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Fecha: 19971028

Título: Vivir escondidos con Cristo en Dios

Original en audio: 9 min. 29 seg.


Simón y Judas son los Apóstoles menos conocidos, menos mencionados, de los que menos datos tenemos. En las listas de los doce aparecen siempre en los mismos lugares, por allá en el décimo o undécimo lugar, sin embargo, sabemos que son tan apóstoles como aquellos que aparecen con más frecuencia o con más claridad; tan apóstoles como Pedro, Juan, Mateo, Pablo.

Y por eso, el ocultamiento en que quiso tener Dios a estos Santos Apóstoles, ocultamiento que los convierte casi en figuras de leyenda, es una enseñanza para nosotros, porque a veces creemos que el volumen de la santidad se puede calcular por el volumen de los éxitos, o de la fama en esta tierra, y ser santo no es tener buen nombre en esta tierra, sino tener un buen nombre en los cielos.

También Cristo invitó a sus Apóstoles a que se alegraran, no de la victoria sobre Satanás que ciertamente es real, sino de que sus nombres estuvieran escritos en el cielo. De modo que el silencio, ocultamiento, casi anonimato, de estos Santos Apóstoles es una invitación a reconsiderar nuestro modo de mirar la santidad.

Dice Pablo que "Dios nos tiene una vida escondida con Cristo", otra tradución dice que "nuestra vida está escondida con Cristo en Dios" Carta a los Colosenses 3,3, esa vida escondida que sigue el Misterio del Verbo Encarnado es la vida que de alguna manera aparece en la sencillez con que estos hombres desaparecieron de la primera plana.

Porque, efectivamente, en el grupo de los Apóstoles, Cristo no procedió de una manera democrática, ni hizo unas asignaciones de tareas, como las que podría hacer un gerente en su empresa; a ellos, a cada uno, los convirtió en un testigo de su Resurreccción y con la fuerza de este testimonio los envió después de la Pascua.

De este modo, también comprendemos algo sobre la naturaleza de la Iglesia. La Iglesia necesita ciertamente de organización, planeación y de todo lo que esto conlleva hasta oficinas, secretarias, computadores, correo electrónico.

Necesita hacerse visible, necesita una cierta forma de institucionalización, pero no depende de esa estructura, depende solamante del álito santo del Resucitado, de la fuerza de la Pascua del Resucitado; esta es una segunda enseñanza que podemos tomar en la fiesta de Simón y Judas Tadeo.

Hay una tercera enseñanza: nosotros tenemos algunas noticias más o menos apócrifas, dudosas, legendarias, sobre los lugares donde estuvieron predicando estos Apostóles.

Se dice que sus cuerpos quedaron finalmente sepultados en la actual Persia, no juntos, porque además tampoco se cuenta que hubieran predicado juntos, pero parece que finalmente, después de algunos recorridos especialmente por el Asia, ambos fueron a dar a Persia y allá están sepultados sus cuerpos.

En lo que concuerdan las leyendas es en que estos hombres que estuvieron predicando por regiones que hoy son en su mayor parte budistas, hinduistas o musulmanas; que en la India, que en Pakistán, Persia e Irak se cree que estuvieron.

Podemos suponer que tal vez fue así, no es improbable. ¿Por qué todos los Apostóles habrian de tomar caminos hacia Occidente, hacia el Mediterráneo como Pedro y Pablo?, o hasta España, como se nos dice de Santiago, ¿por qué tendría que ser así?

Es posible que algunos, y esos sean precisamente Simón y Judas, pero aquí viene lo importante de esta enseñanza que quisiera compartir: estuvieron predicando.

Es evidente que la predicación convoca personas y que de esa convocación se forman comunidades y que esas comunidades son iglesias, las iglesias de los Apostóles, iglesias Apostólicas, tan iglesias como Ëfeso, Corinto, Filipo, Roma, pero de esas iglesias queda un rastro claro en la historia.

A mí me parece que no sólo la vida de Simón y de Judas Tadeo quedó en el anonimato, su obra también quedó sepultada por los siglos.

Parece que en buena parte los desconocemos porque no tuvieron éxito, y al celebrar la Iglesia estos dos Apostóles sin éxito, está celebrando lo más puro de la santidad que está en ese echar la semilla, la red en el nombre de Dios.

A nosotros no nos corresponde necesariamente recoger los frutos, nos corresponde hacer bien nuestra propia tarea, y si nuestra tarea es de sembradores, es lo que hemos de hacer, y esa fue la obediencia que tuvieron estos hombres a la Palabra y al Espíritu del Resucitado.

Ellos cumplieron con su encargo, fueron y sembraron, predicaron, fundaron comunidades. El resultado lo dejaron a la libre acción del Espíritu Santo y a la libre respuesta de los corazones humanos a esa propuesta del Espíritu.

De manera que con Simón y con Judas Tadeo estamos celebrando poco menos que un par de frustrados, un par de predicadores sin mucho éxito.

Si Pablo que hizo tanto por el Evangelio, pues en lo que pueden ver nuestros ojos, se queja en la Carta a los Romanos tomando las palabras de Isaías y dice: "¿Quién dió crédito a nuestro mensaje?" Carta a los Romanos 3,2, Carta a los Romanos 10,8.

Si eso dice Pablo, que puede contar entre sus comunidades a Corinto y a Filipos, estos hombres sí que podrían decir y repetir esas palabras: "¿Quién dió crédito a nuestro mensaje?", ellos son príncipes del trabajo por amor a Dios, del trabajo desinteresado.

Si uno lo piensa un poco llega incluso a conmoverse de pensar que estos hombres perdieron su familia lo mismo que la perdió Pedro. Pablo o cualquiera de ellos perdieron su familia, sus raíces, lo dejaron todo por Cristo y se quedaron, en este sentido, sin pasado.

Pero también perdieron su biografía, porque nadie se acuerda de ellos; perdieron su palabra, porque por lo visto no dio fruto; perdieron sus comunidades, porque tampoco siguieron, lo único que les quedó fue Jesús, el amor y la plegaria que hicieron por la conversión de los pueblos, pero de resto, lo perdieron todo; casi, casi que quedan sin nombre.

De modo que nosotros estamos celebrando en este día a esa sublime entrega, a ese sublime amor de aquel que se entregó, se dio de tal modo por Cristo que fue capaz de perderlo todo: futuro, pasado, éxito, nombre, la historia.

"Para mí la vida es Cristo y la muerte una ganancia" Carta a los Filipenses 1,18-26, dice San Pablo. Por lo visto, estos hombres lo vivieron hasta el extremo.