Spac004a

De Wiki de FrayNelson
Revisión del 14:34 24 ene 2012 de Ayxa (Discusión | contribuciones)

(dif) ← Revisión anterior | Revisión actual (dif) | Revisión siguiente → (dif)
Saltar a: navegación, buscar

Fecha: 20100125

Título: Ninguna luz puede ser suficiente para aquellos que hemos conocido a Jesucristo

Original en audio: 9 min. 43 seg.


En ocasiones Dios habla no solamente con las palabras sino con los hechos, por ejemplo con el orden que tiene los acontecimientos.

Cuando uno piensa, por ejemplo en jesús niño, que tuvo que ser llevado por sus padres con gran prisa a Egipto, pues eso se debió a la persecución de Herodes, pero en ese acontecimiento también había una señal de algo más profundo, porque luego Jesús tuvo que regresar de Egipto y entonces el Evangelista dice que ahí se estaba cumpliendo aquello de "llamé a mi Hijo de Egipto" San Mateo 2,15.

Es decir, Jesús estaba rehaciendo el camino de Israel, pero rehaciéndolo no en la desobediencia, no en la idolatría, como les pasó a los israelitas con el becerro de oro, sino rehaciendo el camino de Israel desde la obediencia y desde el amor. Ese es un ejemplo de cómo los acontecimientos se convierten en palabra.

Yo me atrevo a pensar que en el evangelio de hoy y en las lecturas de hoy hay algo parecido, especialmente en la primera lectura. La hora a la que sucedió la conversión de San Pablo fue el mediodía, por supuesto, la hora que tiene más luz; había mucha luz, y sin embrago, lo que le sucedió a Pablo fue que quedó deslumbrado por otra luz todavía mayor. Es decir, la conversión de Pablo físicamente hablando, materialmente hablando, fue un paso de la luz a mayor luz, no de la oscuridad a la luz.

Y aquí hay un significado, creo yo, que nos pude ilustrar mucho en dos sentidos. Porque resulta que hay conversiones que podemos decir que son de la oscuridad a la luz. Cuando una persona está metida en los vicios y deja esa vida moralmente sucia y empieza a vivir correctamente, eso es como pasar de la oscuridad a la luz.

Pero sucede que San Pablo no era un vicioso, San Pablo era una persona que no sólo estaba educada en al Ley, sino que quería practicar, con lo mejor de sus fuerzas, todo lo que pedía la Ley. Él pertenecía al grupo más estricto de los fariseos, él pertenecía a esa secta, podríamos decir de los judíos, que era más entregada al servicio de la Ley y a la observancia de la Ley.

Así que San Pablo no era ningún vicioso, de hecho, él tenía luz, tenía luz en su vida, porque la Ley es una luz, la Ley de Moisés, que esa es la Ley que él conoció, es una gran luz, es tanta luz, que todavía en nuestros colegios y parroquias entendemos que un niño tiene que recibir la preparación básica en la fe conociendo los mandamientos. O sea que los mandamientos son luz; los mandamientos, si son los de Moisés, son una gran luz.

Era el mediodía, era la luz más grande que tenía el mundo, los mandamientos. Así como no hay mayor luz durante el día que cuando es mediodía, así también no había mayor luz en el mundo que la luz de los mandamientos de Moisés. Pero esa luz de los mandamientos de Moisés se queda corta, esa luz no es suficiente para lo que Dios quiere de nosotros.

Entonces la conversión de Pablo va a ser como el paso de una luz, la luz de la Ley, a otra luz superior, la luz de la gracia, la luz que se manifiesta en el amor sobreabundante de Nuestro Señor Jesucristo.

Porque pasa que, aunque la Ley fuera una gran luz, tenía dos problemas. El problema primero es que todo el esfuerzo del cumplimiento queda del lado del pueblo, queda del lado del ser humano, y el ser humano es frágil, el ser humano no da para tanto. Y el segundo problema que tiene la Ley es que fácilmente nos convierte en jueces de los demás.

Porque cuando uno siente que uno se está ganando la propia salvación a pulso, cumpliendo todo aunque le cueste trabajo, pues uno se vuelve también implacable con los otros, uno se vuelve implacable con aquellos que no logran tanto, con aquellos que no pueden cumplir todo lo que uno está cumpliendo.

San Pablo dejó esa luz grande para recibir una luz mayor, se parece a lo que nos dice San Juan en su prólogo: "En Cristo hemos recibido una gracia por otra gracia, un don por otro don. Porque la Ley nos fue dada por Moisés, la gracia y la verdad nos llegaron por Jesucristo" San Juan 1,16-17.

¿Cómo podemos aplicar esta palabra a nuestra vida? Pues, podemos pensar, por ejemplo, que la vida es como una conversión continua, especialmente este lenguaje lo oímos con frecuencia cuando hablamos de la vida religiosa: una conversión continua, que es un modo de decir: "No te contentes con la luz que has recibido, no te contentes con ser bueno, es necesario aspirar a ser santo".

Y esto es interesante porque mucha gente deja de confesarse porque dice: "Yo no soy malo". Pero resulta que lo que nos cuenta la Palabra de Dios es que nadie puede contentarse con decir "yo no soy malo". Suponiendo que esa frase fuera cierta, lo único que está diciendo es: "Yo tengo la luz del mediodía"; pero todavía no ha llegado la luz que deslumbra, la luz todavía superior es la luz de la gracia.

Entonces una aplicación es pensar eso: ninguna luz puede ser suficiente para aquellos que hemos conocido a Jesucristo; es necesario crecer en la gracia y el conocimiento de Dios, como nos dice el Apóstol San Pedro. Esta es una aplicación que podemos hacer

Pero otra aplicación, quizás un poco más directa, es que nosotros digamos: "Bueno, a ver, ¿qué dentro de mí no está todavía bajo el influjo, bajo la potencia de ese amor supremo, de ese amor superior, del amor de la gracia?" A ver, ¿cuál era la diferencia entre la Ley de Moisés y la Ley nueva del Espíritu que trae Cristo? Que en la Ley de Moisés el que tiene que hacer el esfuerzo es uno, y por consiguiente uno va llevando cuentas.

Fíjate que la señal del amor nuevo que nos da San Pablo mismo en la Primera Carta a los Corintios, capítulo trece, es que ese amor nuevo no lleva cuentas, lo cual quiere decir que cuando uno está llevando cuentas en algún aspecto de la vida de uno, todavía no ha conocido el amor de Dios en esa área de su vida.

El amor que lleva cuentas: cuentas de las veces que uno le ha perdonado algo a alguien, cuentas de lo que a uno le ha costado trabajo, cuentas de las asignaciones o traslados u obediencias que le han tocado, cuentas de los sacrificios que ha tenido que hacer por estudiantes, cuando uno lleva cuentas, esa área todavía no ha conocido la luz mayor.

La luz mayor, la luz de Cristo no lleva cuentas. Pero claro, esa luz de Cristo, esa luz mayor tiene que venir del cielo, no nos la vamos a ganar, no la vamos a comprar, no la vamos a negociar, esa luz mayor sólo se puede suplicar.

Entonces podemos aplicar también este texto a nuestra vida examinándonos un poco, allí donde veamos que estamos llevando cuentas, ahí tenemos que decir: "Por amor a tu Nombre, por tu Sangre derramada en la Cruz, renueva esta área de mi vida, Señor. Porque aquí todavía hace falta que tú mismo me ilumines".

Que el Apóstol San Pablo, con su poderosa intercesión, nos conceda una vida así renovada en el Espíritu.

Amén.