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Fecha: 19961114

Título: Debemos convertirnos en buscadores del Reino de Dios

Original en audio: 28 min. 30 seg.


Como Cristo Nuestro Señor hablaba de continuo sobre el Reino de Dios y multiplicaba las parábolas y las comparaciones como queriendo decirnos qué es este Reino, para quiénes viene, en qué consiste, pues este grupo de fariseos le pregunta "cuándo se iba a cumplir todo eso" San Lucas 17,20.

"Cuándo va a llegar ese Reino" San Lucas 17,20. Es una pregunta que se le puede seguir haciendo a Cristo y que se le puede hacer también a los cristianos.

Tanto hablar de la caridad, tanto hablar del perdón, ¿cuándo va a ser eso? Pensemos por ejemplo en Colombia, nuestra patria, la paz. Primero se rayó el disco de la paz: "Y voy a hacer la paz", y no llegó la paz.

Discursos por la paz, marchas por la paz, palomas por la paz, predicaciones por la paz, jornadas por la paz, congresos por la paz, y no llegó la paz.

Se puede repetir la pregunta del evangelio de hoy: ¿cuándo va a llegar el Reino de Dios? Hemos cantado al principio de esta celebración: "Tu Reino es vida, tu Reino es verdad, tu Reino es justicia, tu Reino es paz", cuando cantamos todo ello, ¿qué estamos cantando? Ideal, inalcanzable, imposible.

¿Por qué será que muchas veces la predicación cristiana, o también en la vida religiosa, da como la sensación de ser una cadena de desilusiones?

Empieza la vida religiosa casi siempre con mucha alegría, con mucho entusiasmo, y luego, ¿qué se sigue? A veces, muchas veces, una especie de cadena de desilusiones.

Bueno, uno dice eso es como natural, al fin y al cabo tienen que aparecer los defectos, tienen que aparecer los problemas, pero la pregunta es: ¿por qué sólo aparecen esos aspectos negativos? O bueno, si aparecen también los positivos, ¿por qué parece que el mal como que tuviera tanta fuerza?

Si nos encontramos a una persona demasiado feliz, hay excepciones, casi siempre nos parece que es un iluso: ¡"Bájese de esa nube!" ¿Usted qué está pensando? La situación es muy seria, esta situación es muy delicada". ¿Cuándo va a llegar el Reino de Dios? ¿Cuándo se podrá hablar de justicia? ¿Cuándo se va a poder hablar de vida?

Comentaba un obispo recientemente: "Hemos dejado de hablar de volumen de crímenes, de abortos, concretamente, que se están cometiendo. Pero ese número no ha disminuido, se siguen cometiendo esos y tantos otros crímenes, ese número sigue y sigue".

¿No se podrá detener ese torrente de sangre de injusticia? ¿O es que primero nos cansamos nosotros de predicar el bien, la justicia y la verdad, antes de cansarse los que le sacan algún provecho al mal? ¿primero nos cansamos nosotros de anunciar el bien que los otros de practicar el mal? ¿Esa es la conclusión a la que toca llegar?

Y lo mismo habría que decir de muchas otras injusticias. Hoy se predica poco de los temas sociales que tuvieron especial fuerza en el auge de la Teología de la Liberación.

Bueno, uno puede tener una cantidad de reparos al enfoque y al estilo de la Teología de la Liberación, estoy de acuerdo, seguramente no se puede admitir sin magia, además, son muchas las Teologías de la Liberación, ¿pero el hecho de que nosotros nos hayamos cansado, fastidiado, confundido, hablando de los temas sociales?

El hecho que nosotros ya dejemos de hacerlo, no significa que haya mejorado el mundo, y esto es un balance que nos pone a pensar seriamente, como quien dice, primero nos cansamos nosotros de denunciar, que los otros o nosotros mismos de apoyarnos en la injusticia social en la desigualdad económica o en tantas otras cosas.

Este es un ejemplo parecido al de los abortos. No disminuyó el número de abortos, pero ese tema ya no se predica con la suficiente frecuencia; no disminuyen las injusticias sociales, pero nosotros ya nos fastidiamos de ese disco, de ese rollo y entonces pasamos a hablar de otras cosas.

Está en pleno auge el problema del satanismo, está creciendo desmesuradamente el problema del satanismo, profanaciones, sacrilegios, sacrificios rituales, conjuros, horrendas blasfemias, brujería generalizada.

Entonces hoy predicamos sobre esto. Pregunto: ¿de aquí a un tiempo va a pasar lo mismo? Pues que sigan entonces los satánicos, ¿qué vamos a hacer? ¿Nos cansaremos de aquí a un año, dos años, cinco años del satanismo? ¿Nos cansaremos de hablar de eso, sabiendo que seguramente de aquí a esos años estará mucho peor la situación? El asunto es serio.

Y si uno piensa lo sucedido, por ejemplo, con las sectas, fíjate que sí somos como monotemáticos, son temas que se van poniendo de moda.

Hace un tiempo estaba de moda hablar de las sectas protestantes, y el continuo éxodo de católicos hacia las sectas. Hoy no se habla tanto de eso, se habla un poco menos, quizá, ¿y qué, se arregló el problema? Parece que no.

Se pueden contar los católicos que por minuto se pasan a otras iglesias cristianas no católicas en América Latina, se puede hacer la cuenta de número de católicos por minuto, ese es un desangre continuo.

De manera que ya se trate de sectas protestantes o de Nueva Era, New Age, o de satanismo, de aborto, o desigualdad social.

La pregunta que nos presenta el evangelio de hoy es una pregunta difícil, quemante, urgente, aguda: ¿cuándo va a llegar el Reino de Dios? Porque todo indica que las cosas no se arreglan, sino que nosotros nos cansamos de denunciarlas, ¿o será que en el camino no haya denuncia?

Probablemente estamos hartos de palabras, probablemente ya ha sido suficiente de discursos, de homilías, de marchas, de predicaciones, de manifestaciones, de manifiestos.

Y probablemente lo único que hay que hacer es dedicarnos a trabajar, seguramente en silencio, con discreción, con humildad y con perseverancia para que se superen las causas de todos estos males, de todas estas plagas, que hemos descrito.

Quizá ese sea el camino, simplemente, trabajar con humildad y perseverancia, y además de trabajar, orar con constancia y con confianza en Dios y esperar a que pasen las cosas, de donde podríamos contentarnos con esa solución.

Decía un pensador que la filosofía nos ayuda a sobrellevar con paciencia los infortunios de los demás. Uno puede llevar con paciencia los problemas de los otros, pero cuando los problemas llegan a la propia casa la cosa es distinta.

Entonces vamos a tocar un par de cuerdas que nos duelen a nosotros los religiosos, por ejemplo, el problema vocacional. Hablemos del problema vocacional, no hablemos ahora, pero tengámoslo ahí en el corazón. Es una situación inquietante y preocupante.

Claro, cuando se habla de abortos, de sectas protestantes o de satanismo, pues se supone que tal cosa, realmente, en la práctica no sucede en medio de nosotros, es el dolor por otras personas, hay que pensar que eso sucede allá, pero cuando se piensa en lo que sucede aquí....

Entonces, por eso yo quiero mencionar al mal de esos males, un par de cuerdas, y una de ellas, quizá la más sensible, es la cuerda vocacional. Las vocaciones sólo salen de familias, las familias viven en la sociedad, lo que le pasa a la sociedad le pasa a la familia, si la familia está enferma, no hay vocaciones, si no hay vocaciones se acaban las Hermanas de la Presentación, ¿cuánto tiempo más vamos a resistir?

En buena parte se ha hablado de una especie de invierno vocacional en muchas comunidades, ¿vamos a resistir cuánto tiempo ese invierno vocacional, esa cuerda? Ese dolor sí no lo podemos dejar de lado, porque ese sí nos toca a nosotros.

El trabajo crece con el número de habitantes y con el volúmen de problemas, pero los obreros de la mies del Señor no crecen en la misma proporción, y esto nos lleva a una cantidad de problemas delicados en la distribución del personal, en la calidad de vida comunitaria, en nuestra manera de hacer apostolado.

El otro problema que quiero mencionar, la otra inquietud es por la santidad. ¿Somos hombres y mujeres que tienen una palabra que decir de parte del Señor, aparte de ser seguramente eficaces, eficientes en nuestras labores propias? ¿Hay en nosotros esa santidad, esa bienaventuranza?

Este problema no lo podemos relegar, porque poco a poco, en un proceso lento pero inexorable, es un hecho que todo lo que nosotros hacemos lo pueden hacer otras personas.

¿Qué es lo que puede hacer una religiosa que lo pueda hacer una persona seglar? Es verdad que en una época educarse era educarse con monjas, eso no es así hoy. Es verdad que el cuidado de la salud, y en general, la cuestión sanitaria estaba en manos de la Iglesia, ya no es así.

El problema religioso, mejor, el problema de la santidad está vivamente relacionado con el problema de las vocaciones, porque parece que lo único que vamos a poder ofrecer los religiosos en el siglo XX es una experiencia de santidad, porque eso sí no tiene réplica, eso no tiene imitación o fotocopia en lo que puede ofrecer el Estado, o en lo que pueden ofrecer los gremios privados.

Tener un colegio puede ser hasta un buen negocio para la empresa privada. La salud ha pasado en buena parte a las manos del Estado.

Esto no va a cambiar de un día para otro, es decir, yo le estoy diciendo que nosotros vamos a ver nuestros colegios la semana entrante o el año entrante, pero lo que quiero destacar es que estos dos temas están vivamente relacionados.

Efectivamente, si las motivaciones vocacionales están más escasas, en parte se puede deber a que la sociedad está enferma, pero en otra parte se puede deber a que servir al prójimo y ofrecerse en una causa noble, ya no es sinónimo de hacerse religiosa.

Nosotros ya no podemos decir que una opción cristiana comprometida, radical significa una opción por la vida religiosa y esto lo saben muy bien las vocaciones jóvenes, las que finalmente ingresan y también las que de pronto tienen crisis en su fe.

Uno habla con una vocación joven, con una hermana joven que tenga dificultades, y su inquietud en el fondo siempre es: "Yo sí creo que Dios me ha llamado a servir, y yo creo que tengo un servicio que darle a la Iglesia, a la sociedad, a mis hermanos; yo amo a Dios, amo a las personas, pero lo que no tengo tan claro es si mi lugar es este precisamente, eso es lo que no tengo claro".

"Que Dios es mi Señor y mi Salvador, que yo quiero servirlo a Él, eso no tiene discusión, ¿pero mi lugar será este?"

Esto se lo preguntan y repreguntan muchas jóvenes y como su respuesta no llega a ser suficientemente definida, pues ultimadamente no ingresan a una comunidad religiosa, porque más bien piensan: "No, pues yo tengo otros caminos para servir al Señor".

Si uno piensa a largo plazo lo que esto significa, quiere decir que si no hay una primavera de santidad en las comunidades religiosas, la vida religiosa como la conocemos, irá entrando progresivamente en una crisis gravísima de personal, de trabajo, de apostolado, de coherencia de comunidad que puede tener consecuencias insospechadas.

Parece que lo esencial nuestro, es decir, este testimonio de Cristo virgen, pobre y obediente, ese testimonio, esa vida de santidad, esa palabra de parte de Dios, eso es realmente lo único que puede servir para atraer nuevas vocaciones en el futuro.

Hay que hacer un balance, ¿qué hemos dicho hasta aquí? Estamos meditando en torno a la pregunta que los fariseos le hacen al Señor: "¿Cuándo va a venir el Reino del Dios?" San Lucas 17,20.

Y hemos expresado que esta pregunta tiene una inmensa actualidad, porque comprobamos en la sociedad, en el mundo que los problemas siguen, que nosotros nos cansamos de denunciarlos, pero los problemas ahí están y seguramente se agravan, pero por otro lado, hemos visto que esos problemas que se agravan están también dentro de nosotros.

Y al respecto hemos mencionado la relación que hay entre dos cuestiones: la cuestión vocacional y el testimonio de santidad.

No simplemente el cumplimiento del deber, sino la cuestión de la santidad, porque quizá hubo un tiempo en el que para ser buen religioso bastaba con cumplir el deber, pero correcto moralmente, cumplir el deber.

Pero hoy necesitamos algo más que eso, necesitamos que la motivación para cumplir ese deber, de alguna forma, sea tan evidente, como quien dice, que sea tan claro, que lo estamos haciendo por Dios, por nuestro Dios, por Cristo Jesús.

Eue eso aparezca tan definida, tan nítidamente, ante las demás personas, que ellas puedan encontrar en nosotros una palabra inimitable, que puedan encontrar en nosotros algo, que no consiste simplemente en un servicio que el día de mañana puede tomar el Estado.

Responde el Señor Jesucristo y dice: "El Reino de Dios no vendrá espectacularmente, ni anunciará que está aquí o que está allá" San Lucas 17,20-21.

¡Ahora sí quedamos completos con esa respuesta! Por otra parte, como en el evangelio dice el Señor luego: "El Hijo del hombre, si os dicen que está aquí o está ahí no os vayáis detrás" San Lucas 17,22-23.

Hay una relación entre la presencia de Cristo y la presencia del Reino, y si del Reino dice Cristo: "No creáis que está aquí o está allá" San Lucas 17,21.

Lo mismo dice del Hijo del hombre: “Si os dicen que está aquí o está allá, no vayáis" San Lucas 17,22-23.

¿Y ahora yo qué hago? Porque toda la predicación es con el asunto del Reino, la cuestión del Reino, el problema del Reino, y viene Cristo y nos dice que el Reino no está aquí ni está allá, ¿qué hacemos?

¿No será que en el fondo nosotros los religiosos hemos querido ser como una especie de hacer visible del Reino? Y entonces la pregunta sería: ¿es vano o es incorrecto nuestro empeño? ¿No deberíamos de tratar de hacer eso? Hacer visible el Reino de Dios?

Pues se supone que sí, pero ¿cómo conciliar nuestro deseo de hacer visible el Reino de Dios con las palabras de Cristo de que "el Reino no está aquí y no está allá"?

¿Y cómo decir, cómo conciliar las palabras que dije hace unos minutos, que lo que nosotros podemos brindar en el siglo XXI es una presencia especial de Cristo, radical de la santidad de Cristo virgen, pobre, obediente?

¿Cómo conciliar eso con lo que nos dice aquí el Señor, que "el Hijo del hombre no está aquí y no está allá, y que "no vayan detrás de ellos"? San Lucas 17,22-23, ¿de los que dicen eso?

¿Al fin en qué quedaremos con el Reino de Dios, si no está aquí y no está allá? ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, nuestro esfuerzo en una consagración, nuestro esfuerzo en dar señales de ese Reino?

La contradicción es sólo aparente. Efectivamente, hay que dar señales del Reino y la gran señal del Reino es la Iglesia, pero la Iglesia comete un gravísimo error cuando considera que ella es el Reino de Dios.

La Iglesia es señal del Reino de Dios, pero no es el Reino de Dios. La vida religiosa es una señal del Reino, pero no es el Reino de Dios.

De manera que la conclusión a la que tenemos que llegar parece ser esta: efectivamente, necesitamos convertirnos en señales del Reino de Dios, pero no pretender que nosotros tenemos la completa realización de ese Reino.

Porque precisamente en la medida que nos sentimos acabados, hechos, satisfechos, completos, en la medida que nos sentimos saciados, dejamos de tener hambre por ese Reino, dejamos de buscarlo, y en el fondo dejamos también de anunciarlo.

Podemos, entonces, resumir nuestra enseñanza de este día diciendo que anunciadores del Reino sólo pueden ser los buscadores del Reino y que sólo los buscadores del Reino son los anunciadores del Reino.

Como quien dice: el que lo busca, por eso mismo, se convierte en una señal del Reino, y aquél que es una señal del Reino se convierte para los demás en una motivación, en una llamada para buscar el Reino de Dios.

Esto quiere decir que la Iglesia está como en un lugar intermedio. Ella misma tiene dentro de sí una riqueza de presencia de Dios, un reinado de Dios en ella, pero el reinado de Dios no se identifica con ella.

Ser Iglesia, y proporcionalmente entonces, ser religioso, ser cristiano, es al mismo tiempo saber que Dios ha empezado a reinar en mí, pero que yo tengo que buscar que Dios reine en mí. Es la famosa pareja entre el ya y el todavía no. Dios ya reina en nosotros, pero todavía no reina plenamente en nosotros. Ser Iglesia entonces, ser cristiano, ser religioso, es vivir esa tensión de lo que Dios ha hecho en mi vida y lo que Dios no ha hecho en mi vida.

Puede presentar ese Reino de Dios sólo cuando lo estoy buscando, si lo considero ya encontrado lo dejo de encontrar, si lo considero ya buscado dejo de buscar, si lo considero ya anunciado lo dejo de anunciar. Esto parece explicar las palabras extrañas de Jesús: "El Reino de Dios no está aquí ni está allá" San Lucas 17,21.

En el momento en el que digamos el Reino de Dios ha sucedido en la Casa Provincial de las Hermanas de la Presentación; que digamos el Reino de Dios ha sucedido en la Renovación Carismática.

En el momento que digamos que el Reino de Dios ha sucedido en el Camino Neocatecumenal, en el momento en el que identificamos el Reino de Dios en algo, dejamos de buscarlo, y por consiguiente, dejamos de anunciarlo, y en el fondo deja Dios de reinar ahí.

La única manera, entonces, de hablar del Reino de Dios es como nos enseña Cristo hoy: el Reino está como riqueza dentro de nosotros, y está, al mismo tiempo, como hambre en nosotros, y en el camino de esa hambre y en el impulso y alimento de esa riqueza, vamos, simultáneamente, anunciando al Reino y buscando al Reino de Dios.

¿Y qué decir entonces de nuestras inquietudes iniciales? ¿Qué decir de lo que nosotros denunciamos y nos cansamos de denunciar? También tenemos respuesta en lo que ya hemos dicho. La única manera es persistir en el anuncio, persistir en la denuncia.

Se trata de que Dios nos encuentre trabajando por su Reino, se trata de que nos encuentre velando en oración y cantando su alabanza, se trata de que hasta el último instante nos desgastemos, nos quememos por esa causa. Sólo somos si estamos siendo, sólo encontramos si buscamos.

Este pasaje, en el fondo, es como la segunda parte de eso que dijo Cristo: "Buscad y hallaréis" San Lucas 11,9. Hoy nos dice: "Sólo haya el que busca" San Lucas 11,10, "llamad y se os abrirá" San Lucas 11,10; hoy nos dice: "Sólo se le abre al que llama" San Lucas 11,10.

"Pedid y recibiréis" San Lucas 11,10; hoy nos dice: "Sólo recibirá el que pida, el que busque, el que llame" San Lucas 11,10.

Que Dios construya en nosotros corazones así, en los que ya reine Él, y que por eso mismo se conviertan en buscadores de su Reino.