, no es esto lo que me temía yo en mi tierra? Por eso me adelanté a huir a Tarsis porque sé que eres compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad que te arrepientes de las amenazas” Jonás 4,2.

Jonás entonces se disgusta: “Quedé como un cuero”. "Dentro de cuarenta días Nínive será destruida y resulta que ni destruida ni nada; no se va a destruir la ciudad, entonces no pasó nada, bonito papel el que hice yo". Sintió que era absurda su vida y empezó a desearse la muerte: “Ahora, Señor, quítame la vida, más vale morir que vivir” Jonás 4,3.

Y le preguntó el Señor: “¿tienes tú derecho a irritarte?” Jonás 4,4. Jonás no respondió nada en esta ocasión.

De todas maneras se fue allá a las afueras de Nínive. Había una montañita y miren la descripción que hace: estaba sentado al oriente, ahí se había hecho una choza y se sentaba a la sombra esperando el destino de la ciudad. Estaba esperando a ver a qué hora explotaba.

Él estaba ahí sentado afuera de la ciudad mirando qué era lo que iba a pasar con la ciudad. Tenía una pequeña choza y había un árbol, que era un ricino.

El ricino había crecido y la sombra de este refrescaba a Jonás, que de acuerdo con las indicaciones que tenemos era calvo. Entonces el pobre calvito se beneficiaba de la sombra del ricino y estaba mirando a ver que pasaba, pero como Dios tenía su sentido del humor con Jonás entonces mandó un gusanito que le daño el arbolito.

Entonces se secó el árbol y empieza a hacer sol. Empieza una resolana terrible sobre la cabeza del pobre Jonás. El sol hería la cabeza de Jonás haciéndolo desfallecer y Jonás dijo: “¿Ve?, lo que yo siempre he dicho, más vale morir que vivir”.

Le habló Dios: “¿Tienes derecho a irritarte?” Jonás 4,8. Le repite la misma pregunta que Jonás no había respondido. “Claro que tengo razón, siento con razón un disgusto mortal” Jonás 4,9. El hombre estaba realmente disgustado.

Y le respondió el Señor: “Tú te lamentas por el ricino que no cultivaste, que brota en una noche y perece en la otra ¿y yo no voy a sentir la suerte de Nínive, la gran ciudad, en la que hay más de ciento veinte mil hombres y una gran cantidad de ganado?” Jonás 4,11.

Y por ahí termina la historia de Jonás. Un profeta al que le salieron bien las cosas, tal vez el único profeta al que le salieron bien las cosas. Nuestro Señor Jesucristo menciona al profeta Jonás en su predicación y dice: “Los habitantes de Nínive se levantarán en el último día y juzgarán a esta generación, porque los ninivitas se convirtieron por la predicación de Jonás y aquí hay uno que es más que Jonás” San Lucas 11,32.

¿Qué enseñanzas podemos tomar nosotros de esta historia? Una historia muy agradable de leer. Esos libros pequeñitos que hay en la Biblia son muy agradables de leer y son libros que dejan una enseñanza muy clara. ¿Qué podemos concluir para nosotros? En primer lugar reconocernos en Jonás, yo creo que es bueno.

¿Cuántas veces Dios nos invita, nos llama a dar un testimonio y nosotros hacemos lo que Jonás hizo? ¿Cuál es el barco que sale para el lugar más lejos? ¿A ver dónde me puedo esconder, dónde me meto? Que sean otros los que prediquen. La actitud de Jonás es una actitud cobarde, pero también es una actitud común, que sean otros los que prediquen.

Me comentaba uno de los frailes que está prestando su servicio en el Departamento de Pastoral aquí en el colegio, me decía: “Sorpréndase, padre, de la cantidad de muchachos que pertenecen a grupos de oración, entre nuestros estudiantes aquí en el colegio, que pertenecen a grupos de oración, a grupos parroquiales, juveniles".

Muchos de ellos son gentes piadosas y son líderes allá en sus parroquias, pero en medio de sus compañeros no quieren identificarse como cristianos, no quieren aparecer como cristianos, no quieren tener el rótulo, la etiqueta de cristianos.

La gran dificultad que nos estamos encontrando en este momento con los jóvenes del colegio, no es que sean todos adversos a Dios, ni todos indiferentes al Espíritu Santo, ni mucho menos, sino tenemos una dificultad tipo Jonás, una dificultad de cobardía, son cobardes, no pueden soportar la burla, no pueden soportar sentirse distintos de sus compañeros”.

Ahí hay un elemento de identificación entre Jonás y nosotros; y sale en huida. Pero fíjate, segunda enseñanza, Dios lo había llamado para que fuera salud, para que fuera conversión y vida. Jonás, lejos del camino de Dios, se convierte en causa de desgracia, causa de muerte. Esto es real, mientras uno no encuentre su camino en la vida uno creará más problemas de los que resuelve.

Uno mismo será un problema, será parte del problema y no parte de la solución. Uno empieza a ser parte de la solución cuando encuentra su camino en esta tierra, cuando encuentra su camino en la vida y ese camino se encuentra en obediencia a Dios, en obediencia a la voz de Dios.

Yo pienso que esto tiene implicaciones incluso gravísimas cuando reflexiono, por ejemplo, en los matrimonios. Soy un sacerdote firmemente convencido, de que una inmensa multitud de los que se casaron no eran para el matrimonio.

Estábamos hablando con ustedes mismos hace unos días sobre el libro de Tobías, que nos muestra cuáles son las motivaciones reales de un matrimonio: es fundar un hogar, no es solucionar un problema de soledad, ni es satisfacer unas pasiones, ni es huir del conflicto de una casa.

Pero lamentablemente, las razones económicas, las razones de huida de la familia, las quimeras, los romances, la preocupación de quedarse solo y a veces, me perdonan lo que voy a decir, la estúpida cifra de treinta. Llegó la cifra de treinta y eso para las mujeres es un desastre: "Treinta, ¿quién se casará conmigo?" Y ahí es cuando le cambian los puntos cardinales, ya es este o este o aquél, o el de más allá. Les cambian todos los puntos cardinales y se pierden; llegó el treinta. Este es un despiste terrible.

Lejos lo de Jonás, que Dios lo encaminó a un camino de bendición, pero él se convirtió en problema, obstáculo, maldición para los compañeros de viaje en ese barco. Hasta que finalmente ¿qué hicieron? Lo echaron del barco y lo botaron; y ahí sí se calmó la tormenta.

Si ese barco es el matrimonio, por eso es que a mucha gente toca botarla del matrimonio, bótenme y lo botan y se calma el barco. Lo botaron y se calmó el barco, ya funcionó.

Desde luego esto pasa no sólo con el matrimonio. Sucede con muchas otras cosas y uno tiene que hacerse la pregunta de qué motivaciones, -sobre esto hemos predicado muchas veces-, sobre qué motivaciones se escoge carrera, con qué motivaciones se escoge vivienda, con qué motivaciones se escogen los amigos.

Si usted escogió sus amigos por dinero, porque compartían unos mismos gustos, un mismo estilo, quiere decir que cuando usted llegue a pobre no va a tener amigos, esa va a ser la realidad suya.

Entonces la segunda enseñanza es: Dios te destinó a ti, lo mismo que a Jonás, para que tú fueras una bendición. Pero tú serás bendición en el camino de Dios, fuera del camino de Dios tú serás fórmula de oprobio y causa de maldición y de desgracia.

¿Y qué pasa? Que el que armó todo el problema estaba dormido, allá en lo profundo del barco dormido. Hasta que son los demás los que tienen que decir: “¡Oiga, despiértese, llame a Dios!” Y Jonás: “¿Qué? ¿Qué? ¿Y yo ahora qué hice?” “¿Ahora qué hice? No, si usted nos dio este paseo, hermano, procure largarse rapidito, prontito sálgase de aquí”.

La moraleja en esta segunda enseñanza es: necesitamos pedirle a Dios luz y necesitamos obediencia a Dios.

Claro que esto sucede no sólo con los matrimonios, ustedes dirán que yo se la tengo vedada a los matrimonios, no. Esto pasa en la vida religiosa también, mire una anécdota que sucedió. Hay una monjita, lo que pasa que en un auditorio donde no hay religiosas pues no me gusta dar este tipo de anécdotas.

Pero hay una monjita (y este es un caso real) que a todas luces ella se veía que no estaba para la vida religiosa. Lo mismo que en el matrimonio, les entran unas ideas y resulta que están escampando problemas, a veces pasa.

Así como hay gente que se casa para salir de su casa, así también hay gente que entra al convento para salir de situaciones y de problemas familiares. Pues el hecho es que esta monjita era causa continua de problemas, no sabían que hacer con ella. Entonces la madre Superiora fue a consultar a un sacerdote sapientísimo de nuestra comunidad, cuyo nombre no digo para que ustedes no lo abrumen con consultas, pero que desde luego no era yo.

Y dice el padre, un padre ya mayor, a la madre Superiora: "Mire, esta monja quiere ya hacer su profesión, para compromiso solemne para con la comunidad, denle la profesión solemne para que deje de sobar, en primer lugar; y denle, en segundo lugar, para que termine de aburrirse y se largue".

Dicho y hecho, le dieron la profesión solemne, claro que eso es una vergüenza para la Iglesia, como es vergüenza para la Iglesia que fracasen tantos matrimonios. Le dieron la profesión solemne a la monjita y al momentito: “Que no me hallo, que esto no es, que las estructuras, que la evangelización, que aquí no hay caridad”.

"Tranquila, -con tal de que empaque-, usted tiene toda la razón, mi hermanita". De manera que hasta el tiquete, "tome su tiquete", solucionado el problema.

Jonás tuvo un retiro espiritual. El número de tres, que sirve para los tres días y las tres noches es un número simbólico en la Biblia. Indica el espacio de una reflexión o de una acción que transforma las cosas radicalmente. Por ejemplo, cuando Abraham va con Isaac al tercer día divisan, alcanzan a ver, el monte donde se va a ofrecer el sacrificio.

El número de tres días no quiere decir setenta y dos horas, sino tres días quiere decir un tiempo de reflexión, de gracia, de transformación, que cambia las cosas, que cambia el panorama. Jonás cambió a través de esos tres días en ese pez, en la soledad; Dios se lo llevó a la soledad. Es necesaria la soledad, el entrar dentro de sí mismo.

Jonás, que como ustedes vieron era rezongón y con mal genio, en esa soledad del pez ya no tenía con quién hablar ni con quién discutir. En esa soledad ya vio las cosas de otro modo entonces dijo: “Bueno, pues entonces sí se puede profetizar un poquito”, vio las cosas de otro modo.

Ese es el resultado de la soledad, muchas veces uno necesita eso. Después de un fracaso lo que hay que hacer ¿qué es? Mire lo que hace la gente: “bueno, está bien, me fracasó el matrimonio, no funcionó, pero hay que tener en cuenta que ese señor era un desgraciado”, punto número uno.

Y punto número dos: hay que saber que ahí hay muchos señores que no son desgraciados sino agraciados, de manera que terminó esa historia, esa historia queda en el pasado y como en los carros, primera, y acelerador y hágale.

Esa fue la historia, por ejemplo, de la samaritana, que ya llevaba cinco de esas arrancadas. Bueno, listo, no se pudo con este, no importa, media vuelta, primera y hágale. Intentamos con el segundo, tampoco, otra estrellada, ¿para que se hicieron los talleres? Primera y hágale.

Hasta que un día Cristo le hizo retiro espiritual a la samaritana, la hizo entrar en sí misma. Más o menos lo que Cristo le dijo fue: “Bueno, mire, déjese de tonterías y piense qué es lo que está usted haciendo y para qué esta usted en la vida, piense, deje de dar vueltas y de buscar la solución fuera de usted”.

Después de un fracaso siempre hay esas dos opciones; una es la opción de la samaritana antes de convertirse, se mete el cambio y acelero y sigo.

Entonces empieza la persona a tener el grotesco pero simpático espectáculo que presentan los carritos chocones en los parques de diversiones, con la diferencia que en los carritos chocones no pasa nada mientras que en esto la vida va quedando abollada. Un golpe aquí, otro golpe acá, un fracaso aquí, otro fracaso allá.

¿Usted no ha pensado en cambiar un poco de estrategia? Cuando uno se encuentra a las personas llenas de chichones por todas partes le dice uno: “Bueno, ¿y usted no ha pensado que de pronto sería bueno cambiar un poco de estrategia”?

Cambiar de estrategia, entre en sí mismo, entre en esa soledad, haga retiro espiritual, háblele a Dios: Señor, estoy dispuesto a asumir tu tarea; estoy dispuesto a asumir tu misión."

Claro, es posible que alguien oiga estas palabras y diga: "Bueno, me llevo este cassette para ponerlo en el carro pero de todas maneras primera y hágale", hay gente así, ¿no? Que oye la predicación como oír llover, pero hay otras personas a las que les pueden servir estas palabras.

Mire, recapacite. Si a usted lo botaron del barco era porque usted allí era una maldición, pero en el camino en el que Dios lo quiere usted va a ser una bendición. Usted puede ser una gran bendición en ese camino en el que Dios quiere llevarlo.

Llevó a Jonás y se puso a predicar en Nínive: “Dentro de cuarenta días Nínive será destruida”. Era un mensaje antipático. Es que realmente no fue fácil para Jonás, era un mensaje terrible el que tenía que dar.

Comparemos con nuestra situación, cuando nosotros ya hemos recapacitado, ya nos ponemos en el camino de Dios, también nosotros tenemos un mensaje para dar. Pero bendito sea el Señor, nosotros tenemos un mensaje que es hermoso.

Nosotros lo que tenemos para contar es el mensaje del amor de Dios manifiesto en Jesucristo. Démonos cuenta de cómo estamos en una situación mucho mejor que la de Jonás, démonos cuenta de eso.

Pero por otra parte, hay algo en lo que sí nos parecemos a Jonás. Jonás estaba predicando que dentro de cuarenta días Nínive sería destruida, a nosotros también nos toca una parte antipática.

Esa parte antipática del mensaje, cuando ya nosotros nos convertimos en testigos de Jesucristo, es la parte en que nos toca hacer ver a las otras personas también sus propios pecados, sus propias faltas. Esta es la parte más difícil del ministerio, la parte más difícil del testimonio. Pero bueno, Jonás sacó fuerzas y dio ese testimonio.

Saquemos una última enseñanza del conjunto de este libro. Los judíos, después de regresar del destierro, tuvieron la tentación de encerrarse en sí mismos, en su estructura legal, en sus costumbres religiosas y sus prácticas de curación.

Este libro de Jonás es como una pequeña obra que habla de la universalidad del amor. Así como Dios fue capaz de alcanzar a Jonás que ya iba en ese barco hacia Tarsis, así Dios tiene manos largas, tiene brazos para llegar incluso a nuestros enemigos, incluso a quienes veamos más perdidos.

Ese mensaje que es sin duda el mensaje central de este libro, es el mensaje del amor de Dios que alcanza a todos. Nosotros podemos tener esperanza. Los ninivitas eran los endemoniados de la época, eran los enemigos de la época, eran lo peor de la época y para ellos tuvo Dios un sentir de misericordia. Si envió un profeta a que denunciara el pecado, esa denuncia también era por misericordia.

El gran mensaje de esto es la universalidad de la misericordia de Dios que se vale de todo; de la ballena, de la tormenta, de Jonás, del mal genio de Jonás, de todo se vale Dios para extender su misericordia.

Mis amigos, nosotros podemos creer en esa misericordia. Pero fíjate cómo el libro tan preciosamente une el mensaje de la misericordia con el mensaje de la penitencia y de la conversión.

Es una misericordia, Dios vela por la vida de sus propios enemigos. Dios vela por los enemigos de su pueblo. Dios cuida, mira con amor y piensa con ternura también de sus propios enemigos. Pero en nombre de esa ternura tiene que muchas veces que sacudir, que limpiar, que proclamar que se viene encima la destrucción.

Este será el mensaje que nosotros muchas veces tendremos que dar. En nombre del amor de Dios creemos en la conversión incluso de los más acérrimos enemigos. Pero en nombre de ese amor también tenemos que denunciar lo que está mal, también tenemos que llamar las cosas por su nombre y tenemos que clamar por la conversión de esos, incluso de nuestros propios enemigos y de los enemigos de Dios.

Que venga Dios con la gracia de su Espíritu para nosotros. Yo quiero terminar con una pregunta: ¿Cuál es tu Nínive?

Aquí está una ciudad, Nínive, en la que Jonás tuvo que predicar. Le costó trabajo, hizo su oficio, lo hizo a regañadientes, fue un instrumento de la misericordia, aun sin saberlo, eso fue Jonás y esa fue la Nínive de Jonás.

¿Y la tuya cuál es? ¿A dónde estás huyendo tú? ¿A dónde te le estás escondiendo a Dios? ¿Qué estas buscando tú para esconderte? ¿Cuáles son esas palabras? ¿Cuáles son esas profecías? ¿Cuál es ese testimonio que no quieres dar?

Cada uno piense, cada uno examine, en dónde yo debería ser testigo de la misericordia de Dios. La misericordia de Dios, no es la complicidad de Dios, no es la alcahuetería de Dios. Es la misericordia, que precisamente por ese mismo amor llama a la vida y convierte. ¿Cuál es tu Nínive?

Piénsalo bien, no salgas de esta iglesia, no salgas de esta oración, no dejes que termine esta Eucaristía sin tener tú mismo una oración por tu Nínive.