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Fecha: 20041126

Título: Ser salvado es estar inscrito en el libro de la vida

Original en audio: 44 min. 1 seg.


Nosotros nos apoyamos, nosotros nos soportamos en aquella frase que dijo Jesús y que conserva toda su actualidad: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” San Lucas 21,33.

Y cuántas cosas han pasado, cuántos imperios han caído, cuántos hombres que en su época fueron tan importantes, hoy están relegados en las brumas del olvido.

Culturas y lenguas enteras han desaparecido, y mientras tanto, la Palabra de Nuestro Señor Jesucristo avanza poderosa; avanza y se abre camino a través de los siglos cruzando las fronteras, saliendo de entre las cárceles, riéndose de los verdugos.

Es un mensaje de libertad que como dijo el Apóstol San Pablo: “No está encadenado ni puede estar encadenado” 2 Timoteo 2,9.

Es maravilloso, hermanos, en esta noche levantar un poco los ojos de nuestra mente y caer en la cuenta de cuánta distancia ha recorrido esta Palabra de Jesús hasta llegar a nuestros oídos.

¿Qué distancia? ¿Cuántos kilómetros? ¿Cuántos siglos? ¿Cuántas traducciones? ¿De cuántas maneras han tratado de frenar la Palabra de Jesucristo? ¿De cuántos modos el enemigo, la Serpiente antigua, de cuántos modos Satanás ha tratado de frenar, de poner obstáculos, confundir, evitar que creamos?

Pero la Palabra ha sido más fuerte, la Palabra ha sido más poderosa y ha llegado, llega hasta nosotros y se cumple en nuestros oídos y en nuestros corazones. Esto solo ya es una victoria de Jesucristo. Él ha vencido todos esos veinte siglos.

Él, que seguramente pronunció estas palabras en arameo, Él ha penetrado con la fuerza, con la unción del Espíritu tantas lenguas, traducido al griego, al latín, al alemán, al francés, al inglés, al español hasta llegar a nosotros.

Y por eso, lo primero que les quiero invitar en este instante es a que le demos gracias a Jesús, porque Él mismo viene con su Palabra. La razón por la que la Palabra de Cristo es eficaz y conserva actualidad, es porque Él mismo viene con esa Palabra.

No llega a nosotros, bien lo explica San Pablo, no llega a nosotros como palabra humana, sino como es en realidad: como Palabra viva y eficaz de Dios. De manera que cuando llega, cuando nos alcanza esta Palabra de Cristo, es Cristo mismo quien nos ha alcanzado.

Dice San Pablo en la Carta a los Filipenses que él se olvida de lo que ha quedado atrás y se lanza a lo que falta por delante, y va buscando a Jesucristo" Carta a los Filipenses 3,13, y añade: “Habiendo sido yo mismo alcanzado por Él” Carta a los Filipenses 3,12.

Nosotros hemos sido alcanzados por Cristo. Nos buscó Jesucristo. Salió a perseguirnos y nos encontró para perdonarnos, y nos encontró para sanarnos, y nos encontró para bendecirnos, y nos encontró para liberarnos.

Por eso el primer acto que quiero pedirte hoy es que le des gracias a Jesús, porque ha recorrido tanto camino para llegar hasta aquí. En este momento vamos a decir todos esta sencilla oración.

Si quieres, repite después de mí, por favor: “Señor Jesús, hoy, aquí y ahora, quiero darte gracias por todo el camino que has recorrido buscando mi corazón. Ya lo encontraste, Jesús, y está abierto para ti. Ahora entra. Entra mi Señor y Salvador; entra mi Rey y Redentor; toma posesión de lo que es tuyo. Ya te pertenezco. Entra a reinar en mi vida. Amén”.

¡Bendito sea Dios que nos acompaña, bendito sea Dios que nos ha alcanzado con su misericordia, nos ha alcanzado con su amor. Su Palabra se sigue cumpliendo. Los gobiernos, los imperios, los poderosos caen unos después de otros. La Palabra de Jesucristo permanece.

“El cielo y la tierra pasarán, mis Palabras no pasarán” San Lucas 21,33. Así nos ha dicho el Señor Jesucristo, y nosotros vemos cómo se cumple esa palabra en nuestra propia vida, en nuestros propios oídos y corazones.

Jesús ha llegado a nosotros para salvarnos, ¿de qué nos ha salvado Jesucristo? Esa es una buena pregunta. Sobre todo es una buena pregunta si miramos el libro del Apocalipsis, porque aquellos primeros destinatarios del Apocalipsis estaban siendo apresados, torturados, encarcelados, asesinados.

Cuando somos marginados, oprimidos, torturados y martirizados; cuando todos esos males nos caen encima, entonces nos preguntamos de qué nos ha salvado el Señor, y esa es la segunda parte de nuestra enseñanza: ¿de qué nos ha salvado Jesús?

La alabanza que es tan importante en nuestra Iglesia, la alabanza brota cuando experimento salvación; cuando siento que soy salvado, de una manera espontánea, irreprimible, incontenible, nace la alabanza; pero necesito descubrir de qué soy salvado, de qué he sido salvado.

El libro del Apocalipsis nos da respuesta y nos cuenta cómo hay dos muertes, es la famosa catequesis de las dos muertes. Hay una muerte por la que pasamos todos, los justos y los sin ajustar. Ahí pasa todo mundo por esa muerte. Esa es la primera muerte.

Y a esa primera muerte se llega de muy diversas maneras: por una enfermedad, tal vez; por un accidente, por la vejez, en fin, tantas cosas que pueden suceder, incluyendo la maldad de los hombres. Esa es la primera muerte.

Pero hay una segunda muerte que el libro del Apocalipsis describe como “el estanque de fuego, como el lago de fuego” Apocalipsis 20,10. Y lo que cuenta es que ese estanque, que ese lago de fuego ha sido reservado para Satanás y para sus seguidores, para sus secuaces.

La frase del libro del Apocalipsis es: “Los que no estaban inscritos en el libro de la vida fueron arrojados al estanque de fuego” Apocalipsis 20,14. De manera que el término último de la salvación, de lo que yo soy salvado, el último término es del estanque de fuego, de la segunda muerte.

Pero vamos a decirlo en términos positivos: los que fueron al estanque de fuego, los que irán al estanque de fuego son los que no están inscritos en el libro de la vida, de aquí entendemos qué significa la salvación. La salvación significa que mi nombre ha quedado inscrito, mi nombre es inscrito en el libro de la vida.

Eso es lo que significa ser salvado: pertenecer al libro de la vida, mi nombre está inscrito en el libro de la vida. Eso significa ser salvado: que mi nombre esté en el libro de la vida.

Hay muchos llamados que hace Nuestro Señor Jesucristo: Jesús nos llama a evangelizar, Jesús nos llama para que acudamos a oír su palabra, Jesús nos llama y nos dice, como hace un momento oraba el Padre Rogelio: “Levántate y anda” San Marcos 2,11, ahí nos está llamando Jesús.

Jesús nos llama cuando nos dice: “Necesito que me ayudes a predicar, a llevar un mensaje de paz”. Son llamados de Jesús. Pero hay un llamado último, hay un llamado definitivo de Jesús, y ese llamado es el que está en el capítulo 25 del Evangelio según San Mateo.

Todo tiene sentido, todo adquiere su lugar y su belleza si finalmente Jesús me llama en esa última hora, y me dice: “Ven, tú, bendito de mi Padre, ven a tomar posesión del reino que fue reservado para ti desde la creación del mundo” San Mateo 25,34.

A eso soy llamado, y eso significa ser salvado, que mi nombre está inscrito en el libro de la vida, y que puedo tomar posesión del Reino Eterno que Jesucristo ganó para mí con su plegaria, con su sudor, con su oración, pero sobre todo, con su amor. Es eso lo que significa ser salvado.

Cristo, mi Señor, quiere llamarme el último día y decirme: “Ven, bendito de mi Padre; ven, bendita de mi Padre”. Quiere llamarnos como hermanos suyos. Hay una palabra tan hermosa que el Apóstol San Pablo utiliza varias veces en sus cartas: “Nosotros somos coherederos con Cristo" Carta a los Romanos 8,17. Cristo es el heredero porque es el Hijo Único, es el Unigénito”

Pero el delirio de amor de Jesucristo fue que siendo Unigénito quiso ser primogénito entre muchos hermanos. Ese es el amor de Cristo. El que era Único, quiso ser primero entre muchos hermanos.

El Unigénito, acogiendo con amor y obediencia el designio del Padre, vino a esta tierra, y sin dejar de ser Unigénito, empezó a ser el Primogénito, para que todos nosotros, reengendrados en Él, renacidos en Él, recreados en Él, redimidos en Él, reconstruidos en Él, pudiéramos ser con Él herederos, que tuviéramos la misma herencia y pudiéramos recibir el mismo trato que Jesús recibe.

¡Oh, Dios, Esto es muy grande! El mismo trato que Jesús recibe. Tú has sido llamada para recibir en los cielos el trato que Jesús recibe. Tú has sido llamado para recibir en el cielo el trato que Jesús recibe.

Y uno dice: “¿Tanto, tanto así? ¿No estará como exagerando este padre? ¿No será que con tantas canciones y con el calor de los reflectores y lámparas se le secó el seso, como a don Quijote, se le secó el seso leyendo tantos libros? ¿No será que estamos exagerando?"

No exagero, hermanos. Es la Palabra del Señor la que da testimonio de las promesas que han sido pronunciadas en favor de nosotros. Y son promesas sin límite.

Jesús oró por ti y por mí porque el evangelio según San Juan nos dice que Cristo oró por sus Apóstoles, pero dijo esta frase, que es de las frases que yo amo más en toda la Biblia: “No te pido, Padre, solamente por éstos, te pido por aquellos que creerán por el testimonio de éstos” San Juan 17,20. ¡Uyyy, Jesús oró por mí!

Y sabemos que el momento culminante de la vida de oración de Cristo fue la Cruz, y sabemos que en la Cruz Él derramó su Sangre, pero ya antes, en el Cenáculo, había mostrado cuál era el sentido de esa Sangre. La oración más preciosa la escribió Cristo no con tinta, sino con su Sangre, y no sobre el papel, sino sobre su cuerpo desnudo y escarnecido.

La oración que Cristo escribió con su Sangre suplicando que tú pudieras ser perdonado, que tú pudieras ser salvado y liberado, esa oración es la misma que nosotros decimos en el altar cuando celebramos el Santísimo Sacrificio de la Misa: “Tomad y bebed todos de Él, porque este es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la Alianza Nueva y Eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres”.

Ahí oró por mí. El Señor oró por mí. Él sabía que estaba derramando su Sangre no solamente por esos Apóstoles, no solamente por el pueblo elegido en la Antigua Alianza. Jesús quiso llegar al momento de la Cruz para dejar escrita la palabra Amor en las Llagas preciosas de la Cruz. Jesús regaló la palabra Amor en la Cruz. Jesús oró por mí.

Y en aquel texto del evangelio de San Juan que hemos recordado, en ese texto del capítulo 17 de San Juan, Jesús dice otra cosa que es asombrosa, más allá de toda imaginación: “Te pido, Padre" San Juan 17,24, le dice Jesús a Papá Dios, ¿sería que Papá Dios escuchó esa oración? No es posible que no la haya escuchado. Es la oración de su Unigénito.

Y dice el Unigénito: “Te pido, Padre, que los ames con el mismo amor que me tenías a mí antes de la creación del mundo” San Juan 17,24. Jesús quiere que Papá Dios te mire a ti como lo mira a Él. Eso es lo que significa la palabra coheredero, “sunkleronomoi”, se dice en griego, coheredero, yo soy sunkleronomoi, todos somos sunkleronomoi.

Nosotros somos los coherederos, porque Jesús en una oración le pidió al Papá que nos mirara a nosotros como lo mira a Él, y que nos tratara a nosotros como lo trata a Él. Eso es ser coheredero.

Entonces vamos entendiendo qué significa ser salvado. Negativamente, es decir, uno es salvado de..., y uno es salvado para..., ¿de qué somos salvados?

Somos salvados de muchas cosas: somos salvados de la oscuridad, aunque se dañe algún bombillo o lámpara, somos salvados de la oscuridad, somos salvados del pecado, somos salvados de la muerte. Puede resumirse todo diciendo: “En últimas somos salvados de la segunda muerte”, de eso somos salvados finalmente.

Es decir, somos salvados de la condenación, y la condenación es el absurdo, la condenación es la autodestrucción que nunca termina. Eso es la condenación: como una autodestrucción que jamás cesa. Esa es la condenación. De eso somos salvados. Somos salvados de...

Pero también somos salvados para..., ¿salvados para qué? Para que nuestro nombre sea inscrito en el libro de la vida. Somos salvados para recibir la misma herencia de Cristo. Somos salvados para que Papá Dios nos mire a nosotros como mira al Unigénito. Somos salvados para tener la libertad de los hijos de Dios.

Como dice la Primera Carta del Apóstol San Juan en otra frase, que si no estuviera en la Biblia, uno no la podría creer: “Porque así como es Él, -así como es Cristo-, así somos nosotros en esta tierra” 1 San Juan 4,17. ¡Qué frase! Si eso no estuviera en la Biblia nos costaría trabajo admitir que es así.

“Así como es Él, así somos nosotros en esta tierra” 1 San Juan 4,17. Eso es lo que significa ser salvados. Papá Dios quiere mirarme a mí como miró a Jesucristo. Esto quiere decir que los ojos de Cristo en la Cruz son las ventanas a través de las cuales nos mira Papá Dios.

Dios ha escogido no tener otra manera de mirarnos si no es a través de Cristo Crucificado, y esa es la razón por la cual se puede proclamar el perdón al más terrible de los pecadores, al más depravado, malévolo, al más perverso de los seres humanos, a ése todavía se le puede anunciar salvación, porque Dios no tiene otra manera de mirar al ser humano, sino es a través de esas ventanas que son los ojos de Cristo Crucificado.

¿Cómo me mira Dios? De la misma manera que me miran los ojos de Jesús en la Cruz. Así me mira Papá Dios, y por eso nosotros tenemos absoluta confianza, como dice la Carta a los Hebreos: “Nosotros no nos hemos acercado a un monte llameante y aterrorizante" Carta a los Hebreos 12,18.

Como le sucedió a Moisés y a los ancianos de Israel, que temblaban de miedo cuando un piso de zafiro limpísimo se extendió ante ellos, y una luz que hería sus ojos les declaraba la presencia divina, mientras resonaban los truenos en el cielo y la humareda potente, porque el monte entero estaba en llamas.

Estos ancianos no pudiendo soportar más le dijeron a Moisés: “Que no nos hable ese Dios; háblanos tú” Exodo 20,19, porque sintieron terror ante la montaña santa. A nosotros, hermanos, nos ha tocado una porción mucho mejor.

“No hemos sido llamados a esa montaña del terror de la presencia que de sólo majestuosa asusta. Hemos sido llamados al monte humilde de Sión, a la asamblea de los elegidos, a los coros de los ángeles en fiesta” Carta a alos Hebreos 12,22, sí dice la carta a los Hebreos”

“A esto hemos sido llamados, a los coros de los Ángeles en fiesta” Carta a los Hebreos 12,22. Y agrega: “Y a la aspersión de una sangre, que habla mejor que la sangre de Abel” Carta a los Hebreos 12,24.

Es ese caminito de sangre, es ese arroyo de sangre que sale del monte Sión, es ese manantial maravilloso de misericordia que es capaz de limpiar mis pecados.

Es esa Sangre preciosa la que hace que yo me pueda acercar sin temor a Papá Dios. Por eso dice la introducción al Padre Nuestro. La primera y más clásica de las introducciones a la oración del Padre Nuestro en el Misal romano dice, en la traducción al español: “Fieles a la recomendación del Salvador, y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir”.

Me gusta: “Nos atrevemos a decir”. En latín la versión oficial dice: “Audemus dicere”, exactamente lo mismo: “Nos atrevemos a decir”. ¿Cómo es posible que yo que he fallado tanto, que le he dado la espalda a Dios, que soy un pecador, cómo es posible que yo me pueda acercar a Él?

¿Cómo me puedo acercar a Él? Me puedo acercar a Él, porque Jesús ha dejado un rastro de sangre y de misericordia, y yo camino en esa sangre, y yo quiero que esa sangre me lave, y bañadito en esa sangre, entro en la asamblea de los ángeles en fiesta, porque he sido salvado por el Cordero degollado.

Porque el Sumo Sacerdote de los cielos, Ése que sabe cómo compadecerse de nosotros, Ése Sumo Sacerdote está rogando por mí, está intercediendo por mí, porque no solamente los Evangelios nos hablan de las oraciones que Cristo hizo por nosotros, la carta a los Hebreos nos asegura que Cristo está intercediendo por nosotros.

Él está orando por nosotros. Él, en este instante, está en el cielo intercediendo por ti. Está en este momento pidiendo a Papá Dios por ti, por tu salvación eterna, por tu salud de alma y cuerpo, por la realización del plan de Dios en tu vida.

Y ¿cómo está intercediendo Jesús en los cielos por ti y por mí? Cristo ha querido conservar para toda la eternidad las huellas de su amor que son sus propias Llagas, ha querido conservar para siempre las Llagas, y esas Llagas que son los manantiales del amor que perdona; esas Llagas están gritando al corazón del Papá, al corazón de Papá Dios: “Perdónalos, perdónalos, perdónalos.

Porque hay una voz, porque hay voz indefectible, porque hay una voz que no falla, y es la voz de la Sangre de Cristo, Sangre que habla mejor que la de Abel, porque hay una voz que está hablando en favor mío en los cielos, por eso yo me visto de la Sangre del Señor, yo me envuelvo en la Sangre del Señor.

Yo me revisto de la Sangre de Cristo, y confiado en esa Sangre, sé que tengo vida eterna, sé que mi nombre está inscrito en los cielos. Esta es la grandeza de nuestra fe, hermanos. A esto hemos sido llamados.

Ya que hay tantas cosas tan hermosas para declarar hablando de la Sangre de Cristo, digamos también una palabra sobre cómo se realiza esa victoria sobre el enemigo.

El enemigo, la Serpiente antigua, Satanás, logró con su astucia que nuestros primeros padres se desviaran del plan de Dios. Ese fue el pecado original. Eso logró la serpiente perversa en ese momento, y esto lo cuenta el primer libro de la Biblia.

Pues el último libro de la Biblia nos cuenta cómo le salió mal el juego a esa serpiente perversa; es decir, nos cuenta cómo fue derrotada finalmente la serpiente, y así la Biblia entera es como una historia lindísima, en la cual, al puro comienzo aparece el plan de Dios que vio todas las cosas y todas eran buenas.

Pero entró el desorden del pecado, entonces vino una peregrinación que se llama la historia de la salvación: llamó Dios a Abraham, eligió a un pueblo y de ese pueblo sacó al Mesías, Cristo Señor.

Con el poder de la Pascua de Cristo los Apóstoles evangelizan al mundo, ¿hasta cuándo? Hasta la consumación de los siglos. A través de nosotros mismos, a través de todos los que creemos, la obra de Cristo y de sus Apóstoles sigue sucediendo en esta tierra hasta la consumación de los siglos.

Pero ahora encontramos un versículo difícil. dice la lectura de hoy que “un ángel capturó al dragón y lo encadenó por mil años, después lo arrojó al abismo para que no pudiera engañar a las naciones, hasta que se cumplieran los mil años” Apocalipsis 20,2.

Hay muchas explicaciones o teorías sobre cómo entender esto de los mil años, incluso cuando se iba a cumplir el año mil de nuestra era, muchos cristianos dijeron: “Ahora viene el reinado de los mil años, ahora se va a cumplir lo del Apocalipsis”

Pero, nosotros ya sabemos que no se trata exactamente de eso, porque el número mil más bien significa muchísimos años. Más que un número preciso, más que una cantidad, indica una cualidad del tiempo.

Y bueno, la pregunta es: ¿cuándo son esos mil años? ¿Cuándo está el demonio encadenado? ¿Ahora está el demonio encadenado o no está encadenado? ¿Qué dirá la gente? ¿Está encadenado o no está encadenado? Unos dicen que sí, la mayoría dice como que no.

Bueno, yo les cuento una cosa. Lo que digo, desde luego, no es palabra oficial, ni Palabra de Dios, pero quiero contarles que he tenido ocasión de estudiar y de orar este texto y de mirar varias interpretaciones, ¿y saben que he llegado a un convencimiento? He llegado al convencimiento de que a pesar de lo que dice muchísima gente, este tiempo del demonio encadenado es precisamente el tiempo en el que nosotros estamos viviendo.

Es decir, yo creo que el demonio está encadenado, y ustedes dirán: “Pero si está encadenado, ¿cómo pueden suceder tantas tragedias, crímenes, odio, perversión, obscenidad, incluso satanismo, crímenes injustos? ¿Cómo puede suceder todo esto?

Una vez escuché una predicación magnífica sobre el demonio encadenado. Mira, que el demonio esté encadenado no significa que no pueda hacer nada. Me explico: pensemos en un perro rabioso, pero un perro de esos que dan terror. No es aquí cualquier guaguau; es un perro, pero un señor perro, ¿ah? Uno de esos perros muy rabiosos.

Vamos a suponer que el perro está encadenado allá, ahí donde está el soporte de ese micrófono, y la cadena del perro llega más o menos hasta esta distancia. El hecho de que el perro está encadenado no significa que no asuste.

Y por otra parte, si yo soy tan tonto de meterme en el espacio donde está la cadena del perro, ¿qué creen ustedes que hará el perro conmigo? Me muerde. Eso es lo que nosotros hacemos. Nosotros nos metemos en los terrenos del demonio encadenado, y después no nos extrañemos de que nos muerda.

Cuando usted compra el periódico, y lo primero que hace es mirar el horóscopo, ¿qué está haciendo? Está metiéndose en los terrenos del demonio encadenado.

Si usted ve que en Internet hay una página que se ve que es pornografía, porque eso se nota, o le llega un correo a su computador y usted ve que es pornografía, y usted empieza: "A ver, ¿esto será artístico o será ya como pornográfico? Miremos otro poco.

A ver, a ver, esta señorita ¿será realmente pornográfica o será una señorita erótica? A ver, miremos otro poco, ¿y esta otra niña..." ¡Usted se está metiendo en el terreno del perro! ¡No tiene nada de raro que el perro lo muerda! ¡Usted se metió ahí!

A veces, usted no se ha metido, y el perro ladra; pero un perro que ladra así, no es capaz de hacer verdadero daño.

Hay un sacerdote muy santo que vivió en el siglo XX y creo que creo todos lo amamos mucho. ¿Han oído hablar del Padre Pio de Pietrelcina? ¿y lo quieren, lo aman? Vamos a dar un aplauso al padre Pio de Pietrelcina.

El padre Pio, un sacerdote capuchino estigmatizado, un hombre santísimo, algunas veces tenía que soportar los ladridos fastidiosos del demonio, es decir, el demonio intentaba jugarle malas pasadas tratando de confundirlo, fastidiarlo, pero el demonio sabe que fastidiarnos o confundirnos no es una victoria.

El demonio sólo cuenta como victoria cuando tú dices: “Voy a pecar”, todo lo demás es derrota para el demonio.

El demonio le hacía muchas malas pasadas a San Pio de Pietrelcina, como igualmente le hizo una cantidad de malas pasadas a Santo Domingo de Guzmán, o a Santa Rosa de Lima, o a Santa Catalina de Siena. Fueron estos algunos de los santos que tuvieron que enfrentarse, casi diríamos, cuerpo a cuerpo, con el demonio.

Y si tú preguntas cómo es posible que un ser humano le gane al demonio, siendo el demonio un ángel, y un ángel poderoso, la razón es que ese ángel poderoso no puede hacer todo lo que quiere, y el que no puede hacer todo lo que quiere está encadenado.

En nuestra tradición Dominicana, ustedes me perdonarán que yo me sienta tan feliz de ser Dominico, lo que pasa es que luego algunos frailes tratamos de volvernos como un poquito incrédulos, pero la tradición Dominicana es clarísima en este tema del demonio.

El demonio trataba de fastidiar a Santo Domingo, nuestro Fundador, pero Santo Domingo sabía que el demonio estaba encadenado, y por eso no le tenía miedo.

Les voy a contar sólo una historia de Santo Domingo que me fascina, me gusta tanto. Estaba Santo Domingo de Guzmán estudiando y porando, y tenía un cirio encendido en su mesa. Estaba solo, y aparece el demonio.

Él estaba solo en el convento y se le aparece el demonio, pero como Santo Domingo sabía que el demonio estaba encadenado no tuvo miedo. ¿Saben lo que hizo Santo Domingo de Guzmán? Tomó el cirio que tenía memoria de la Pascua de Cristo, y le dijo al demonio: “En el nombre de Cristo, me vas a sostener este cirio mientras yo digo mis oraciones”.

Me extraña que ustedes, que han experimentado tanto el poder de Dios, digan que el demonio anda suelto. Eso no es cierto. El demonio está encadenado. El peligro es que uno se meta ahí, que es la bobada que nosotros hacemos cuando empezamos a probar: "¿Será que peco o será que no peco? ¿Será que peco un poquito? ¿Será que peco, rezo y empato? ¿Será que...., a ver..."

Esos juegos tontos que yo creo que todos hemos cometido, esos juegos tontos son cuando empezamos a decir: ¿Será que alcanza a la cadena? ¡Ay,ay,ay! ¡Padre, me mordió". Pero fue porque usted se puso a jugar.

Y para respaldar lo que digo, qué mejor autoridad que una Doctora de la Iglesia. Nuestra Iglesia Católica tiene tres Doctoras, maestras insignes de vida espiritual, y son ellas: Santa Teresa de Jesús, Santa Catalina de Siena y Santa Teresita del Niño Jesús. Son las tres Doctoras de la Iglesia.

Y dice Santa Catalina de Siena esta frase, y la repite por lo menos tres veces en su obra más importante que se llama “El diálogo”. Dice Santa Catalina: “Ni el demonio, -así tal cual-, ni el demonio, ni creatura alguna te puede obligar a pecar si tú no consientes”.

¿Eso qué quiere decir? "Está encadenado”, está encadenado y no podrá conmigo, porque yo soy de Jesús, y él está encadenado".

Algo presentía mi corazón que había un poquito de confusión sobre ese versículo, y por eso dije: “Aunque se alargue un poco la homilía y me vuelvan a regañar hoy, de todas maneras, es importante el tema del demonio encadenado".

Ahora, hay una cosa. Fíjate lo que dice después la lectura: “Pasado este tiempo será soltado por poco tiempo” Apocalipsis 20,3. Ese “por poco tiempo” Apocalipsis 20,3 indica: los acontecimientos inmediatamente anteriores a la llegada del Hijo del hombre.

Y sobre ese poquito de tiempo, es decir, sobre esos acontecimientos últimos y terribles, sobre todo lo que yo pudiera describir, sobre esos acontecimientos últimos Jesús dijo lo siguiente en el Evangelio de San Lucas: “Serán días tan difíciles, tan difíciles que si no se acortaran hasta los elegidos perecerían” Categoría:Lucas .

¿Eso qué indica? Indica una presencia radical, cualitativamente distinta del mal. Es exactamente lo que ha dicho el Apocalipsis.

Por eso, a mí me gusta que ustedes tienen unos cantos preciosos de cuando Cristo venga en gloria, pero yo les quiero contar una cosa: yo también deseo que Cristo venga, desde luego. Todos queremos que Cristo venga, ¿cierto? ¿Ustedes quieren que Cristo venga en gloria? ¿Cierto?

Se están volviendo como cobardes, a medida que les voy contando estas historias del combate, dicen: "Sí, sí, sí". Y dice San Agustín: "¿Qué clase de esposa de Cristo somos nosotros? ¿Qué clase de Iglesia somos nosotros que no queremos ver al Esposo?

¡Pues claro que queremos que venga! ¡Claro, que venga el Señor, que retorne y juzgue a las naciones! ¡Claro, que venga! Pero atención, que los acontecimientos del final de la historia son demasiados fuertes y no hay palabras para describirlos.

Por eso Jesús nos invita a perseverar orando: “Orad sin cesar para resistir todo lo que está por venir” San Lucas 21,36, dice el evangelio de Lucas.

Nadie presuma de sus propias fuerzas cuando lleguen esos últimos acontecimientos; ahí sí será como si se hubiera roto la cadena del enemigo, y en esos últimos acontecimientos, sólo en un ejercicio extraordinario de fe y en un ejercicio extraordinario de fidelidad y de perseverancia, podremos conservar nuestros nombres escritos en el libro de la vida.

Por eso hay que ser muy humildes, y por eso los Santos nos aconsejan, para ese momento final, sea el momento final de tu propia vida, o sea el momento final de la historia del mundo, para ese momento final sólo tenemos la absoluta, la radical, la total confianza en la misericordia de Dios. Aferrarnos con una fe infinita a la Sangre de Cristo, aferrarnos a la Sangre de Cristo.